Ficha técnica

Título: La casa de hielo | Autora: Serena Vitale | Traducción: Queralt Ciganda | Editorial: Marbot Colección: Marbot Tierra de Nadie | Páginas: 198 | Formato: 13,5 x 21cm. Rústica | ISBN: 978-84-92728-47-3 | Precio: 18,00 euros

La casa de hielo

MARBOT

Auténtica enamorada de ese mito literario que es Rusia, Serena Vitale se propone en estas pequeñas historias el reto de reconstruir pieza por pieza, como si de una maqueta se tratara, la Rusia real que hubo «detrás» de la literaria. Todos y cada uno de los datos son exactos, todas las personas tal como se describen en las más diversas fuentes… y sin embargo descubrimos que no hemos hecho más que tomar otro camino hacia el mito.

Una variedad extraordinaria de personajes que habitaron la Rusia de los siglos XVIII y XIX vuelven a cobrar vida a lo largo de las veinte pequeñas historias que componen La casa de hielo, ganador de los premios literarios Chiara y el prestigioso Bagutta de Milán . La narración se aparta de los protagonistas que nos describen los grandes libros de historia para dejar paso a millonarios excéntricos, príncipes bufones, bandoleros astutos, terratenientes terroríficos, conspiradores fanáticos, iluminados milagrosos. A través de sus vidas aparece el retrato de una sociedad rusa en la que no existen los límites ni la racionalidad: crueldad extrema con los siervos, ostentación absoluta de la riqueza, orgullo desmesurado… Gracias a la consulta exhaustiva de libros, artículos y correspondencia, la autora ha tenido la oportunidad de reconstruir la vida y obra de estos personajes que han caído en el olvido pero que constituyen la esencia del modo de vivir y de entender la vida ruso. 

«Si alguien me preguntara: «¿Qué libro de historia puedo leer sobre la Rusia zarista?», respondería sin duda alguna: La casa de hielo Pietro Citati, La Repubblica

«Detrás de la elección de las historias y la elegancia de las narraciones se reconoce un proyecto brillante.» Isabella Bossi Fedrigotti, Corriere della Sera

 

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Seiscientos veinte perros y dos docenas de camellos seguían a Pedro II cuando, el 8 de septiembre de 1729, dejó Moscú para su enésima partida de caza, la cual tendría lugar otra vez en Gorenki, donde otra vez le iba a alojar Aleksej Grigor’evie Dolgorukov, padre del favorito Ivan. El príncipe Aleksej haría todo lo humanamente posible por complacer y divertir al soberano, que había festejado el decimocuarto cumpleaños precisamente en sus tierras; tan pronto como se presentase la ocasión, lo dejaría solo con Ekaterina, la mayor y la más bella de sus tres hijas. Dieciocho años, de aspecto delicado, de índole indómita y caprichosa, Ekaterina Alekseevna tenía desde hacía tiempo una aventura con el conde de Millesimo, secretario de la misión austríaca en Petersburgo; la ambición anuló cualquier otro sentimiento, la ilusión por la corona le robó el pudor: se convirtió en la amante del zar. Convencido de haber traicionado la hospitalidad, la confianza de las personas que más devoción le tenían, Pedro II se comportó como lo exigía el honor; de vuelta a Moscú, el 19 de noviembre anunció al Consejo Supremo y a los altos cargos militares su matrimonio venidero con Ekaterina Dolgorukova; un ucase le confería el título de «alteza imperial» y «augusta prometida», el clero tenía que acordarse de su nombre durante los ritos religiosos. El pueblo de Moscú exultó de alegría: el «pequeño sol» se casaba con una hija suya, de purísima sangre boyarda; ahora iba a quedarse para siempre en la vieja capital repudiando definitivamente Petersburgo, la «ciudad de agua y marismas» amiga de Europa, con sus «hombres nuevos», sus raras costumbres extranjeras. La rabia y la consternación se apoderaron en cambio de los innumerables enemigos de los Dolgorukov, la potente y arrogante familia que acaparaba cargos, riquezas, condecoraciones. Ya habían conseguido someter la débil voluntad del inmaduro zar, y emparentándose con él se convertirían ahora en los regentes intocables.

     A las tres de la tarde del 30 de noviembre, acompañada por un numeroso séquito, Ekaterina Dolgorukova llegó al palacio Lefort; los miembros de la familia imperial ya la estaban esperando rodeados de dignatarios de la corte, generales, diplomáticos (solo faltaba el conde de Millesimo, enviado precipitadamente a Viena en courrier). La corona dorada que señoreaba su carroza impactó contra el arquitrabe del portal, cayó sobre los adoquines, se hizo añicos:

     -¡Mala señal! -exclamaron desde la muchedumbre-. ¡Esta boda no se va a celebrar nunca.

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