Ficha técnica

Título: La cartera del cretino | Autor: Kurt Vonnegut | Traducción: Ramón de España | Editorial: Malpaso | Páginas: 144 | Formato: Tapa dura, 14x21cm | ISBN: 978-84-15996-03-3 | Precio: 18,50 euros | Ebook: 7 euros

La cartera del cretino

MALPASO

  

Disponible para los lectores por primera vez, La cartera del cretino es una colección de siete piezas nunca antes publicadas de Kurt Vonnegut, uno de los más grandes escritores del siglo XX. Sardónicos e inquietantes, estos seis relatos de ficción, y un pequeño ensayo, son la esencia de Vonnegut, con una sátira penetrante y un ojo infalible para la intrascendencia obscena de la vida. Estas historias trazan las vidas humanas y los deseos mundanos, que es precisamente donde la perspectiva inimitable de Vonnegut brilla con fuerza, iluminando su actitud esperanzada y, al mismo tiempo, enormemente triste. Aquí, como en sus mejores novelas, la escritura de Vonnegut nos lleva a los rincones más oscuros del alma humana y, con ingenio y humor, se las arregla para recordarnos nuestro potencial para ser algo más grande. El mejor y el último Vonnegut.

Episodio uno

Entre tibio y Tombuctú

Un joven pintor, cuya esposa había fallecido en un accidente automovilístico dos semanas atrás, se encontraba de pie ante las puertas abiertas de su estudio en una casa silenciosa. Tenía los pies muy separados, como si se dispusiera a atacar a alguien, y el gesto de frustración de su rostro contradecía la apacible escena que tenía ante sí. Una loma verde, chispeada con resplandecientes hojas caídas de los arces, se deslizaba hacia un estanque que bordeaba la presa de rocas que él mismo había construido en primavera. Un anciano encorvado y de ojos brillantes, su vecino el granjero, recorría arriba y abajo el espigón de madera que se internaba en el estanque, arrojando al agua un cebo rojiblanco una y otra vez.
 

El pintor, David Harnden, sostenía en sus manos un pequeño diccionario y, bajo la frágil calidez de la luz del veranillo de San Martín, leía y releía la definición de la palabra situada entre tibio y Tombuctú: «la idea general, relación o hecho de una existencia continua o sucesiva».
 

De manera impaciente, David cerró de un golpe el libro entre sus largos dedos. La palabra era tiempo. Anhelaba entender el tiempo, desafiarlo, derrotarlo -ir hacia atrás, no hacia adelante-, volver a los momentos vividos junto a su esposa, Jeanette, esos instantes que el tiempo había barrido.

El carrete de pesca del viejo granjero cantaba. David levantó la vista a tiempo de ver cómo el brillante cebo impactaba contra el agua, se hundía e iniciaba su retorcido regreso hacia el espigón.

Ahora colgaba en el aire, a escasos centímetros de la punta de la caña. Sus últimas ondas en la superficie del agua se disipaban al límite del estanque. Otro instante que se desvanecía… Que se iba, se estaba yendo, ya se había ido. Tiempo.


A David se le abrieron más los ojos. Sabía que su fascinación por el tiempo rayaba la insania y era poco más que una reacción a la tragedia. Pero en momentos más calmados experimentaba una firme y creciente convicción de que su deseo de viajar a un pasado más feliz podía ser algo de lo más razonable. En cierta ocasión, un amigo científico le había comentado, con unos whiskys encima, que cualquier avance técnico que pasara por la mente humana se convertiría algún día en realidad gracias a la ciencia. Era concebible que el hombre pudiera viajar a otros planetas, así que eso acabaría sucediendo. Era concebible fabricar una máquina más inteligente que el ser humano, así que acabaría fabricandose. Era concebible que David pudiese volver junto a Jeanette. Cerró los ojos. Era inconcebible la idea de no volver a verla…

Contempló al granjero mientras éste recogía el sedal para volver a lanzar el cebo. El espigón crujió. «Aléjese del extremo», le gritó David. Llevaba tiempo pensando en arreglar dos de los pilares, que estaban verdosos y astillados. El viejo no dio señales de haberle oído. David no estaba de humor para preocuparse por él. Al carajo con el pantalán: aguantaría. Regresó a su mundo interior.

Se tumbó cuan largo era en un sofá del estudio, dejó caer el diccionario al suelo y se perdió en una fantasía poblada por visitantes de otro mundo. Imaginaba seres infinitamente más sabios que los humanos, con más sentidos que los cinco habituales en el hombre; seres que podían hablarle del tiempo. Pensaba en visitantes del espacio que aportaban una comprensión del tiempo como algo que parecía sobrepasar los límites de la mente humana… De largo. Puede que hubiese en el universo ciertas formas de vida -los que iban en platillos volantes, pongamos por caso- que podían deambular a su antojo por el tiempo. Y seguro que se reían de los terrícolas, para quienes el tiempo era una calle unidireccional cuyo final se apreciaba a simple vista.

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