Ficha técnica

Título: La Buena Novela | Autor: Laurence Cossé |  Traducción:  Isabel González- Gallarza | Editorial: Impedimenta | Género: Novela | ISBN: 978-84-15130-26-0 | Páginas: 416 | Formato:  14 x 21 cm.| Encuadernación: Rústica |  PVP: 23,95 € | Publicación: 2012

La Buena Novela

IMPEDIMENTA

Laurence Cossé plantea en La Buena Novela un misterio libresco, mezclado con una historia de amor imposible y una bibliofilia asesina.

La fundación de una librería parisina «única», llamada «La Buena Novela», desata pasiones, celos y hasta intentos de asesinato. Ivan «Van» Georg, antiguo vendedor de cómics, y la estilosa y seductora Francesca Aldo-Valbelli se juntan para llevar a cabo el sueño de sus vidas: montar una librería que solo venda obras maestras, seleccionadas por un comité secreto de ocho respetables escritores que se esconden bajo seudónimo. Cuando la librería abre, inmediatamente empieza a cosechar un éxito arrollador. ¿Quiénes son esos elitistas y cómo osan decirles a los lectores lo que han de leer? La blogosfera hierve, Internet crepita. Decenas de competidores nacen de la noche a la mañana, clamando por los ideales seudoigualitarios. Ivan y Francesca, estoicamente, intentan aguantar el chaparrón hasta que, de repente, tres de los miembros de su comité secreto son víctimas de accidentes que a punto están de costarles la vida.

«La Buena Novela es una trepidante fábula sobre la literatura y las pasiones que despierta.» Le Figaro  

 

PRIMERA PARTE

1

Lo menos que se puede afirmar acerca de la desaparición de Paul Néon es que no levantó apenas revuelo en el cantón del Biot donde se sospechaba que se había afincado; ni siquiera en el minúsculo pueblecito de Les Crêts, cuya última casa ocupaba.

     Paul se desplomó sobre una mullida alfombra de hojas en descomposición, que se extendía unos metros más abajo del camino forestal por el que resulta probable que avanzara tambaleándose; diez días más tarde, el joven Jules Reveriaz encontró su bufanda al borde del sendero, a quince metros del lugar en el que su dueño había caído. Dos o tres ramas secas crujieron bajo su peso. Cuando el silencio se impuso de nuevo, una vibración lo quebró durante apenas un instante. Las hojas negras, al apelmazarse, emitieron un susurro de esos que solo las arañas de agua perciben cuando, por ejemplo, a orillas de una charca, tras escudriñar la oscuridad varios minutos, inmóvil y con el cuello erguido, un gato se tiende sobre el musgo. Un cuarto de luna velado de bruma iluminaba, a las diez de la noche, lo justo para distinguir el camino entre las sombras.

     Lo más probable es que Paul no soltara su botella hasta que la relajación muscular heredada de la pérdida completa de conciencia no aflojara sus dedos. Fue Suzon quien, seis días más tarde, se topó con esa misma botella, cuadrada y vacía, a un metro de la huella en el suelo de su cuerpo, el de un hombre fornido y corpulento, de unos cincuenta años; tenía que ser Suzon, que justo buscaba esa clase de indicio, y que lo habría dado todo por no encontrarlo. Pero si Paul perdió el conocimiento justo en el momento de caer, esa noche de tenue luna, o si ya en el suelo permaneció un instante con los ojos abiertos, si dejó escapar un grito, si pronunció una palabra o si ya no le quedaban fuerzas ni para mover los labios, eso nadie llegó a saberlo jamás, al menos en Les Crêts. Porque más tarde se averiguó que, como mínimo, dos individuos habían sido testigos de lo sucedido. Y calificarlos de «testigos» es quedarse corto.

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