Ficha técnica

Título: La bicicleta estática | Autor: Sergi Pàmies |  Traducción: Sergi Pàmies |  Editorial: Anagrama | Colección: Narrativas hispánicas | Género: Relatos | ISBN: 978-84-339-7224-8 | Páginas: 128 |  PVP: 12,00 € | Publicación: Febrero 2011

La bicicleta estática

ANAGRAMA

Sergi Pàmies dedica parte de los diecinueve relatos de La bicicleta estática a diseccionar los naufragios y desconciertos de la madurez. Si con su libro anterior Si comes un limón sin hacer muecas concitó elogios y reconocimientos, en éste Pàmies vuelve a desplegar su afilado sentido de la observación. Con un estilo preciso, intenso, irónico o demoledor, el autor sumerge al lector en emociones como el duelo, el desamor, la introspección enfermiza, los pánicos y servidumbres de la responsabilidad, las liturgias sentimentales y los peligros de la esperanza y la nostalgia. Recurriendo a material explícitamente autobiográfico, y jugando con los límites más promíscuos entre realidad y ficción, Pàmies retrata las tragicómicas dificultades existenciales de unos personajes que, con una determinación tan absurda como heroica, insisten, pese a no moverse, en pedalear.

«El resultado es un libro único, devastador, congelado en un orden mental, con contrapuntos irónicos dentro de un tono general de tristeza, de poca extensión física pero intensísimo, exponencial en sus posibilidades de imprescindible relectura» Lluís Muntada, El País.

«Pàmies se va configurando como un tolstoiano de la narración corta, que parte de las ilusiones perdidas para construir delicados monumentos» Vicens Pagès, El Periódico de Catalunya.

«El oxímoron de La bicicleta estática nos mantiene en todo momento atrapados, pedaleando línea tras línea, por unos cuentos que se ganan y resuelven por puntos y por KO» Manel Ollé, L’ Avenç.

«Un sopapo a la lágrima evocadora y a la voluntad de futuro, una crítica severa al conformismo y un catálogo de frustraciones y desengaños imposibles de esquivar» Jordi Nopca, Time Out.

 

BENZODIAZEPINA  

He quedado conmigo mismo dentro de dos horas. No me conozco personalmente pero hemos hablado mucho por chat y, en una ocasión -para desearnos feliz año 2008-, por teléfono. No me gustó mi voz: ligeramente nasal y con cierta presunción
de locutor nocturno. Siento curiosidad por saber si, cara a cara, seremos capaces de mantener las largas conversaciones que solemos compartir de madrugada. En la pantalla del ordenador, el diálogo avanza sin obstáculos, mezclando cuestiones profundas y banales, inventadas y reales, combinando recuerdos y proyectos. No me hago ilusiones: en el ciberespacio abundan las falsedades y los que te hacen creer que son de una manera y, a la hora de la verdad, te decepcionan. Podría pensar lo mismo de mí, por supuesto, pero, desde el principio, he procurado ser franco, no por rectitud moral sino porque no tengo memoria suficiente para inventarme cosas que me dejarían, seguro, en evidencia. Hemos tardado mucho en dar el paso de vernos. Eso nos ha permitido conocernos de un modo que no suele darse en el universo presencial. En el mundo real, cuando te presentan a alguien casi nunca sabes nada de él y prevalece una primera impresión basada en la mirada, la apariencia y el cóctel neurológico que establece las afinidades y las incompatibilidades. En el chat, en cambio, ocurre justo lo contrario. Primero hablas, te cuentas la vida, aclaras y creas malentendidos, combates los adictivos peligros del vínculo y de la mentira hasta que, un día, uno de los dos propone cruzar la frontera. En este caso fui yo, y yo mismo acepté, encantado y algo sorprendido, porque me había resignado al hábito de coincidir en el ciberespacio sin ninguna obligatoriedad pero con una frecuencia tácita. A veces también me envío mensajes a mí mismo y me los respondo, pero son diálogos excesivamente breves y el teclado del teléfono móvil no me permite extenderme como me gustaría. Ahora, mientras me dirijo hacia la cafetería en la que nos hemos citado, intento contener mi nerviosismo. Igual que cuando he tenido compromisos importantes, me he tomado un comprimido de benzodiazepina. Me ayuda a aplacar la inquietud y parece que la sangre fluya más despacio por mis venas. No lo he comprobado con una báscula, pero estoy convencido de que soy más ligero y de que, si me tomara dos comprimidos en lugar de uno, incluso podría llegar a volar. No ha hecho falta que nos preguntemos cómo somos. A veces, cuando concertaba una cita con alguien del chat, daba descripciones falsas de mí mismo para poder evaluar al otro a distancia y, casi siempre, acababa marchándome sin manifestarme, ya fuera porque la otra persona me decepcionaba o, por el contrario, para no decepcionarla yo a ella. En la terraza, me sitúo en una mesa desde la cual puedo observar toda la cafetería y espero (dentro de mí, siento el combate encarnizado entre curiosidad y benzodiazepina). Desde lejos, me veo llegar: me reconozco enseguida. Llevo la misma ropa y, en apariencia, tengo las mismas expectativas. La primera mirada es de desconfianza. Nos damos la mano. Rompemos el hielo con banalidades y sonrisas nerviosas. Lentamente, sin embargo, perdemos la batalla contra el silencio. Sin atrevernos a mirarnos, paladeamos el fracaso con la resignación de un rumiante, como si ya estuviéramos echando de menos la locuacidad nocturna y las conversaciones que, ilustradas con el sonido de los dedos recorriendo el teclado, nunca terminaban. Incómodos, no sabemos cómo reaccionar hasta que, como un solo hombre y activados por la misma vergüenza, nos levantamos y, sin despedirnos, nos marchamos en direcciones opuestas.

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