Ficha técnica

Título: Knockemstiff | Autor: Donald Ray Pollock | Prólogo: Kiko Amat | Traducción: Javier Calvo |  Editorial: Libros del silencio | Colección: Miradas | Género: Novela | ISBN: 978-84-938531-0-5 | Páginas: 304 | Formato:  21 x 14 cm. | Encuadernación: Rústica |  PVP: 20,00 € | Publicación: Febrero de 2011

Knockemstiff

LIBROS DEL SILENCIO

Bienvenidos a Knockemstiff, Ohio. Una hondonada en mitad de ninguna parte a la que a duras penas se puede otorgar la categoría de pueblo. Un lugar del que parece imposible huir y en el que la fatalidad, la desidia y la incapacidad de reescribir el propio destino parecen transmitirse por vía genética. Una suerte de agujero negro -y real, aunque hoy día está prácticamente despoblado- en el que nunca ocurre nada y en el que, sin embargo, ocurre todo. Pero, por encima de cualquier otra cosa, Knockemstiff es -compartiendo cartel con la galería de personajes recurrentes más descorazonadora que uno pueda imaginar- el protagonista omnipresente de esta colección de relatos cargados de triste realidad, violencia, sordidez y un oscuro sentido del humor.   

«Donald Ray Pollock nos da lo imposible: historias ágiles y divertidas sobre la gente más triste que jamás se haya visto. Más atrayente que cualquier otro libro de ficción publicado en años.» Chuck Palahniuk

«Portentoso y bestial.» Rodrigo Fresán

«Crudo, real, sincero, poco afectado y, a la vez -sin caer en la condescendencia-, compasivo. Su belleza es tan magnífica como poco épica. No, ésta es La Verdad, y va a dolerles, se lo aseguro. Pero merece la pena, pues Knockemstiff es uno de los mejores libros que leerán jamás, y todas las grandes cosas, las grandes redenciones, vienen después de un costalazo; y éste es uno de los más dañinos que recibirán (narrativamente) en toda su vida. Palabra.» Kiko Amat

«No es una lectura fácil, pero contiene algunos fragmentos de la escritura más refinada que nos hemos topado en mucho tiempo. Es el equivalente literario a los tatuajes de AMOR / ODIO en los nudillos de Robert Mitchum: terrorífico y sin embargo fascinante.» San Francisco Chronicle

«Una sorprendente colección de relatos imposible de abandonar a la mitad, a pesar de la sucesión constante de fracasos y la ineluctabilidad de los dramas, como si, al igual que los habitantes de este lugar arrasado, siguiera latiendo, no la esperanza de escapar de él, sino la certeza de ver aparecer, al final de la humanidad, un momento de gracia. Y la gracia, insólitamente, aparece, aflora como una amenaza.» Le Clavier Cannibale (blog del traductor francés Claro)

 

La vida real  

Mi padre me enseñó a hacer daño a la gente una noche de agosto en el autocine Torch cuando yo tenía siete años. Era lo único que se le dio bien alguna vez. Fue hace muchos años, cuando la experiencia de ver películas al aire libre todavía era de lo más popular en el sur de Ohio. Ponían Godzilla, junto con una peli cutre de platillos volantes que demostraba que los moldes de tartas podían conquistar el mundo.

   Aquella noche hacía un calor que se caían los pájaros, y para cuando empezó la peli en la enorme pantalla de madera contrachapada, el viejo ya estaba de un humor de perros. No paraba de despotricar contra el calor y de secarse el sudor de la frente con una bolsa de papel marrón. Hacía dos meses que no llovía en el condado de Ross. Todas las mañanas mi madre sintonizaba la KB98 en la radio de la cocina y escuchaba cómo la señorita Sally Flowers le pedía a Dios que hubiera tormenta. Luego salía y se quedaba mirando aquel cielo blanco y vacío que pendía como una sábana sobre la hondonada. A veces todavía la recuerdo allí de pie, en medio de aquella hierba reseca y marrón, estirando el cuello con la esperanza de ver ni que fuera una triste nube oscura.

   -Eh, Vernon, mira esto -dijo mi madre aquella noche. Desde que habíamos aparcado, había estado intentando demostrarle al viejo que era capaz de meterse un perrito caliente en la boca sin estropearse el reluciente pintalabios. Hay que tener en cuenta que mi madre llevaba todo el verano sin salir de Knockemstiff. El mero hecho de ver un par de luces rojas ya la tenía toda alborotada. Pero cada vez que se atragantaba con la salchicha, a mi viejo se le retorcían un poco más aquellos músculos como sogas que tenía en el pescuezo, y daba la impresión de que la cabeza le iba a salir disparada en cualquier momento. Mi hermana mayor, Jeannette, había sido lista y se había pasado todo el día fingiéndose enferma, y así era como los había convencido para que la dejaran quedarse en casa de una vecina. De manera que allí estaba yo, atrapado a solas en el asiento trasero, mordiéndome la piel de los dedos y confiando en que mamá no cabreara demasiado al viejo antes de que Godzilla destrozara Tokio a pisotones.

   Pero la verdad es que ya era demasiado tarde. Mamá se había olvidado de llevar la taza especial del viejo, de modo que por lo que a él respectaba todo era una puta mierda. Ni siquiera Popeye le arrancó una risita, así que mucho menos se iba a emocionar porque su mujer hiciera trucos con una salchicha Oscar Mayer arrugada. Además, mi viejo odiaba las películas. «Son un montón de trolas de mierda -decía siempre que alguien mencionaba que había visto la última película de John Wayne o de Robert Mitchum-. ¿Qué coño tiene de malo la vida real?» Para empezar, si había aceptado ir al autocine era sólo por el escándalo que le había montado mi madre la noche antes, cuando apareció en casa con un coche nuevo, un Impala de 1965.

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