Ficha técnica

Título: Kallocaína | Autor: Karin Boye |  Traducción: Carmen Montes | Editorial: Gallo Nero | Colección:  Narrativas | Género: Novela | ISBN: 978-84-938568-8-5 | Páginas: 224| Formato:  14 x 19 cm. | PVP: 19,00 € | Publicación: 2012

Kallocaína

GALLO NERO

Kallocaína es el nombre del suero de la verdad que el científico Leo Kall ha inventado para garantizar al Estado seguridad y estabilidad, pero la verdad se escapa a la instrumentalización y sus efectos son demoledores: el protagonista asiste horrorizado al surgir gradual de una conciencia individual y autónoma con la que intenta luchar.

Escrito en 1940, Kallocaína es una novela antiutópica, en la línea de 1984 que Orwell publicó unos años más tarde, inspirada en el apogeo del nacionalsocialismo en Alemania. Con la serie de novelas antiutópicas que vieron la luz en la segunda mitad del siglo xx, comparte la visión pesimista de un futuro totalitario y deshumanizado, pero lo que de Kallocaína algo único en su género es la concepción de la dictadura como algo inherente a la conciencia individual. Karin Boye describe con lucidez un futuro gris, dominado por un Estado policial que llega a invadir la esfera privada de los ciudadanos suprimiendo toda forma de libertad. Los hombres se han convertido en máquinas cuya función principal es reproducirse, obedecer y no sentir.

 

PÁGINAS DEL LIBRO

Muchos hallarán absurdo el libro que me dispongo a escribir -si es que me atreviera a pensar que serán «muchos» quienes lo lean-, puesto que abordo el trabajo por iniciativa propia, sin obedecer órdenes de nadie, y, aun así, no tengo del todo claro cuál es la intención. Quiero y debo, eso es todo. Con frecuencia cada vez más inexorable preguntan por las intenciones y el método de lo que se hace y se dice, de modo que no quede ni una sola palabra al azar, pero el autor de este libro se ha visto forzado a tomar el camino contrario, hacia lo sin sentido. Pues, aunque los años que llevo aquí como prisionero y como químico -serán más de veinte, calculo- han sido años de sobra llenos de trabajo y de premuras, existe algo que, sin duda, opina que no es suficiente, algo que me ha ido guiando y que me ha descubierto otro trabajo, uno que yo no tenía la menor posibilidad de descubrir, a pesar de tener en ello un interés profundo y doloroso. Ese trabajo estará cumplido cuando haya terminado el libro. Ni que decir tiene, soy consciente de lo ofensivos que mis polémicos escritos deben de resultarle al pensamiento racional y pragmático y, aun así, escribo.

     Puede que antes no me hubiese atrevido. Puede que haya sido la cautividad, precisamente, lo que ha hecho de mí un ser frívolo. La diferencia entre mis condiciones de vida actuales y las que disfrutaba como hombre libre es insignificante. La comida resultó ser apenas algo peor. A eso se acostumbra uno. El catre resultó ser solo un poco más duro que la cama que tenía en casa, en el Distrito de la Química, número cuatro. A eso se acostumbra uno. Salía algo menos al aire libre. A eso también se acostumbra uno. Lo peor fue la separación de mi esposa y de mis hijos, sobre todo porque nada sabía ni sé de su destino. Ese hecho llenó de angustia y de desasosiego mis primeros años en cautividad. Sin embargo, a medida que transcurría el tiempo, empecé a sentirme más tranquilo que antes e incluso a encontrarme cada vez más cómodo con mi existencia. Aquí no tenía nada por lo que angustiarme. No tenía ni subordinados ni jefes, a excepción de los vigilantes de la prisión, que rara vez entorpecían mi trabajo y que solo se preocupaban de que observara las normas destinadas a mantener el orden. No tenía ni protectores ni competidores. Los científicos con los que a veces me reunían para que pudiera seguir los avances en el campo de la química me trataban con distante cortesía no exenta de algo similar al desprecio, a causa de mi nacionalidad extranjera. Sabía que nadie se creía con motivos para envidiarme. Sucintamente: en cierto modo, podía sentirme en cautividad más libre que en libertad. Pero al mismo tiempo que mi serenidad, crecía también en mi interior esa extraña reelaboración del pasado, y no conoceré el sosiego hasta haber plasmado por escrito los recuerdos de una época de mi vida relativamente sustancial.

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