Ficha técnica

Título: Juntos y solos. Antología arbitraria | Autor: Alberto Fuguet  | Editorial: UDP | Colección: La recta Provincia | Páginas: 368 | ISBN: 978-956-314-305-8

Juntos y solos

UDP

«En todos los libros de Alberto Fuguet que he leído hay siempre, junto con la historia que cuentan, una voluntad de innovar, tanto en la lengua como en la estructura narrativa». Mario Vargas Llosa

«Fuguet tiene cierta ternura que lo hace por momentos entrañable. Noto una especie de fragilidad en el autor, en lo que está escribiendo y sobre todo en la relación autor-escritura». Roberto Bolaño

«Varios de los relatos de Fuguet son un potente esfuerzo por demostrar que en estas tierras baldías en términos de lirismo y destituidas de todo refinamiento e inspiración puede haber un encuentro con emociones auténticas y con verdades dolorosas y sentidas. Fuguet es un artista que ha corrido fronteras.» Héctor Soto

PRÓLOGO

EDMUNDO PAZ SOLDÁN

A fines de los noventa, en un congreso en Milwaukee, le pregunté a Diamela Eltit qué opinaba de la obra de su compatriota Alberto Fuguet. Su respuesta llegó rápida, sin espacio para los matices: «No me interesa hacer Manhattan en Santiago». La audiencia -alrededor de cien académicos latinoamericanistas provenientes en su mayoría de universidades norteamericanas- prorrumpió en aplausos. A la salida, una profesora argentina me increpó: ¿cómo me había atrevido a invocar el nombre de «ese fascista» en la sala?

      Ésos eran los peores años post McOndo, la antología coeditada en 1996 por Fuguet y Sergio Gómez que presentaba en sociedad a una nueva generación de autores latinoamericanos (un cuento mío es parte del libro). El prólogo de la antología no contribuyó en nada a generar un espacio de reflexión propicio para entender los diversos proyectos narrativos de esa generación; más bien, facilitó los ataques. Cargando las tintas, Fuguet y Gómez señalaban que los nuevos autores nos despreocupábamos del compromiso político y público, y que nuestro gran drama no estribaba entre elegir «el lápiz o la carabina» sino «Windows 95 o Macintosh»; nuestros cuentos, «centrados en realidades individuales y privadas», podían leerse como «una de las herencias de la fiebre privatizadora mundial». McOndo quiso luchar contra un estereotipo -América Latina como el continente realista mágico, donde lo extraordinario es cotidiano y los escritores están dispuestos a morir luchando por su compromiso social- y terminó creando otro: América Latina como un continente donde sólo existe espacio para lo urbano y los escritores son valientes defensores del mercado neoliberal. La creación se volcó contra su creador: Fuguet mismo ayudó a que se lo redujera a un escritor de cartón piedra, a la vez apolítico y ultraderechista, el gran festejante de las virtudes del mercado.

     Conocí a Alberto ese mismo año, 1996, con motivo de la presentación de McOndo en un congreso en Austin, Texas. Había leído una de sus novelas, Mala onda, sacada de la biblioteca de Berkeley -estudiaba allí el doctorado de literatura latinoamericana- y, como muchos, tenía una idea errada de él: confundía al personaje de Matías Vicuña con el autor. Por eso me sorprendió descubrir en Austin que fuera uno de esos escritores que prefiriera ir al cine o a un café en vez de a una discoteca, y que hablara mucho de libros. Me impresionó que leyera a tantos novelistas contemporáneos; discutía de Richard Ford y Philip Roth con Rodrigo Fresán, y yo no podía seguirles el ritmo.

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