Ficha técnica

Título: Julio Jurenito | Autor: Ilya Ehrenburg | Editorial: Capitán Swing | Traducción: Lina Buzarra Hermosilla | Formato: Rústica con camisa | Tamaño: 13x21cm | Páginas: 384 | ISBN: 978-84-940279-8-7 | PVP: 18,5 euros

Julio Jurenito

CAPITÁN SWING

 

Publicada en 1922, Julio Jurenito es una sátira filosófica y mordaz de la civilización europea. Escrita en menos de un mes, «como si alguien me llevara la mano mientras escribía», su protagonista es un mexicano nacido de las charlas con el fabuloso pintor Rivera. Jurenito recorre la Europa de 1910 a 1920 en compañía de una troupe de discípulos en los que están representados diferentes estereotipos, desde el capitalista Mr. Cool hasta un africano idólatra, pasando por un vagabundo italiano y el mismo judío-ruso Ehrenburg.

«En Jurenito estigmaticé toda suerte de racismos y nacionalismos, denuncié la guerra, la crueldad, codicia e hipocresía de los hombres que la provocaron y que no quieren renunciar a ella, el fariseísmo del clero que bendecía las armas, de los pacifistas que discutían procedimientos humanos para el aniquilamiento, de los pseudo-socialistas, que justificaban el espantoso derramamiento de sangre. (…) si odio el racismo y el fascismo, si encuentro fuerzas para participar en la lucha por la paz, es porque en medio siglo un hombre puede gastar muchos trajes y ser siempre el mismo.»

 

 

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Mi encuentro con Jurenito.
El diablo y la pipa holandesa 

 

El 26 de marzo del año 1913, estaba yo sentado, como siempre, en el café de la Rotonde, en el bulevar Montparnasse, ante una tacita de café, hacía tiempo ya vacía, esperando inútilmente que alguien viniese a liberarme pagándole al camarero los seis sous1 adeudados. Semejante método de manutención lo había descubierto durante aquel invierno y lo llevaba a cabo con brillantez. En efecto, casi siempre, un cuarto de hora antes de que cerraran el café aparecía algún inesperado libertador: una poetisa francesa, cuyos poemas yo había traducido al ruso; un escultor argentino, el cual, no sé por qué, esperaba vender por mediación mía su obra «a uno de los príncipes Chtiukin»; un tahúr de nacionalidad desconocida que me había ganado una considerable suma en casa de mi tiíto en San Sebastián, y sentía, por lo visto, remordimientos de conciencia, o, finalmente, mi vieja aya, que había venido con los señores a París y que había caído, probablemente por descuido del policía que no había visto bien la dirección, en vez de en la iglesia rusa que hay en la calle Daru, en el café a donde iban los rusos indigentes. Esta última, además de los susodichos seis sous, me regalaba un gran panecillo, y enternecida me daba tres besos en la nariz. Tal vez como consecuencia de estas inesperadas liberaciones, o tal vez por influencia de otras circunstancias, tales como: un hambre crónica, la lectura de los libritos de León Bloy y los diversos líos amorosos, me había vuelto de un temperamento un tanto místico, y creía ver en los más insignificantes acontecimientos ciertas señales del cielo. Las tiendas vecinas de ultramarinos y verduras me parecían los círculos del infierno, y la bigotuda panadera con su moño alto, una honorable mujer de sesenta años, un desvergonzado efebo. Estudiaba con detalle la invitación a París de tres mil inquisidores para quemar públicamente en las plazas todos los aperitivos existentes. Después me bebía un vaso de absenta, y medio borracho empezaba a declamar versos de santa Teresa, demostrando a todos los que llegaban a la taberna que ya Nostradamus había presagiado en la Rotonde un criadero de escolopendros mortíferos, y a media noche me ponía a golpear inútilmente las puertas de hierro de Saint-Germain-des-Prés. Solía acabar la noche en casa de una amante francesa, con bastante experiencia en el asunto, aunque buena católica, de la cual exigía en el momento más oportuno que me explicara en qué se diferenciaban los siete pecados «mortales » de los siete «capitales». Así, poco a poco, iba pasando el tiempo. Aquella noche memorable me encontraba sentado en un oscuro rincón del café, sobrio y extraordinariamente sereno. A mi lado jadeaba un español gordo completamente desnudo, y sobre sus rodillas gorjeaba una muchacha lisa y huesuda, también desnuda, pero con un amplio sombrero que le cubría la cara y unas botas doradas. A mi alrededor, diversas personas, más o menos desvestidas, bebían mar y calvados. El motivo de este espectáculo, bastante corriente en la Rotonde, se debía a un baile de disfraces organizado por la Academia Neoescandinava. Pero a mí, desde luego, todo aquello me parecía una clara movilización de los ejércitos de Belcebú dirigidos en contra mía. Hacía distintos movimientos con el cuerpo, como si nadara, para protegerme del sudoroso español, y sobre todo de los gruesos muslos que me enseñaba la modelo. Inútilmente buscaba en el café a la panadera o a alguien que pudiera reemplazarle, es decir, al mariscal en jefe inspirador de aquella monstruosa acción.

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