Ficha técnica

Título: Juicios a las brujas y otras catástrofes |Autor: Walter Benjamin | Traducción: Ariel Magnus| Editorial: HuedersTamaño: 17 x 22 x 1 cm | Páginas: 156 |ISBN: 978-956-8935-37-5 | Precio: $12.000 (pesos chilenos)

Juicios a las brujas y otras catástrofes

HUEDERS

No se suele hablar de Walter Benjamin como profesor, aunque la educación fue uno de los temas que más le interesó; tampoco como hombre de radio, aunque transmitió más de cien programas para jóvenes. No quedó registro de su voz leyendo las crónicas sobre inundaciones, terremotos, asesinatos y maleantes que recoge esta selección de textos hasta ahora inéditos en nuestro idioma. Les contaba a los niños formas diferentes de comprender los hechos de la historia, admirarlos y criticarlos. Esta colección de crónicas de radio de Walter Benjamin revela una de sus facetas más desconocidas: la de un narrador magnífico, encantador e incisivo.
 

«No hay crítico o lector más serio y original que Walter Benjamin». George Steiner

«Un escritor complejo y brillante». J.M Coetzee

Prólogo

Mariana Dimópulos

El pasado está lleno de cosas curiosas, tristes y alegres, y en su mayor parte olvidadas. Gente que uno catalogaría como extraña, lugares ahora inhabitables, hechos para los que parece no haber explicación. Pero también el presente tiene sus misterios, aunque sea lo más próximo y podamos tocarlo con la mano. Esto lo saben bien los científicos y los filósofos. Walter Benjamin vivió preguntándose por esos dos reinos del tiempo. Como a los científicos, le gustaban los descubrimientos; como a los filósofos, las ideas. Había nacido en una acomodada familia de una ciudad pujante como Berlín, en un país de inventores como Alemania. Escribió libros y ensayos sobre el arte, la historia y la sociedad. Desde siempre le había gustado viajar. Ya en su juventud se fascinó por la ciudad de París, y por varios artistas y autores del pasado. Se dedicó a recorrer Europa; mientras viajaba también encontró esos misterios que sólo podemos ver a medias: estudiaba las obras del arte de antes tanto como las ciudades que podía pisar. Pero una y otra vez se daba cuenta de que una cosa estaba emparentada con la otra y que no había forma de separarlas por completo: el pasado estaba presente en todos lados.

En sus recorridos, llegó al sur de Italia en 1924. En Nápoles conoció el volcán Vesubio -una gran atracción de la época- y descubrió la piedra porosa con la que estaban construidas las casas de la zona. Como él, habían llegado otros de distintas partes del mundo. Un escultor suizo se la pasaba dinamitando piedras para construir una torre en las rocas. Una revolucionaria rusa quería reinventar el teatro.

Algunos se reunían y había acaloradas discusiones teóricas y políticas. La segunda atracción de la zona era la antigua ciudad de Pompeya, ubicada al pie del volcán, que había quedado sepultada hacía casi dos mil años bajo la ceniza de una terrible erupción. Es posible que entonces Benjamin haya tenido una idea -o al menos su confirmación- que lo acompañaría para siempre: que la destrucción puede ser también una obra. Lo mismo que las grandes obras -los edificios, los inventos- que nos deja el pasado, también algunas destrucciones nos resultan valiosas con el tiempo. En la vieja Pompeya, las figuras de hombres y mujeres quedaron fijadas en la hora de su muerte por las capas de ceniza de la erupción: sólo gracias a esa destrucción se pudo conservar la antigua ciudad y los contornos de sus habitantes. Los protagonistas de esa catástrofe no eran ni reyes ni sabios, sino gente que corrió en busca de sus pertenencias, o se detuvo demasiado en reunirlas.

Tampoco la historia en general debía quedar limitada a los personajes vestidos con ricas túnicas y con las espadas de la victoria. Pompeya y otros lugares que Benjamin visitó mostraban que, junto a los grandes hombres -así se los llama- estaban también las víctimas y los héroes de los que la historia apenas cuenta. Pocos habían visto eso hasta ese momento; fue entonces que Benjamin se dedicó a construir un modelo para una nueva historia.

Si los estudios literarios condenaban las obras de una época pasada, él las analizaba; si el público adoraba y devoraba la novedad de las novelas, él se dedicaba a los relatos orales que habían pasado de generación en generación; si las autoridades cantaban loas al progreso de la técnica y de la guerra, él buscaba sus orígenes. Conocía el lado sombrío de la ciencia. El caso de los antiguos juicios a las brujas era una prueba: habían sido los principios de la ciencia moderna los que habían «demostrado» la supuesta existencia de estos seres tan temidos. A la ciencia se la llamaba magia blanca; a los embrujos de esas mujeres, magia negra. De ahí los aberrantes juicios que llevaron a tanta gente inocente a la hoguera. La magia negra de las que se acusaba a las brujas -esa sopa secreta que supuestamente reunía uñas de niños y jugos de sapos- no era muy distinta de la magia blanca de los primeros científicos, que en la misma época trataban de dilucidar la obtención del ácido sulfúrico.

Desde joven Benjamin planeó dedicarse a los libros, a la historia y a las obras de arte, además de los viajes. Un largo estudio que escribió en la isla de Capri sobre el teatro alemán -que hoy se lee con lupa- debía abrirle las puertas de la universidad y asegurarle un puesto de profesor, pero el comité evaluador lo rechazó. Se decidió por el periodismo, aunque ya conocía sus trampas. Ese nuevo trabajo prometía algunas libertades, pero era parte de un progreso del que Benjamin había empezado a desconfiar al menos desde el inicio de la Primera Guerra Mundial. Su primera estación fue el diario; la segunda, la radio. Un amigo lo hizo entrar en una emisora y entre 1927 y principios de 1933 estuvo muchas veces al aire. Eso de hablarle a un micrófono, transmitir la voz en vivo a través de kilómetros a personas desconocidas sentadas en sus casas, era una gran novedad en aquella época. Hacía muy pocos años que la primera emisora había sido instalada en Berlín.

Las técnicas tienen fecha de nacimiento, no así los elementos de la naturaleza. Como la bicicleta, que por entonces cumplía sus primeros cien años, como el teléfono, que tenía la misma edad de Benjamin, y como el auto, que había empezado a popularizarse apenas quince años atrás. El año de nacimiento de la radio berlinesa fue 1923; al principio había sido usada para la transmisión de música, pero pronto se develó el poder de la voz humana. En 1930, Albert Einstein, el descubridor de la relatividad, fue invitado a una emisión pública de radio para hablar de esa gran invención; en la misma época Benjamin leía ante el micrófono los textos reunidos en este libro. Einstein definió la radio como un instrumento de verdadera democracia, que hacía llegar a todos los hombres por igual la música y el arte. También era un medio para la comprensión mundial, porque servía para desvanecer la sensación de aislamiento entre gente lejana: la técnica de la radio era una conciliadora de los pueblos.

Como conocía la historia de otras técnicas, Benjamin era algo más escéptico que Einstein. En esos años planeó escribir un artículo de denuncia sobre ciertos usos políticos de la radio, antes de que Hitler y Goebbels descubrieran el potencial de ese pequeño aparato para difundir el nazismo. La radio podía ser tanto un instrumento de unión como de discordia. Como la prensa en el siglo XIX, algunos directores usaban las emisiones para sus intereses y pensaban al público no como un pueblo que debía unirse con los otros, tal como imaginaba Einstein, sino como consumidores sentados en la soledad de sus casas a la espera de algún producto. Con Hitler, esos temores terminaron cumpliéndose muy poco después.

Benjamin era hombre de dejar claves. Al elegir los temas de sus programas de radio, nos enseñó lo que revela la historia de las nuevas técnicas, que así como tienen fecha de nacimiento, a veces tienen también una de muerte (basta con pensar en la radio casete, de la que hoy es tan fácil reírse aunque haya desaparecido hace unos pocos años). Estaba claro que abstenerse de usar esas novedades como la radio no tenía ningún sentido. Había que ser contemporáneo de todas las innovaciones, aunque quizá algún día envejeciesen y fuesen suplantadas por otras. Los juicios a las brujas, basados en teorías disparatadas, nos recuerdan que muchas verdades de la ciencia también tienen fecha de vencimiento; de las invenciones que podían resultar catastróficas nos habla el caso del puente de hierro sobre la desembocadura del río Tay en Escocia, una construcción revolucionaria que se quebró en medio de la noche justo antes o cuando pasaba un tren con doscientos pasajeros, que cayeron al agua y murieron. Y así como los atrapados entre las cenizas son los protagonistas de la historia antigua de Pompeya, los protagonistas de muchas historias del tiempo moderno no son los grandes poderosos ni los que aplican las leyes, sino aquellos que quedaron al margen de la ley o fueron condenados injustamente. 

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