Ficha técnica

Título:  Juicio contra una prostituta | Autor: Demóstenes |  Traducción: Helena González Vaquerizo | Prólogo: Iván de los Rios | Editorial: errata naturae | Colección:  La muchacha de dos cabezas | Género: Novela | ISBN: 978-84-15217-07-7| Páginas: 128 | Formato:  11,5 x 18 cm.| PVP: 11,90 € | Publicación: 13 de Junio de 2011

Juicio contra una prostituta

ERRATA NATURAE

Dejémoslo claro desde el comienzo: a pesar de su título, Juicio contra una prostituta no es el tipo de libro que los amantes de la ficción policíaca conocen como legal thriller, aunque por momentos, no lo duden, pueda parecerlo. Tampoco es una novelita estilo peplum ambientada en un juzgado de la antigua Grecia. En realidad, no es más que una historia real perdida en las profundidades de la Historia, y magistralmente reconstituida por Demóstenes como testigo directo de los hechos. ¿Y qué tipo de historia? La de una prostituta de origen extranjero que, gracias a su excelso dominio de las artes amatorias, a punto estuvo de convertirse irregularmente en ciudadana y de alzarse hasta uno de los grandes centros de poder de la Atenas Clásica. No se lo permitieron, por supuesto, pues repito: era mujer, prostituta e inmigrante. La historia también podría resumirse así: la de dos personajes bastante vulgares, una prostituta y su marido-proxeneta, que vivieron hace más de veintitrés siglos y que vieron cómo su irreprimible deseo de ascenso en la escala social se topaba con la estructura inmovilista de las instituciones arcaicas.

Juicio contra una prostituta es, por tanto, una historia extraña y jugosa, una rareza editorial y un fresco impagable tanto de las costumbres y la vida sexual de la Grecia Clásica como de las contradicciones que caracterizaban su sociedad.

 

PÁGINAS DEL LIBRO

Atenienses, he tenido muchas razones para poner esta denuncia contra Neera y acudir ante vosotros. Tanto mi cuñado y yo como mi hermana y mi mujer hemos sido realmente maltratados por Estéfano1 y po su culpa nos hemos visto en situaciones de extremo peligro, de modo que no me presento en este juicio como acusador, sino como vengador. Él fue el primero en iniciar las enemistades, sin haber sufrido antes ningún mal de nuestra parte, ni de palabra ni de obra. Por eso quisiera en primer lugar relataros cuántos males nos ha infligido, para que seáis más indulgentes conmigo, que me defiendo, y después cómo nos puso en situaciones de extremo peligro relativas a la patria y los derechos civiles.

   Pues cuando los atenienses votaron a favor de la ciudadanía de Pasión y de sus descendientes en recompensa a sus servicios al Estado, mi padre estuvo de acuerdo con el presente que le hacía el pueblo, y le concedió al hijo de aquél, Apolodoro, la mano de su propia hija, mi hermana, que es la madre de sus hijos. Como Apolodoro era bueno conmi hermana y con todos nosotros, y compartía el conjunto de sus bienes con quienes consideraba su verdadera familia, yo mismo tomé como esposa a la hija de Apolodoro, mi propia sobrina.

   Transcurrido algún tiempo, salió elegido para la asamblea Apolodoro. La aprobación de su examen y el juramento legal coincidieron con la entrada de la ciudad en una guerra4 en la que, si ganabais, teníais la posibilidad de convertiros en los hombres más poderosos de Grecia, recuperar vuestras posesiones y reducir por las armas a Filipo; pero si os demorabais en ayudar y abandonabais a vuestros aliados, con el campamento deshecho por falta de dinero, los perderíais, y los demás griegos considerarían que no erais de confianza, mientras que también el resto de vuestras posesiones en Lemnos, Imbros, Skiros y el Quersoneso correría peligro.

    Antes de que enviarais vuestro ejército en masa a Eubea y Olintos, Apolodoro, como miembro del consejo, propuso una resolución y la sometió allí a la ratificación del pueblo, pidiendo que éste votara si le parecía que el dinero sobrante de la administración debía ser para uso militar o civil, en tanto las leyes ordenaban que, cuando se estaba en guerra, el dinero sobrante era para uso militar. Lo hizo porque consideraba que el pueblo debía ser soberano y disponer como quisiera de lo que le pertenecía, y después de haber jurado que aconsejaría lo mejor a los atenienses, como todos pudisteis presenciar en aquella ocasión.

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