Ficha técnica

Título: Juego y distracción | Autor: James Salter | Título original: A Sport and a Pastime | Editorial: Salamandra | Colección: Narrativa | Género: Novela | ISBN: 978-84-9838-550-2 | Páginas: 224 | Encuadernación: Rústica con solapas | PVP: 17,00 € | Publicación: 18 de julio de 2013

Juego y distracción

SALAMANDRA

Tras la publicación de Quemar los días y La última noche, Salamandra continúa la recuperación en castellano de la obra de James Salter, en este caso la tercera novela del gran escritor estadounidense. Editada por primera vez en 1967, Juego y distracción supuso un punto de inflexión en la trayectoria de Salter y dio la medida de su maestría y ambición literarias. En la actualidad se la considera una lectura insoslayable que, sin duda, contribuirá a engrosar la legión de admiradores que James Salter sigue cosechando en todo el mundo.

La novela, que toma prestado su título de un versículo del Corán sobre la esencia de la vida terrenal, narra la historia de amor entre Phillip Dean, un universitario norteamericano que deambula por Europa, y Anne-Marie Costallat, una joven francesa de provincias. Evocada en todo su esplendor erótico, la fogosa aventura de los dos amantes nos llega a través de la imaginación de un solitario compatriota de Phillip. El desdén hacia las convenciones sociales, la entrega incondicional al placer y la indolencia aparecen aquí delineados con un lenguaje conciso, que convierte el cúmulo de impresiones y la mirada reflexiva y sensible del narrador en un himno a la sensualidad. 

«Salter logra lo que parece imposible, y de hecho casi siempre lo es: la dulzura explícita del sexo limpia de grosería, la sugestión de lo secreto y lo sagrado que ocurre entre dos amantes en el interior de una habitación, lo que es indecible y también irresistible, la mutua entrega y la desvergüenza amparadas tras la veladura del pudor.» Antonio Muñoz Molina, Babelia

«Salter es uno de los grandes iconos vivos de la literatura norteamericana.» Robert Saladrigas, Cultura/s

«Nadie escribe como escribe James Salter: una escritura despojada que plasma intensos paisajes narrativos con pinceladas lacónicas y palabras precisas que se reúnen en oraciones casi perfectas, poéticas.» Diego Gándara, La Razón Libros

«Leo a Salter para que me ensanche el corazón. Leo a Salter porque sus páginas arrojan la certeza, tan común en los grandes escritores, de que conoce un buen puñado de verdades sobre la vida y los hombres; verdades que te atraviesan como un rayo e iluminan, de repente, un fragmento de realidad haciéndote verla como nunca la habías visto.» Marcos Ordóñez,
El País

«Una novela de una belleza inolvidable […]. Su espíritu -el dolor y el arte de Scott Fitzgerald tamizado por la sensibilidad contenida de Flaubert o James- evoca Francia, las oportunidades perdidas y la belleza fugitiva de la juventud.» Michael Dirda, The Washington Post

«De una picardía refinada […], iluminael oscuro cielo del sexo […]. Una proeza de realismo erótico […], una visión iridiscente de americanos en Francia.»
The New York Times

«Una de las mejores novelas cortas de la literatura norteamericana del siglo XX. Leerla hace que uno se sienta vivo.»
The Times

«Salter está entre los pocos autores norteamericanos de quienes quiero leerlo todo.» Susan Sontag

«James Salter es un autor de una sutileza, inteligencia y belleza fuera de lo común.» Joyce Carol Oates 

 

1

Septiembre. Parece que estos días luminosos no acabarán nunca. La ciudad, casi desierta en agosto, se está llenando de nuevo. Se repuebla. Todos los restaurantes y comercios vuelven a abrir sus puertas. La gente regresa del campo, del mar, de viajes por carreteras congestionadas de tráfico. La estación está muy concurrida. Hay niños, perros, familias con equipajes atados con correas. Me abro camino entre ellos. Es como atravesar un túnel. Por fin salgo a la luminosidad del quai, debajo de un gran techo de cristal que parece ampliar la luz.

     A ambos lados hay una larga fila de vagones verde oscuro, con la pintura descascarillada por el tiempo. Los recorro leyendo los números, primera y segunda clase. Es como contar dinero. Me reconforta la sensación de abandonarme al cuidado de quienes dirigen estos trenes grandes, somnolientos, por cuyos cristales claros hay gente mirando, como exhausta, tan quieta como inválidos. Resulta difícil encontrar un compartimento vacío, simplemente no hay ninguno. Mis bolsas empiezan a pesarme. A la mitad del andén subo al tren, recorro el pasillo y finalmente abro una puerta corrediza. Nadie alza la vista. Levanto mi equipaje para depositarlo en la rejilla y tomo asiento. Silencio. Es como estar en la sala de espera de un médico. Miro alrededor. Hay fotografías de turismo en la pared, paisajes de la Bretaña, de la Provenza. Enfrente de mí hay una chica con marcas de nacimiento en una pierna, marcas de color uva. Las miro y remiro. Por su forma parecen islas del canal.

     Por fin, con un gruñido, empezamos a movernos. Suena un chirrido de metal, portazos secos. Una agradable sacudida en el cambio de vías. El cielo está pálido. Un francés con una chaqueta y un pantalón azules duerme en el asiento del rincón. Los tonos de azul no casan. Son piezas de dos trajes distintos. Lleva calcetines de color gris perla.

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