Ficha técnica

Título: Jota Erre | Autor: William Gaddis | Tradución: Mariano Peyrou | Editorial: Sexto Piso | Colección: Narrativa | Formato: 15 x 23 cm  | Páginas: 1.136 | ISBN: 978-84-15601-38-8 | Precio: 35 euros

Jota Erre

SEXTO PISO

Considerada por un crítico como «la mayor novela satírica de la historia de la literatura americana», Jota Erre le valió a William Gaddis el National Book Award. Su protagonista es un entrañable niño de once años, Jota Erre Vansant, que construye un imperio de papel sin más elementos que un teléfono y una galopante ambición que carece de escrúpulos. Escrita en el inconfundible estilo gaddisiano de caos fragmentario, Jota Erre es una despiadada burla de la perversión del sueño americano y de cómo los valores de acumulación individualista conducen de manera inevitable al caos y la desestructuración.

Construida principalmente mediante diálogos, la intención de Gaddis era que Jota Erre reflejara su visión de la sociedad contemporánea como «un caos inconexo, una tormenta de ruido». Al igual que en su novela póstuma Ágape se paga (publicada por Sexto Piso en 2008), encontramos aquí, de manera más profunda y detallada, otras de las grandes obsesiones del autor: cómo el arte se corrompe mediante la mecanización de la vida cotidiana, y la preeminencia indiscutible de los valores asociados con la acumulación y la avaricia. Al igual que algunas novelas monumentales han pasado a la historia como retratos imperecederos de determinadas épocas, Jota Erre recoge de manera magistral el auge y el declive de la sociedad americana, que resulta fundamental a la hora de comprender la trayectoria del mundo occidental y la profunda crisis existencial en la que se encuentra inmerso.

 

JOTA ERRE

 

-¿Dinero…? -con voz susurrante.

-Papel, sí.

-Y no lo habíamos visto nunca. Papel moneda.

-Nunca vimos papel moneda antes de venir al este.

-Nos pareció rarísimo cuando lo vimos por primera vez. Inerte.

-Parecía increíble que valiera algo.

-Sobre todo, después de ver la forma en que padre hacía tintinear las monedas.

-Eran dólares de plata.

-Y monedas de plata de medio dólar, sí, y de un cuarto, Julia. Las de sus alumnos. Todavía lo oigo…

La luz del sol, embolsada en una nube, se derramó de repente en fragmentos por el suelo, a través de las hojas de los árboles que había fuera.

-Se acercaba por el mirador y tintineaba al andar.

-Hacía que sus alumnos se pusieran los cuartos de dólar que le traían sobre el dorso de la mano mientras tocaban escalas. Cobraba cincuenta centavos por clase, sabe, señor…

-Coen, sin hache. Y ahora si las señoras quisieran…

-Bueno, es igual que ese chisme de que la última voluntad de padre fue que arrojaran su busto a la bahía de Vancouver y que esparcieran sus cenizas sobre el agua, y que James y Thomas se subieron al bote y los dos tuvieron que ponerse a darle golpes al busto con los remos porque era hueco y no se hundía, y los cogió una tormenta cuando estaban allí y empezó a soplar el viento y les echó las cenizas a los dos sobre la barba.

-Nunca le hicieron un busto a padre, Anne. Y no recuerdo que estuviera nunca en Australia.

-Eso es lo que quería decir, cómo surgen los chismes.

-Bueno, no creo que ayude repetirlos delante de un absoluto desconocido.

-Yo no diría que el señor Cohen es un desconocido, Julia. Conoce nuestros asuntos incluso mejor que nosotras.

-Señoras, por favor. No he venido aquí para enterarme de sus asuntos íntimos, sino porque, como su hermano murió intestado, habrá que tratar de ciertas cuestiones que de otro modo no tendrían por qué salir a la luz. Y ahora, para volver al tema de…

-Estoy segura de que no tenemos nada que ocultar. Muchos hermanos no se llevan bien, al fin y al cabo.

-Y haga el favor de venir y sentarse, señor Cohen.

-Podrías contárselo todo, Julia.

-Bueno, padre sólo tenía dieciséis años. Como digo, Ira Cobb le debía dinero por algún trabajo que había hecho padre, probablemente, reparar alguna máquina agrícola. Padre siempre fue habilidoso con las manos. Y entonces, surgió un problema: en lugar de pagarle, Ira le dio a padre un viejo violín y él se lo llevó al granero para intentar aprender a tocarlo. Bueno, su padre lo oyó y se fue para allá de inmediato y le rompió el violín en la cabeza a padre. Éramos cuáqueros, al fin y al cabo, y los cuáqueros no hacen nada si no es por dinero.

-Naturalmente, señorita Bast, todo eso es… de lo más encomiable. Y ahora, volviendo al tema de las propiedades…

-De eso estamos hablando, tenga un poco de paciencia. Bueno, el tío Dick, el hermano mayor de padre, había regresado a pie hasta Indiana recorriendo paso a paso todo el camino desde la prisión de Andersonville.

-Y después de ese asunto del violín, padre abandonó el hogar y se matriculó en magisterio.

-Lo único que había deseado toda su vida era poseer todo lo que se viera en todas direcciones. Espero que ya le hayamos aclarado las cosas.

-Podríamos hacerlo si volviera aquí y se sentara. No va a descubrir nada mirando por la ventana.

 

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