Ficha técnica

Título: Jesucristo bebía cerveza | Autor: Afonso Cruz | Traducción: Roser Vilagrassa |Editorial: Alfaguara |Colección: Literaturas | Género: Novela | Formato: 15×24 | Encuadernación: Rústica | Páginas: 242 | ISBN: 9788420414904 | Precio: 18,50 euros | Ebook: 9,99 euros

Jesucristo bebía cerveza

ALFAGUARA

Una pequeña aldea del Alentejo se transforma en Jerusalén gracias al amor de una muchacha por su abuela, cuyo mayor deseo es visitar Tierra Santa. Un profesor «paralelo a sí mismo», una inglesa que duerme dentro de una ballena, una chica que lee westerns y cree que la Virgen María sustituyó a su propia madre, son algunos de los personajes que conforman una historia conmovedora e irónica sobre las cosas fundamentales de la vida: el amor, el sacrificio y la cerveza.

La crítica ha dicho:

«He quedado totalmente entusiasmada-prendida-arrebatada-consternada con el libro de Alfonso Cruz, Jesucristo bebía cerveza.» Marta Ramoneda, Librería La Central

«Afonso Cruz se convierte en una exigencia para quien no quiera perder detalle del rumbo que tomará el futuro de las letras portuguesas.» PNETliteratura.pt

«Un verdadero escritor, tan original como profundo, cuyos libros maravillan al lector, obligándolo a apartarse de las certezas corrientes y a abrirse a nuevas realidades.» Jornal de Letras

«No voy a descansar hasta que todos los lectores descubran a Afonso Cruz… Vuelve mi alma lujosa: paso a tener joyas en la imaginación.» Valter hugo mãe

1.

Antónia se agacha en la calle, y el ruido de la orina amarronada va empapando el suelo. Cae un sol de justicia y todas las ventanas de todas las casas están cerradas por dentro, no hay nadie en la aldea, y las plazas vacías parecen viejas fotografías.

Rosa está con su abuela, y le da mucha vergüenza estar allí, en medio de la calle, con ella. Separa un poco los pies cuando la orina le toca las suelas de los zapatos, pero no puede separarlos tanto como querría, porque Antónia se agarra a su vestido para mantener mejor el equilibrio.

En situaciones como ésta es cuando más echa de menos a su abuelo. Si estuviera vivo, las cosas serían distintas. En ese momento le viene a la memoria el día que se tiró al pozo.

Rosa tenía casi cinco años cuando su abuelo, con aliento de aguardiente, le dijo que enseguida volvía, que no tardaba nada. Entonces se dirigió al pozo cojeando y se dejó caer de cabeza. El cuerpo se golpeó contra las paredes de piedra, pues era verano y había poca agua. Rosa se quedó parada, sin saber qué hacer, pero después de unos minutos con el cuerpo temblando bajo el sol, fue hasta el brocal y lo llamó. Cuando la abuela la encontró, aún lo estaba llamando. El viejo flotaba en el fondo, con un brazo torcido sobre la cabeza y parte de la camisa arrancada, tras quedar enganchada en las paredes del pozo.

Al parecer, la muerte siempre aflora a la superficie.

Al fondo, una nube de polvo anuncia el paso de la guardia. El cabo conduce con el brazo fuera y un cigarro en la boca. A su lado, el sargento Oliveira silba al tiempo que se da palmadas en los muslos, creando una suerte de percusión. Paran en el arcén, bajo el calor de las primeras horas de la tarde, cerca de un olivo grisáceo cuya sombra apenas le basta a sí mismo. El cabo sale del coche y se apoya en la puerta. El calor del metal hace asomar a sus labios unos tacos. Se aparta de un salto y escupe a un lado. En el suelo hay una zorra muerta, y el guardia le da la vuelta con la punta de la bota. No hay sangre y casi no hay insectos, sólo unas pocas hormigas sobre los ojos y la boca del animal. Acaba de morir, piensa. Ni siquiera huele mal. La coge por la cola, mete la cabeza por la ventana y dice:

-Acaban de atropellarla.

-¿Eres tonto o qué? Saca eso de aquí.

El guardia mantiene el equilibrio con la mano izquierda y lanza la zorra por encima de un olivo. El cadáver choca contra una rama, queda prendido entre las hojas unos segundos y se desploma sobre una valla de alambre de espino. El sargento Oliveira baja del coche y se enciende un cigarro, apoya una bota en el neumático trasero y los brazos sobre la rodilla. Cuando acaba de fumar, los dos guardias entran en el coche y se dirigen hacia la aldea. Pasan por el cementerio, conduciendo muy despacio hasta la plaza del jardín. La oficina de correos acaba de abrir y Manuel Moita se dirige hacia allí. Tiene ochenta y tres años, alzheimer, y va a la oficina de correos varias veces al día para saber si le ha llegado correspondencia. Los empleados son pacientes y lamentan tanta insistencia, que le viene de la soledad y la enfermedad.

Los guardias sonríen al verlo. El cabo pita, y el sargento Oliveira saluda con señas al viejo, que se asusta y se arrima a la pared. Entonces, entre la confusión de su cabeza parece reconocer aquellos rostros y los saluda también; luego reanuda el paso, pero en el sentido contrario. Ya no recuerda que se dirigía a la oficina de correos, y regresa a casa.

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