Ficha técnica

Título: Imitación de Guatemala | Autor: Rodrigo Rey Rosa  | Editorial: Alfaguara | Colección:  Hispánica | Género: Novela | ISBN: 9788420414973 | Páginas: 368 | Formato:  15 x 24 cm.| Encuadernación: Rústica | Precio: 18,50 euros

Imitación de Guatemala

ALFAGUARA

Una tetralogía narrativa que marca un hito en la literatura latinoamericana contemporánea

Rodrigo Rey Rosa nos adentra en un universo que hoy trasciende las fronteras de Guatemala, pues, en palabras del autor, «todo el mundo es un lugar violento». En estas cuatro novelas policiacas escritas entre 1995 y el 2006, Que me maten si…, El cojo bueno, Piedras encantadas y Caballeriza, demuestra además su magistral manejo del suspense. Las matanzas de indígenas en las montañas y el tráfico de niños, el recuerdo de un secuestro, el atropello de un niño por un conductor que se da a la fuga y la quema de un establo durante una fiesta ecuestre son sólo el punto de partida de estas cuatro historias, «tetralogía narrativa» que marca un hito en la literatura latinoamericana contemporánea.

«Un escritor imprescindible y necesario.»  J. A. Masoliver Ródenas, La Vanguardia

«La maestría de un narrador que no admite lectores, ni lecturas, indiferentes.»  Pilar Castro, El Cultural

«Rey Rosa es a la vez parco, delicado y rotundo, como sus libros. El suyo es un estilo sin adornos, pero no frío, en todo caso, «una enorme cámara frigorífica en donde las palabras saltan, vivas, renacidas», según la descripción de Roberto Bolaño, que siempre señaló a su colega como uno de los grandes narradores de su generación.» Javier Rodríguez Marcos, Babelia (portada)

«La ambigüedad y la contundencia nacen de la ambición literaria confabulada con el compromiso, lo que ha obligado al autor a abandonar la novela breve para crear una trama compleja, una especie de thriller político.» J.A.Masoliver Ródenas, La Vanguardia (sobre Los sordos)

«Una obra extraordinariamente contenida, parca, intrigante. Una literatura a salvo de gestos inútiles, donde la belleza parece nacer de esa curiosa inclinación por el silencio.» Raphaëlle Rérolle, Le Monde

«Rey Rosa crea historias de proporciones míticas. Como Bowles, allana hábilmente la frontera que separa lo consciente de lo inconsciente, el lenguaje del silencio, la civilización de la barbarie.»  Johan Raskin, San Francisco Chronicle

«Un arte casi elíptico, de brevedades cortantes, embebidas de sombras fugitivas, sensoriales, impresionistas.»  Claude-Michel Cluny, Le Figaro Littéraire

«La maestría de un narrador que no admite lectores, ni lecturas, indiferentes.»  Pilar Castro, El Cultural

«Una literatura de los sentidos y del conocimiento esencial… Sensual y moral… Leer para disfrutar casi irracionalmente.»  Ernesto Ayala-Dip, El Correo Español

«Una escritura despojada hasta el máximo, en la que ninguna palabra sobra, y sin embargo algo envolvente y sensual hasta rozar lo obsesivo, casi como un sueño vivido.» Pere Gimferrer

«El guatemalteco obra, ciertamente, en lo sutil: la rapidez, la exactitud y la concisa belleza de su prosa, aunadas a un sentido elíptico de la composición, vuelven a señalarlo como a un joven maestro en el arte de decir más con menos.» Gustavo Guerrero, Letras Libres

 

Que me maten si…  

Lucien Leigh  

     Era el 30 de mayo de 1996, en el pueblecito de Fernchurch, Inglaterra. Lucien Leigh, que había vivido más de ochenta y cinco años -casi la mitad de los cuales pasó entre extraños y en lugares apartados-, levantó una mano a su grande oreja izquierda para extraer un minúsculo audífono, sin el que le era prácticamente imposible oír. Se sentó, mirando el pequeño objeto, querido para él como alguna joya.

     Era temprano por la tarde y el sol brillaba precariamente entre largas nubes aburridas. El pequeño invernáculo, adyacente a la casa, olía a flores. Respiró, y el aroma de las flores, que él había escogido para plantar allí, le trajo gratos recuerdos de largos viajes. Luego -tal como él sabía que de un momento a otro iba a ocurrir- su mente, aunque aguda aún para sus años, comenzó a nublarse. Sintió vértigo. Recuerdos borrosos de una vida que le parecía vagamente propia, vagamente ajena. Imágenes lúgubres: cabezas de muerto, fémures, cauces de ojos vacíos. «Este mareo -pensó- está durando demasiado». Había cerrado los ojos, y se guardó cuidadosamente el audífono en un bolsillo. Puso las manos en los brazos del sillón de mimbre, irguió la cabeza. Tenía que expulsar las visiones, hacer que se alejaran, que se fueran haciendo cada vez más pequeñas, hasta desaparecer en una distancia imaginaria, en una nada rojiza y no más espesa que sus párpados. Sabía cómo hacerlas desaparecer, pero era necesario hacer un esfuerzo, como cuando uno quería vencer algún miedo: apretar el cardias, esperar el brote de saliva amarga, que no se debía tragar hasta más tarde, producir un chasquido con la lengua en la parte posterior del paladar, dejar salir lentamente el aire por la nariz, y entonces, tragar despacio. Y las imágenes se disociaban, se dispersaban, desaparecían.

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