Ficha técnica

Título: Huérfanos de Brooklyn | Autor: Jonathan Lethem | Traducción: Cruz Rodríguez Juiz  | Sello: LITERATURA RANDOM HOUSE | Fecha publicación: nov/2015 | Formato: Tapa blanda con solapa | Páginas: 352 | Medidas: 135 X 230 mm | ISBN: 9788439706472 | Precio: 17,90 euros | Ebook: 9,99 euros

Huérfanos de Brooklyn

LITERATURA RANDOM HOUSE

«Tengo el síndrome de Tourette». Las palabras salen atropellándose, incontrolables, y las manos no pueden evitar tocar impulsiva y compulsivamente todo lo que tengan cerca. Es el sino de Lionel Essrog, criado en un orfanato y que, junto con sus tres amigos de la infancia, trabaja para un mafiosillo local, Frank Minna, en una agencia ilegal de detectives.

El asesinato de Frank le obligará a sumergirse en la trama, compleja y llena de sombras, de relaciones, amenazas y favores que conforman el Brooklyn que él creía conocer tan bien y donde nadie es lo que parece.

Huérfanos de Brooklyn supera con creces lo que podríamos considerar una novela negra, subvierte el género y le confiere nuevos matices hasta lograr un texto sumamente original.

La crítica ha dicho…

«En parte novela de detectives y en parte fantasía literaria, Huérfanos de Brooklyn compagina magistralmente una bella prosa y una trama absorbente.» The Wall Street Journal

«Otro gran divertimento de Lethem, uno de los narradores contemporáneos más inspirado y que asume mayores riesgos. No se pierdan esta novela.» Kirkus Reviews

«La mejor novela del año [1999]. Absolutamente original y hondamente conmovedora.» Esquire

«Jonathan Lethem es una de las voces más originales entre los jóvenes escritores estadounidenses… Su imaginación es maravillosamente fértil.» Newsday

«Un tour de force.» Boston Globe

 

ENTRA UN TIPO

El contexto lo es todo. Disfrázame y verás. Soy un voceador de feria, un subastador, un artista de performances del centro de la ciudad, un experto en lenguas ignotas, un senador borracho de maniobras dilatorias. Tengo el síndrome de Tourette. Mis labios no paran, aunque sobre todo susurro y murmuro como si leyera en voz alta mientras mi nuez sube y baja y el músculo de la mandíbula late como un corazoncito escondido bajo la mejilla pero sin emitir ningún sonido; las palabras se me escapan en silencio, meros fantasmas de sí mismas, cáscaras vacías de aliento y tono. (De ser un villano de Dick Tracy, tendría que ser Mumbles.) Las palabras se precipitan fuera de la cornucopia de mi cerebro en esta forma limitada para pasearse sobre la superficie del mundo, haciéndole cosquillas a la realidad como los dedos a las teclas de un piano. Acariciando, toqueteando. Son un ejército invisible en misión de paz, una horda pacífica. No tienen malas intenciones. Apaciguan, interpretan, masajean. Por todos lados suavizan imperfecciones, devuelven pelos despeinados a su lugar, forman filas de patos y reponen terrones gastados. Cuentan y sacan brillo a la plata. Dan amables palmaditas a la espalda de las ancianas y les arrancan sonrisas. Solo -ahí está el problema- cuando se encuentran con una perfección excesiva, cuando la superficie ya ha sido pulida, los patos ordenados y las viejas damas complacidas, mi pequeño ejército se rebela y entra por la fuerza. La realidad necesita algún que otro error, la alfombra ha de tener algún defecto. Mis palabras empiezan a tirar nerviosamente de las hebras buscando asidero, un punto débil, una oreja vulnerable. Entonces llega la urgencia de gritar en la iglesia, en la guardería, en el cine abarrotado. Empieza con una comezón. Sin importancia. Pero pronto la comezón es un torrente atrapado tras un dique a punto de reventar. El diluvio universal. Mi vida entera. Ya vuelve. Anegándote las orejas. Construye un arca.

-¡A la mierda! -grito.

-Bocaena -dijo Gilbert Coney en respuesta a mi arrebato sin volver ni siquiera la cabeza. Me costó entenderle: «Tengo la boca llena», explicación y broma al mismo tiempo, aunque mala. Coney, acostumbrado a mis tics verbales, no se molestaba en comentarlos. Acercó la bolsa de White Castle a mi asiento del coche con el codo, haciendo crujir el papel-. Engüeo.

No tenía especial consideración con Coney

[ADELANTO DEL LIBRO EN PDF]