Ficha técnica

Título: Huellas | Autora: Ida Fink | Editorial: Errata Naturae | Colección: Los papeles de Sefarad | Formato: 14 × 21,5 | Páginas: 240 | Precio: 17,90 euros | ISBN: 978-84-15217-29-9 | Traducción: Elżbieta Bortkiewicz

Huellas

ERRATA NATURAE

 

20 relatos, 20 historias narradas alrededor del acontecimiento más oscuro del siglo XX: se sitúan antes, durante y después del Holocausto. Personajes que viven en el dolor y el espanto cotidianos, atravesados por la pérdida, enfrentados al miedo, la incredulidad, la barbarie… y sin embargo aferrados de manera inherente a la Vida, así, con mayúscula. Una estudiante que se acerca a la muerte plenamente consciente de no haber conocido el amor; el padre de un joven SS que no consigue asimilar la historia que le relata su hijo; una pareja que debe vivir largamente encerrada en un desván y en una imagen, un recuerdo, intolerable; personajes que recorren ciudades, pueblos, testimonios y rememoraciones en busca de los suyos, desaparecidos; sueños que cada noche vuelven, como variaciones de una siniestra composición, a la mente de un prisionero en un campo de exterminio; trenes con destinos y viajeros inciertos; imágenes cuya belleza estalla en la más absoluta desolación… Y mujeres, sobre todo mujeres, que son doblemente víctimas: de la Historia y de sus propias historias, de estas astillas desprendidas de las narraciones familiares, personales e íntimas. La de Ida Fink es una escritura que, como Szymborska en la poesía, no busca lo épico, lo trágico, lo sublime, sino que es portadora de lo mejor del arte del fragmento, que ennoblece y «metaforiza» la cotidianidad, el detalle, el evento, y los inserta líricamente en un contexto que trasciende una realidad que sólo en apariencia es insignificante. Como tantas veces se ha dicho, Ida Fink, víctima ella misma de la barbarie nazi, es sin duda la Chéjov del Holocausto, la mujer que mejor ha dado forma a ese horror informe. 

 

 

EL UMBRAL

 

EL PORCHE ERA DE MADERA, totalmente acristalado, con enormes ventanales. Hasta hacía poco las ventanas tenían visillos amarillos que recordaban el sol del mediodía. No era un color relajante para la vista, aunque sí alegre y tierno y que armonizaba a la perfección con las capuchinas que florecían en los arriates redondos y alargados, cultivadas personalmente por la madre. Este año tampoco había capuchinas. Despojada de los visillos y las flores, la fachada de la casa tenía un aspecto inusual y lamentable. Incluso estos detalles tan pequeños parecían probar que habían llegado tiempos extraños. La cancela, siempre cuidadosamente cerrada, pendía colgada de una bisagra, como si fuera el cuerpo de una persona desmayada, y las ventanas estaban cerradas a cal y canto, a pesar del maravilloso tiempo veraniego. La callejuela de la casa fluía soñolienta sobre los baches hacia los prados y el río, siguiendo la línea de verdes jardines y casitas de planta baja. Era la primera hora de la mañana del apenas recién comenzado mes de julio de 1941, la primera mañana silenciosa y tranquila después de días de gran pánico. Hacía apenas una semana los rusos habían abandonado la ciudad. Hacía una semana habían entrado los alemanes. Ya habían llevado a cabo el primer pogromo.

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