Ficha técnica

Título: Hud, el salvaje | Autor: Larry McMurtry | Editorial: Gallo Nero | Traducción: Regina López | Formato: 14×19 cm | Páginas: 240 | ISBN: 978-84-938569-7-7 | P.V.P. 18 euros

Hud, el salvaje

GALLO NERO

 

Publicada en 1961, Hud, el salvaje es la primera novela de Larry McMurtry. En ella escenifica el conflicto entre los valores del viejo Oeste y los de una nueva generación materialista y sin escrúpulos. Homer Bannon, anciano ganadero que encarna los nobles principios de honestidad y decencia de la Frontera, tiene que enfrentarse a la arrogancia y egoísmo de su hijastro Hud. Lonnie, su nieto, nos va contando todo cuanto observa en el rancho familiar, situado a veinte millas de la ciudad más cercana, Thalia.

McMurtry nos regala aquí un retrato de los años cincuenta del Texas más profundo, poblado de personajes inolvidables. Con un estilo vívido e ingenioso, el mismo que ilumina todas sus novelas, el autor redefine en esta obra la imagen del vaquero en la literatura.

En 1963 Martin Ritt adaptará la novela a la gran pantalla, con Paul Newman interpretando el papel de Hud. La película se alzaría con tres premios Oscar.

 

 

CAPÍTULO 1

 

Aquella noche, Halmea había preparado para el postre una cantidad descomunal de helado de melocotón, cremoso como la leche de vaca Jersey y cuajado de trozos de fruta muy dulce. Para mí, tenía el sabor especial del producto de temporada, de algo que te has pasado el invierno deseando saborear, como las primeras mazorcas asadas o los tomates del huerto. Tomé tres raciones grandes y aun así no me sacié. Cuando ya casi no quedaba nada fui a rebañar las palas de la heladera, pero Hud me apartó de un empujón y se hizo con ellas. Nos servimos los restos de crema de melocotón y sacamos los cuencos al porche para rematarlos.
El abuelo había cogido su última ración de helado y había salido antes que nosotros; el platillo azul vacío descansaba junto a su codo cuando aparecimos. Estaba en el peldaño más bajo del porche, tallando una rama de cedro que había recogido ese mismo día. Trabajaba con paciencia, clavando el cuchillo con precisión en la madera rojiza; y mientras apuraba mi cuenco me quedé mirando las virutas que formaban espirales y caían entre sus piernas. El abuelo ya tenía bien cumplidos los ochenta, pero su rubicundo cabello seguía siendo tan abundante como siempre, y su mirada gris aún era serena y clara. Con la boca abierta, concentrado en su tarea, iba moviendo la fina hoja de la navaja hacia él. Durante varios minutos siguió puliendo la vara sin que nadie dijera nada. Todos disfrutábamos de la tranquilidad de la noche. En eso, el abuelo alzó la vista y señaló con la cabeza los tres cuencos vacíos.
-¿Por qué no le lleváis los platillos a Halmea? -me dijo-. Querrá dejarse los cacharros lavados.
-Pues que venga esa zorra negra a buscarlos -contestó Hud.

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