Ficha técnica

Título: Historias del arcoíris | Autor: William Vollman | Traductor: José Luis Amores |Editorial: PALIDO FUEGO |Colección: NARRATIVA | ISBN: 978-84-940529-6-5 | Precio: 23.90 euros

Historias del arcoíris

PÁLIDO FUEGO

William T. Vollmann ha sido frecuentemente comparado con Thomas Pynchon y William S. Burroughs. Las trece historias que se incluyen en este volumen están pobladas de drogadictos y ángeles, skinheads y asesinos religiosos, prostitutas callejeras y fetichistas, marginados sociales y oscuros personajes bíblicos. Ambientadas en entornos tan diversos como la antigua Babilonia, la India y los sórdidos suburbios de San Francisco, estas historias han sido ampliamente calificadas como perturbadoras, imponentes, osadas e innovadoras. «Historias del arcoíris» lleva de la mano al lector por un mundo que guarda una semejanza hipnótica con nuestras peores pesadillas. Su gran calidad artística confirmó la reputación de Vollmann como uno de los mejores escritores de nuestra época.

«Una titánica demostración de un talento único … Vollmann mantiene bajo vigilancia un universo inteligente que merece mucho la pena explorar» Chicago Tribune.

«Un producto inconfundible de nuestra era atómica, mecanizada e informatizada. Vollmann es extravagante, divertido y de una originalidad deslumbrante» New York Newsday.

«Unas historias atrevidas y enérgicas … Los talentos de Vollmann se mezclan con su pasión, amplitud, amor y un profundo conocimiento del lado oscuro de la vida urbana de San Francisco, además de con un humor sombrío y truculento» The Washington Post.

«Se te erizará el vello de partes del cuerpo que no tienen vello», David Foster Wallace.

 

 

 

 

La cartera azul

 

1

 

Quería más a Jenny en los momentos en que, sentado a su lado mientras veíamos películas sentimentales, desviaba la mirada de la gran pantalla, donde la hermosa actriz estaba a punto de dejar a su pareja para siempre, y yo veía a Jenny erguida en su asiento, aquellos ojos negros semejantes a botones intensamente concentrados en la película mientras no paraba de masticar chicle con el semblante serio, y yo le pasaba el índice bajo los ojos para confirmar que tenía la cara húmeda, que Jenny lloraba por las personas que aparecían en la pantalla, un llanto de felicidad perfectamente plácida por una debacle que jamás había sucedido; y yo sabía que, tras finalizar la película, Jenny olvidaría que había llorado, aunque se sentiría refrescada por las lágrimas. ¡Qué inofensivo era todo aquello! A veces yo mismo, cuando la actriz me hacía recordar mis propios fracasos, me veía escaldado por una única y pesada lágrima; pero esta sensación no me convenía y tenía que pasarle el dedo a Jenny por el párpado mojado para tranquilizarme.

 

2

-¡Me peleé con una gorda que te cagas! -exclamó la skin Marisa, que ahora era mensajera en bicicleta. Tenía las piernas cubiertas de cardenales como manzanas podridas-. Justo donde se llega al final de la manzana y hay que montarse en la acera. Y había un camión Mack que venía derecho hacia mí y era totalmente obvio que yo no iba a ser capaz de evitar al puto camión a menos que frenara con el cuerpo para evitar derrapar contra aquella mujer. Y le dije, ¡Voy, QUÍTATE! Grité fuerte de verdad; ¡Voy, QUÍTATE!, y ella va y dice, ¡No! -para imitar la voz de la mujer, Marisa expresó esta negación tajante como el chillido de un pájaro-, y se para justo allí, y yo, ¡Perfecto! ¡Voy a por ti! Y entonces -soltó una carcajada- la atropello, de frente. ¡Y ella le da un empujón a la bici! Le da un empujón de la hostia a la bici y la bici va haciendo eses, y yo voy haciendo eses, ¡y entonces me bajo y le pego un puñetazo en la cara! –

¡Así se hace! -gritaron todos, con un entusiasmo de tal brillo y blancura como los del detergente más poderoso. Aquel entusiasmo podría haberse comido los agujeros de las paredes.

-¡Dios! ¡BAM! -gritó Marisa, tan fuerte que el perro se puso a ladrar-. Y yo me pongo a gritar, «¡Zorra, qué cojones te crees que estás haciendo! ¡Zorra!». Y ella se pone a abrir su bolsito y yo me quedo esperándola. ¡Zorra! ¡Zorra! Y ella, «¡Muy bien, te has equivocado! ¡Te has equivocado!». Y un tipo negro se mete entre nosotras, «Vamos, no os peleéis», y yo, «¡Zorra! ¡Puta negrata de los cojones! ». Y ella, «¿Y tú sabes llevar esa porquería bien?», y yo, «¡Por supuesto! ¡Y tú eres una gorda demasiado asquerosa para que un blanco se folle tu repugnante culo!».

 

 

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