Ficha técnica

Título: Historia secreta de Costaguana | Autor: Juan Gabriel Vásquez | Editorial: Alfaguara | Colección: Hispánica |  Páginas: 216 |  Fecha de publicación: 28/2/2007 | Género: Novela |  Precio: 18.50 € | ISBN: 9788420471280 |  EAN: 9788420471280

Historia secreta de Costanagua

EDITORIAL ALFAGUARA 

Londres, 1903. José Altamirano, colombiano de nacimiento, acaba de llegar de un país caribeño de cuyo nombre ya quisiera olvidarse. Arrastra consigo varias culpas y una historia de la cual se arrepiente; ha sido testigo de las cosas más terribles que le pueden pasar a una persona y también a un país. Pero nunca habría imaginado el encuentro que el destino tenía programado para él. Nunca habría imaginado lo que le ocurriría después de conocer al famoso novelista Joseph Conrad.

 

Extracto del libro: I. Ranas boca arriba, chinos y guerras civiles

Digámoslo de una vez: el hombre ha muerto. No, no es suficiente. Seré más preciso: ha muerto el Novelista (así, con mayúscula). Ya saben ustedes a quién me refiero. ¿No? Bien, lo intentaré de nuevo: ha muerto el Gran Novelista de la lengua inglesa. Ha muerto el Gran Novelista de la lengua inglesa, polaco de nacimiento y marinero antes que escritor. Ha muerto el Gran Novelista de la lengua inglesa, polaco de nacimiento y marinero antes que escritor, que pasó de suicida fracasado a clásico vivo, de vulgar contrabandista de armas a Joya de la Corona Británica. Señoras, señores: ha muerto Joseph Conrad. Recibo la noticia con familiaridad, como se recibe a un viejo amigo. Y entonces me doy cuenta, no sin cierta tristeza, de que me he pasado la vida esperándola.

Comienzo a escribir con todos los diarios londinenses (sus letras microscópicas, sus columnas abigarradas y estrechas) desplegados sobre el cuero verde de mi escritorio. A través de la prensa, que ha jugado papeles tan diversos a lo largo de mi vida -amenazando con arruinarla a veces, y a veces otorgándole el poco brillo que tiene-, me entero del infarto y de sus circunstancias: la visita de la enfermera Vinten, el grito que se oye desde el piso de abajo, el cuerpo que cae de la silla de lectura. A través del periodismo oportunista asisto al entierro en Canterbury; a través de las impertinencias de los reporteros los veo bajar el cuerpo y poner la lápida, esa lápida plagada de errores (una ka fuera de lugar, una vocal intercambiada en uno de los nombres). Hoy, 7 de agosto de 1924, mientras en mi remota Colombia se celebran ciento cinco años de la batalla de Boyacá, aquí en Inglaterra se lamenta, con pompa y ceremonia, la desaparición del Gran Novelista. Mientras en Colombia se conmemora la victoria de los ejércitos independentistas sobre las fuerzas del Imperio Español, aquí, en este suelo de este otro Imperio, ha sido enterrado para siempre el hombre que me robó…

Pero no.

Todavía no.

Todavía es pronto.

Es pronto para explicar las formas y las calidades de ese robo; es pronto para explicar cuál fue la mercancía robada, qué motivos tuvo el ladrón, qué daños sufrió la víctima. Ya oigo las preguntas que resuenan en la platea: ¿qué pueden tener en común un novelista famoso y un pobre colombiano anónimo y desterrado? Lectores: tengan paciencia. No quieran saberlo todo desde el principio, no investiguen, no pregunten, que este narrador, como un buen padre de familia, irá proveyendo lo necesario a medida que avance el relato… En otras palabras: déjenlo todo en mis manos. Yo decidiré cuándo y cómo cuento lo que quiero contar, cuándo oculto, cuándo revelo, cuándo me pierdo en los recovecos de mi memoria por el mero placer de hacerlo. Aquí les hablaré de asesinatos inverosímiles y de ahorcamientos impredecibles, de elegantes declaraciones de guerra y desaliñados acuerdos de paz, de incendios y de inundaciones y de barcos intrigantes y trenes conspiradores; pero de alguna manera todo lo que les cuente a ustedes estará dirigido a explicar y explicarme, eslabón por eslabón, la cadena de sucesos que provocó el encuentro al que mi vida estaba predestinada.

Pues así es: el antipático asunto del destino tiene su cuota de responsabilidad en todo esto. Conrad y yo, que nacimos separados por incontables meridianos, nuestras vidas marcadas por la diferencia de los hemisferios, teníamos un futuro común que hubiera resultado evidente desde el primer momento hasta para el más escéptico.

Cuando esto sucede, cuando dos hombres nacidos en lugares apartados están destinados a cruzarse, un mapa puede trazarse a posteriori. La mayoría de las veces el cruce es sólo uno: Francisco Fernando se cruza en Sarajevo con Gavrilo Princip, y mueren a tiros él, su esposa, el siglo XIX y todas las certidumbres europeas; el general Uribe Uribe se cruza en Bogotá con dos campesinos, Galarza y Carvajal, y poco después muere cerca de la plaza de Bolívar, con un hacha clavada en el cráneo y el peso de varias guerras civiles sobre la espalda. Conrad y yo nos cruzamos una sola vez, pero ya mucho antes habíamos estado a punto de hacerlo. Veintisiete años pasaron entre los dos eventos. El cruce abortado, el que estuvo a punto de producirse pero no llegó a hacerlo, ocurrió en 1876, en la provincia colombiana de Panamá; el otro cruce -el verdadero, el fatídico- ocurrió a finales de noviembre de 1903. Y ocurrió aquí: en la babélica, imperial y decadente ciudad de Londres. Aquí, en la ciudad donde escribo y donde previsiblemente me espera la muerte, la ciudad de cielos grises y olor a carbón a la cual llegué por razones cuya explicación no es fácil, pero es obligatoria.

Vine a Londres, como tanta gente ha venido de tantos lugares, huyendo de la historia que me tocó en suerte, o, mejor dicho, de la historia del país que me tocó en suerte. En otras palabras: vine a Londres porque la historia de mi país me había expulsado. Y aun en otras palabras: vine a Londres porque aquí la historia había cesado tiempo atrás: ya nada pasaba en estas tierras, ya todo estaba inventado y hecho, ya se habían tenido todas las ideas, ya habían surgido todos los imperios y se habían luchado todas las guerras, y yo estaría para siempre a salvo de los desastres que los Grandes Momentos pueden imprimir en las Vidas Pequeñas. Venir fue, por lo tanto, un acto de legítima defensa; el jurado que me juzgue habrá de tenerlo en cuenta.

Pues también yo seré acusado en este libro, también yo me sentaré en el consabido banquillo, aunque el paciente lector habrá de recorrer varias páginas para descubrir de qué me acuso. Yo, que he venido huyendo de la Gran Historia , retrocedo ahora un siglo entero para ir hasta el fondo de mi historia pequeña, e intentaré investigar en las raíces de mi desgracia. Durante aquella noche, la noche de nuestro encuentro, Conrad me escuchó contar esta historia; y ahora, queridos lectores -lectores que me juzgarán, Lectores del Jurado-, es su turno. Pues el éxito de mi relato se basa en este presupuesto: todo lo que supo Conrad habrán de saberlo ustedes.

(Pero hay otra persona… Eloísa, también tú habrás de conocer estas memorias, estas confesiones. También tú habrás de emitir, cuando sea oportuno, tu propia absolución o tu propia condena.)

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