Ficha técnica

Título: Historia del pelo | Autor: Alan Pauls |  Editorial: Anagrama |   Colección: Narrativas hispánicas Género: Novela | ISBN: 978-84-339-7209-5 | Páginas: 200 |  PVP: 15,00 € | Publicación: Marzo de 2010

Historia del pelo

ANAGRAMA

El héroe de esta comedia fúnebre es un enfermo del pelo. Tiene pelo de más, pelo para regalar. Pero tiene miedo de perderlo, o de ponerlo en las manos equivocadas, o de vivir siempre pendiente de su suerte, a merced de la moda, las chicas incompetentes que lavan o los peluqueros irresponsables. El pelo es su fetiche, su obsesión, su pesadilla frívola. Pero es también el nexo que lo liga a los tres personajes con los que se cruza en esta ficción desolada: Celso, un peluquero paraguayo genial, que un buen día desaparece sin aviso; Monti, un amigo de infancia que irrumpe de tanto en tanto en su vida, y el Veterano de guerra, que después de décadas de exilio europeo vuelve a Buenos Aires. Los cuatro náufragos de Historia del pelo vagan a la deriva y terminan aspirados por el enigma del libro, el gran agujero negro donde confluyen la historia de un país y el cuerpo singular de sus víctimas: la misteriosa suerte corrida por la peluca que usó una guerrillera célebre para secuestrar a un jerarca militar, ejecutarlo e inaugurar así la década más sangrienta de la historia argentina. Con este nuevo libro, Alan Pauls prosigue su trilogía de novelas independientes iniciada con Historia del llanto

 

PÁGINAS DEL LIBRO

      No pasa día sin que piense en el pelo. Cortárselo mucho, poco, cortárselo rápido, dejárselo crecer, no cortárselo más, raparse, afeitarse la cabeza para siempre. No hay solución definitiva. Está condenado a ocuparse del asunto una y otra vez. Así, esclavo del pelo, quién sabe, hasta reventar. Pero incluso entonces. ¿O no ha leído que…? ¿No les crece el pelo también a…? ¿O eran las uñas?

      Una vez, en verano, escapando del calor -son las cuatro de la tarde, casi no hay gente en la calle-, se mete en una peluquería desierta. Le lavan el pelo. Está boca arriba, con la nuca apoyada en la canaleta de plástico. Aunque está incómodo y le duelen las cervicales, y lo inquieta un poco la desaprensión con que su garganta parece ofrecerse al tajo del primer degollador que le salga al cruce, el masaje de los dedos, la dulce nube de perfume vegetal que se desprende de su cabeza y la presión de los chorros de agua tibia lo embriagan, transportándolo de a poco hacia una especie de ensueño. No tarda en dormirse. Lo primero que ve cuando vuelve a abrir los ojos, tan cerca que lo ve fuera de foco, como pintado sobre una superficie de arenas movedizas, es la cara de la chica que le lava la cabeza inclinada sobre él, invertida, la frente de ella suspendida a la altura de su boca. ¿Qué está haciendo? ¿Lo huele? ¿Está por besarlo? Se queda quieto, vigilándola con sus ojos ciegos, hasta que la chica, después de unos segundos de concentración en que se priva hasta de respirar, intercepta con una uña larga y filosa el afluente descarriado de champú que estaba a punto de metérsele en un ojo. Recién despierto, no puede recordar, aunque lo intenta, cómo era en verdad esa cara diez minutos atrás, cuando acababa de entrar en la peluquería y la vio por primera vez y ella sin duda le salió al cruce para preguntarle: «¿Te vas a lavar?» Ahora la tiene tan cerca que sería incapaz de describirla. Podría enamorarse de ella. De hecho no sabe si no se ha enamorado ya, al abrir los ojos y descubrir su rostro casi pegado al suyo, gigantesco, un poco como le sucede en el cine cuando se queda unos segundos dormido y al despertar se rinde al hechizo, siempre infalible, de lo primero que ve en la pantalla.

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