Ficha técnica

Título: Hemingway y la lluvia de pájaros muertos | Autor: Boris Zaidman | Editorial:  Errata Naturae | Colección: Los papeles de Sefarad | Formato: 14 × 21,5 | Páginas: 248 | Precio: 19,90 € | ISBN: 978-84-15217-13-8 | Traducción: Roser Lluch i Oms

Hemingway y la lluvia de pájaros muertos

 
 
Recién llegado de un periodo de reserva en el ejército, Tal Shani recibe una llamada desde la Agencia Judía: alguien lo invita a participar en un festival de cultura israelí. Pero Tal tiene ganas de volver a su vida de civil y a su trabajo como publicista. Y quiere encontrar de nuevo el tiempo para seguir escribiendo, pues acaba de publicar su primera novela. Sin embargo, al final se deja convencer, sin duda porque el festival transcurre en Dniestrograd, su ciudad natal, situada al oeste de Ucrania. Porque Tal Shani no siempre fue israelí: antes de la vorágine de Tel Aviv conoció las vejaciones y la miseria de los judíos en la Unión Soviética, en el tiempo en el que aún se llamaba Anatoli Schneiderman.
 

Boris Zaidman aborda la cuestión de la emigración rusa en Israel, pero su novela es también una poderosa evocación de la experiencia de la doble identidad que conoce todo ser humano que se ve obligado a cambiar radicalmente de vida, de lengua o de país. Una historia atravesada por un ondulante sentido autobiográfico y por un descarado sentido del humor, donde el Kalachnikov cargado de mala baba del autor dispara tanto contra los desafueros vividos en la URSS como contra las costumbres, usos y manías de los israelíes de origen soviético.

 

 

 EL CAMINO DE REGRESO

 

Dniestrograd…

 

«Dobry vecher, señor Shani», resonó la voz en el auricular del teléfono móvil. «Le llamamos de Quiryat Moria, de Jerusalén… de la Agencia Judía… del Fórum del Volun- tariado para la Educación Judía y la Inmigración… en la Unión Soviética… Perdón, quería decir… en la Comunidad de Estados Independientes…».
 
A pesar de que no había nadie cerca, por algún motivo Tal pulsó la tecla «Silenciar altavoz» y se pegó el plástico al oído. Lo hacía siempre que le hablaban en ruso. (Aunque fuera su madre preguntándole por qué no la había llamado en toda la semana, o si iría a cenar a su casa el viernes, porque papá había preparado una bortsch de carne con nata, como siempre en cantidad suficiente para alimentar a toda Leningrado durante la época del bloqueo alemán). Era una especie de vergüenza de los orígenes. Como una rubia con un pasado de morena. O -en su caso- una morena con un pasado de rubia. Él… ¿¡ruso!? Ya hacía tiempo que era uno de los nuestros, estaba enraizado en el país. Los primeros años, durante los cuales esta misma Agencia le había calificado de «nuevo-inmigrante-de-la-Unión-de-Repúblicas-Chupópteras» (primera lección de hebreo moderno en los pasillos del instituto Herzliya), hacía tiempo que se habían volatilizado en la playa de los Mirones, en el cine porno Zamir, en Gaza, en Ramala, en la escuela de arte Betzalel y en la base militar de Tzeelim, y consumido en las aguas ácidas del charco publicitario de Tel Aviv, ade- más de en otras muchas cosas…

 

 

 

 

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