Ficha técnica

Título: Hacer el bien | Autor: Matt Sumell | Traducción: Ismael Attrache |Editorial: Turner | Colección:El Cuarto de las Maravillas | Encuadernación:Rústica con solapas | Dimensiones:12,5 x 19 | Páginas:280 | ISBN: 978-84-16142-00-2 |Precio:14,90 euros

Hacer el bien

TURNER

Alby, el narrador de este libro, está a punto de pegar a su hermana. Y eso sería romper la promesa hecha a su madre. Su madre in articulo mortis.

Matt Sumell, el autor de este libro, no es Alby. Pero cómo se le parece. Y aquí, al igual que en la vida misma, el aburrimiento, la violencia, la humillación y el cariño tienden a confundirse.

Matt Sumell ha publicado unos cuantos relatos en The Paris Review, Electric Literature y otras revistas de alcurnia o más novedoso prestigio. Este es su primer libro. Un libro que trasciende la primera persona de moda para interpelar al lector con una difícil cuestión, ésa que trae de cabeza a los narradores de familia pobre: ¿y sobre esta vida de porquería, qué queréis que os diga?

Desde luego, una consideración así solo anuncia lo mucho que el narrador va a decir. «He visto a la gente quedarse calva, quedarse majareta, quedarse sin carné de conducir. Mi padre se quedó sin vesícula biliar por hacer la dieta del Nutrisystem. ¿Qué podía hacer yo?»

Claramente, escribir un relato a golpes: Hacer el bien.

«Pensaba que no volvería a leer una voz nueva y auténtica con esa dureza. La temeridad y la ferocidad están casi extintas en la narrativa. Ojalá Hacer el bien recuerde a los lectores eso que las obras maestras proporcionan: humor y crueldad, horror y dolor. Una obra contemporánea hasta el final de los tiempos». CHRISTINE SCHUTT   

« Los seres humanos mueren, y la comprensión de esta realidad le llega a Alby del mismo modo en que la aurora cayó sobre Hiroshima. Pero Sumell, en nombre de Alby, devuelve el golpe con astucia y osadía, sin miedo, con el humor más oportuno. Las consolaciones existen: por ejemplo leer, haber leído Hacer el bien». GEOFFREY WOLFF   

Puedes echar un vistazo al booktrailer del libro aquí.

Puñetazos a Jackie

La cosa es que a ella le parecía que las ollas y las sartenes no había que meterlas en el lavavajillas, así que le señalé que en el lavavajillas hay un botón para las ollas y las sartenes, fíjate, lo tienes justo ahí, abre los ojos, coño. Pero a ella eso no le hizo mucha gracia y empezó con el rollo ese de que soy un fracasado, de que voy sin rumbo por la vida y todo eso, que normalmente no me saca de quicio aunque puede que sea verdad, y además, como me lo estaba diciendo una persona que se supone que me quiere y a la que se supone que yo quiero y todas esas chorradas… Bueno, la verdad es que la he admirado toda la vida, para mí ha sido como un hermano mayor, pero en chica.

En cualquier caso, seguramente no lo decía en serio, aunque a lo mejor un poco sí, porque lo que en realidad pretendía era darme donde más me dolía, y yo mentiría si dijera que no he hecho lo mismo en otras discusiones que he tenido. La otra noche, sin ir más lejos, estaba en un bar y una chica se puso antipática con mi amigo James, que es muy simpático, y yo le dije «jo, qué feo». Cuando ella me preguntó «¿qué es feo?», le contesté «tu cara. Déjanos en paz». No era verdad que fuese fea, pero estaba convencido de que eso la iba a ofender, y acerté. Supe que había acertado porque la chica se puso a llorar y me dijo que era un cabrón y un gilipollas, aunque tal como lo soltó dio más bien la impresión de que había dicho «un cabrompollas», y luego me hizo el gesto de levantar el dedo corazón y se marchó al baño de chicas supertambaleante, por culpa de los tacones.

Ya que estamos con este tema, me pasa también lo mismo con todos los comentarios de tintes raciales que salen de mi boca: cuando no los suelto para dármelas de gracioso, los digo únicamente para hacer daño. Por ejemplo, una vez vi a un asiático que cruzaba de lo más lento un paso de cebra, bajé la ventanilla y le dije «oye, date un poco de prisita, ninja de mierda. Tengo cosas que hacer, por si no lo sabías». Lo de «ninja de mierda» no iba en serio, pero el tío me estaba tocando los huevos, así que yo quería tocárselos a él. Sé que en ese caso jugué con la susceptibilidad racial, que, si se le quita el adjetivo, es exactamente igual que todas las susceptibilidades: es muy fácil explotarla. Nadie la utiliza con sinceridad, sino con mala uva, que es justo lo que sospecho que mi hermana hacía cuando me llamó fracasado, aunque a lo mejor un poco en serio sí que lo dijo. No estoy seguro.

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