Ficha técnica

Título: Habitación doble | Autor: Luis Magrinyà | Editorial: Anagrama | Colección: Narrativas hispánicas | Género: Novela | ISBN: 978-84-339-7210-1 | Páginas: 312 |  PVP: 19,00 € | Primera edición:  Mayo  de 2010 

Habitación doble

EDITORIAL ANAGRAMA

Una editora madura, enamorada de un cantante indie al que casi dobla en edad, cruza una mañana la Gran Vía madrileña y, al sacudir la ceniza de su cigarrillo, una brasa sale disparada sobre la cabeza de un bebé. Diez minutos después, ante un juez que quiere comprar su piso, duda.

Un joven electricista de crucero por el Nilo acumula trozos de moqueta, piedras y flotadores para crear una instalación inspirada en su vida insignificante. Deciséis años después, un periodista encuentra un dedal en la orilla de un canal de Ámsterdam y se cita con un ex novio al que han violado.

Una noche de septiembre unos médicos celebran una cena accidentada en una casa llena de muebles orientales. Poco más de un año después, un camello en apuros solicita refugio en la pedanía donde se ha recluido un antiguo amigo, en paro y deprimido.

El 12 de julio de 2009 unos franceses van en coche de Savonnières a París y hablan, entre otras cosas, del temor a no reconocer a los suicidas. Acto seguido, un padre ansioso se pregunta por qué le atraen los asesinos en serie y busca respuestas en las memorias del padre del carnicero de Milwaukee.

Estas cuatro -u ocho- situaciones no dejan de tener cosas en común, hilos que se cruzan, rastreables por otro lado en la obra de Luis Magrinyà: padres e hijos, reencuentros arduos, trabajos capciosos, trastornos mentales, artistas con psicología y relaciones posibles en un mundo imposible. Sus protagonistas, ilegítimos en la tradición novelesca, son gente que, a pesar de gozar de inteligencia y sensibilidad, no carga sobre sus espaldas el peso del mundo.

Todo, sin embargo, se sucede, se articula, formando una cadena con eslabones rotos, pero una cadena al fin y al cabo. El lector es invitado a subirse a un tren en marcha, del que desconoce su origen y destino. Atravesará túneles y estaciones destartaladas, pero, en todo caso, el abandono, la oscuridad, y también la diversión, serán un acto -y un espacio- creativo, acogedor. Habitación doble es una instalación narrativa en la que el autor no sabe si todo está relacionado o no: ha trabajado con la continuidad y la discontinuidad, con la unidad y la fracción, con la idea de compartir, sin fijarse una meta, sin pretender demostrar nada; ha querido ver cómo surge, si surge, el sentido.

En esta singular y extraordinaria obra se confirma, de forma contundente, una afirmación no menos contundente del añorado Rafael Conte: «Magrinyà vale la pena.»

El autor ha rodado un vídeo para acompañar el libro, una pieza más de él, aunque fuera de él.

 

Diez minutos después  

I  

     En las entrevistas y en ciertos actos públicos en los que me invitan a hablar, suelo definirme -cuando me piden que me defina- como una combinación de pensamiento y golpes de suerte. Con esto pretendo explicar, con un punto de modestia, mi participación en el éxito, entre otros, del detective multicultural Francis Kuroki y el filón, que aquí nadie había explotado, del malogrado novelista centroeuropeo Flórián Sidály. Nadie parece reparar demasiado en que digo «pensamiento» y no «reflexión», y a veces ésta es la palabra con que algunos se quedan aunque yo no la haya dicho; pero ya se sabe que los periodistas -y la gente en general- tienen una manga muy ancha para los sinónimos. No me preocupa: a estas alturas no puede preocuparme que no se me entienda bien, y tampoco soy de esas personas que acaban tomándose en serio no lo que uno dice, sino lo que los demás dicen que dice. Resisto sin dramatismo pasar por «reflexiva»; aunque llevo peor, lo reconozco, lo de ser «intuitiva», que es donde suele acabar, en este limitado universo nocional, una mujer que a lo largo de su experiencia profesional ha tenido uno o varios golpes de suerte.

     Por mi parte, declaro aquí, por lo que pueda servir, que no sólo carezco de intuición, sino que ni siquiera sé lo que es. También es cierto que algunas cosas, que la competencia sabe dolorosamente bien, no suelo airearlas en público. No puedo decir, por ejemplo, que me decidí por Francis Kuroki porque, después de haber pasado por manos más bregadas, deseadas y adquisitivas que las mías, por no decir «intuitivas», cayó en mi mesa como un despojo; y me pareció barato. Lo mismo podría decir de Flórián Sidály, aunque en este caso el despojo aterrizó envuelto en tres minúsculas líneas, si bien llenas de elogios, que su heredera, la pertinaz y ahora rica Marina, había conseguido excavar en unos diarios íntimos de Ferenc Jámbor, un autor que leía mi madre; es decir, que, aparte de lo barato, en esta ocasión tampoco me guió la intuición, sino un sentimentalismo añejo y bastante particular. Pensé que, si Jámbor le gustaba a mi madre en los sesenta, bien podría gustarles Sidály a las madres de ahora. Y hasta en eso me equivoqué, porque a quienes realmente les ha gustado ha sido a las solteras.

     Un apunte sobre lo barato, que he dicho ya dos veces: forma parte del pensamiento. Pero quizá convenga que me explique mejor.

     Cuando digo «pensamiento» lo que quiero decir es que oigo voces dentro de mí y que no estoy loca. Voces que me aconsejan, que me disuaden, que me discuten, que me ordenan, que me callan, que simplemente comentan o que a veces -éstas son peliagudas- dicen cosas sin sentido, o sin sentido aparente, al menos. Tengo la sensación de estar no sólo habitada, sino bulliciosamente -a veces belicosamente- manejada, por otros. Lo que me aparta de la locura es que tengo cierta conciencia de a quién pertenece cada voz, de dónde procede, y desde dónde habla: en general puedo identificarlas bastante bien, reconozco si es la de un familiar, un amigo, un profesor de la infancia, o un pesado que casualmente conocí en un avión. Sé también, más o menos, cuándo oí por primera vez decir a cada una lo que dice, o, si no lo dijo, quién habría dicho o habría podido decir lo que dice la voz en ese momento: en quién se inspira, vamos. Esta última modalidad -la de la voz especulativa- tiende a adquirir un cansino protagonismo, pero esto se debe únicamente a que las experiencias pasadas no se contentan con haber acontecido, y en algunos casos reacontecido, sino que se ilusionan con la idea de influir en lo que pueda acontecer, y por eso opinan, enérgica e interesadamente.

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