Ficha técnica

Título: Giovanni Episcopo | Autor: Gabriele D’Annunzio | Traducción y postfacio: Gian Luca Luisi | Editorial: Funambulista | Encuadernación: Rústica con solapas | Páginas: 128 | Tamaño: 12 x 20 cm. | Fecha: mar-2017 | ISBN: 978-84-946164-6-4 | Precio: 15 euros 

 

Giovanni Episcopo

FUNAMBULISTA

Para liberarse de los fantasmas que lo persiguen, Giovanni Episcopo confiesa las circunstancias que lo llevaron a cometer un crimen. Durante el punzante monólogo, divaga, y su invisible interlocutor innominado lo apremia para que se atenga solo a «los hechos»; pero ¿es posible relatar solamente lo ocurrido cuando subyacen a lo factual una serie de sucesos morales capaces de transformar a la víctima en verdugo?

Humilde empleado con una existencia anónima, maltratado y humillado por sus colegas, el protagonista ve que algo cambia en su vida cuando conoce a Ginevra, y su principal hostigador, el prepotente Giulio Wanzer, decide abandonar la ciudad. Pero se da cuenta enseguida de que todo es un espejismo. Solo el nacimiento de su hijo Ciro le dará esperanzas…

En esta atípica obra en la producción de D’Annunzio, cercana al mundo de Gogol o de Dostoievski, el escritor italiano indaga en la génesis de todo crimen y, sobre todo, en el origen de la degradación del alma humana.

«¿Se le puede, pues, quitar a uno la voluntad así como se le quita de entre los dedos una brizna de paja? ¿Se puede llegar a hacer eso, señor?…

 

[Comienzo del libro]

Entonces, usted quiere saber… ¿Qué es lo que quiere saber, señor? ¿Qué le debo decir? ¿Qué?…¡Ah, todo! Será necesario, entonces, que se lo cuente todo, desde el principio.

Todo, ¡desde el principio! ¿Cómo lo voy a conseguir? Ya no sé nada; ya no recuerdo nada, de verdad. ¿Cómo lo voy a conseguir, señor? ¿Cómo lo voy a conseguir?

¡Oh, Dios! Veamos… Espere, se lo ruego, espere. Tenga paciencia. Tenga usted un poco de paciencia; porque no soy bueno hablando. Aunque me acordase de algo, no se lo sabría contar. Cuando estaba entre los hombres, era taciturno. Era taciturno, incluso después de haber bebido: siempre.

No, no siempre. Con él hablaba; solo con él. Unas tardes de verano, fuera del portal de casa, o en las plazas, en los jardines públicos… Él ponía su brazo debajo del mío, ese pobre brazo descarnado, tan grácil que casi ni lo sentía. Y caminábamos uno al lado del otro, charlando.

Once años, imagínese, señor… Tenía solo once años y razonaba como un hombre, era triste como un hombre. Parecía como si ya supiera todo de la vida, como si padeciera ya todos los sufrimientos. Su boca ya conocía las palabras amargas, ¡las que tanto daño hacen y que nunca se olvidan!

 

[ADELANTO DEL LIBRO EN PDF]