Ficha técnica

Título: Galveias | Autor: José Luís Peixoto | Traducción: Antonio Saez Delgado y Pilar del Río Sánchez | Editorial: Literatura Random House | Formato: tapa blanda con solapa | Páginas: 256 | Medidas: 136 X 230 mm | Fecha: oct/2016 | ISBN: 9788439732013 | Precio: 18.90 euros  | Ebook: 8,99 euros

Galveias

LITERATURA RANDOM HOUSE

Una noche de enero, una serie de explosiones causan un terrible estruendo en las propiedades del doctor Matta Figueiras. Los vecinos, aturdidos, pronto descubren el impacto de una especie de meteorito. Acto seguido, un intenso olor a azufre lo impregna todo y una persistente lluvia torrencial parece no tener fin. Cualquiera diría que el Universo está decidido a desafiar la cordura de los habitantes de este pueblo llamado Galveias.

Esta es la puerta de acceso a la vida de esta comunidad alentejana: los hermanos Cordato, que llevan cincuenta años sin hablarse, o la brasileña Isabella, que además de la panadería regenta el burdel, o el cartero Joaquim Janeiro, conocedor de todos los secretos y que oculta el suyo, o Miau, el tonto del pueblo, o la familia de los Cabeça, pero también los perros, que con sus ladridos trazan su peculiar mapa de las calles. Todos ellos conforman el universo de Galveias, un minucioso retrato de la realidad portuguesa que nos acerca a su identidad más profunda.

Bellamente escrita y con una brillante sofisticación formal, la sensibilidad y a la vez la aspereza que nos brinda Peixoto convierten Galveias en una de las grandes novelas sobre el mundo rural y confirman a este autor como uno de los escritores portugueses más destacados de su generación, como ya señaló el Premio Nobel José Saramago.

Reseñas:
«Una de las revelaciones más sorprendentes de la literatura portuguesa.» José Saramago

«Como Saramago, José Luis Peixoto es un escritor tocado por el genio.» Urbano Tavares Rodrigues

«Peixoto articula un interesante discurso sobre la identidad y la orfandad, y elabora en paralelo un maravilloso retrato psicológico del mundo rural portugués.» El País

«Uno de los escritores más dotados de su país.» Le Monde

«Peixoto tiene una extraordinaria forma de interpretar el mundo, expresado por preciosas imágenes y un excelente uso del lenguaje.» Times Literary Supplement

«Galveias es un libro que hace reír, pero también es una novela que revuelve las tripas, es ficción que no se deja ultrapasar por la realidad.» Observador

«El estilo de Peixoto cultiva una percepción o sensualidad emotiva que despierta en el lector una conmoción estética.» Jornal de Letras

«En una novela poliédrica y con muchos espejos de un lenguaje maduro y límpido, José Luis Peixoto fija un tiempo ya perdido, y comprueba que en realidad nunca salió de la aldea que lo creó.» Time Out

 

[Fragmento del libro]

De todos los lugares posibles, sucedió en aquel punto justo. Era entrada la noche y no había luna, solo unas estrellas gélidas rompían la opacidad del cielo, como clavadas desde el interior. Galveias se adentraba lentamente en el sueño, los pensamientos se evaporaban. La oscuridad era muy fría. A lo largo de las calles desiertas, las farolas derramaban conos de luz amarillenta, luz turbia, gruesa. Los minutos pasaban y casi podría haber silencio, pero los perros no lo permitían. Ladraban a la vez, de una punta del pueblo a otra. Perros jóvenes, solos en corrales, emitiendo ladridos que terminaban en aulli­dos; o callejeros moribundos de sarna, apoyados en la parte exterior de un muro, que levantaban la cabeza simplemente para lamentar la noche, inquietos y débiles. Si alguien prestaba atención a esa charla, quizá mientras conciliaba el sueño entre sábanas de franela, podía distinguir la voz de perros grandes y pequeños, de perros ariscos, nerviosos, estridentes u otros de voz fuerte, gutural, animales pesados como bueyes. Y un perro a lo lejos, que ladraba sin prisa, el sonido de su discurso alterado por la distancia, erosión invisible; y un perro aquí cerca, demasiado cerca, la rabia del animal casi provocaba inquietud en el pecho; después un perro en la otra punta del pueblo, y otro en otra, y otro en otra, perros infinitos, como si dibujaran un mapa de Galveias y, al mismo tiempo, sostuvieran la continuación de la vida, ofreciendo, con ese gesto, la seguridad que hace falta para dormir.

Desde lo alto, desde la cima de la capilla de São Saturnino, Galveias era como las ascuas de una lumbre que se apaga, cubierta de ceniza e imperturbable. También como las ascuas de una lumbre, ciertas chimeneas soltaban hilos de humo muy firmes: personas que todavía estaban despiertas avivaban restos del fuego mientras mantenían conversaciones o disputas. Pero las casas, por la noche y en enero, se afirmaban en el suelo, formaban parte de él. Rodeada de negros campos, por el mundo, Galveias se agarraba a la tierra.

En el espacio, en una soledad de miles de kilómetros, donde siempre parecía ser de noche, la cosa sin nombre circulaba a una velocidad imposible. Iba en línea recta. Planetas, estrellas y cometas parecían observar la decisión inequívoca con que avanzaba. Era una asamblea muda de cuerpos celestes asistiendo con los ojos y en silencio. O, al menos, producía esa impresión, porque la cosa sin nombre cruzaba la anchura del espacio a una velocidad con tal orden, tal indiferencia y de­sapego, que en comparación todos los astros parecían estáticos y severos, todos pertenecían a una imagen nítida y pacífica. Así, el mismo universo que la lanzó, que le insufló fuerza y dirección, contemplaba expectante su recorrido. Existía el punto de donde había partido, pero cada segundo destruía un poco más el recuerdo de ese lugar. La sucesión de instantes componía un tiempo natural, exento de explicaciones. Pasado sí, futuro sí, aunque el presente que imponía realidad estaba compuesto solo por ambiciones límpidas. Ni siquiera la violencia que la cosa sin nombre producía al abrirse camino conseguía alterar la apacibilidad de su paso, distante de todo y, pese a ello, integrado en una organización cósmica, sencilla como respirar.

Avisados por una alerta secreta, los perros se callaron durante un instante que no parecía que fuera a tener fin. El humo de las chimeneas se detuvo o, si continuó, mantuvo una línea imperturbable, sin sobresaltos. Hasta el viento, entretenido con el ruido de alisar las cosas, pareció contenerse. Ese silencio fue tan absoluto que suspendió la acción del mundo. Como si el tiempo expirase, Galveias y el espacio compartieron la misma inmovilidad.

Y hasta quienes estaban solos en sus casas, dejándose llevar por la modorra o entretenidos en la última tarea del día: guardar el perol de esmalte en el armario, alargar el dedo para apagar el televisor, quitarse las botas. Todos mantuvieron su posición única y todos se quedaron detenidos en el acto que los ocupaba. Hasta la luna, estuviera donde estuviese, invisible aquella noche. Hasta el atrio de la iglesia, en lo alto, mirando a Devesa, inmóvil como la carretera de Avis. Y los campos de alrededor, tinieblas arbóreas, que llegaban hasta la aldea de Santa Margarida, según se sabe, e inmóviles también. Hasta la plaza. Hasta el parque de São Pedro y el camino de Ponte de Sor, la recta de la señal. Hasta la calle São João, hasta el monte de la Torre y el embalse de Fonte da Moura, hasta el Vale das Mós y la finca de Cabeça de Coelho.

Galveias y todos los planetas existían al mismo tiempo, pero mantenían sus diferencias esenciales, no se confundían: Galveias era Galveias, el resto del universo era el resto del universo.

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