Ficha técnica

Título: Gallinas de madera | Autor: Mario Bellatín | Editorial: Sexto Piso | Páginas: 152 | ISBN: 9788415601227 | Precio: 16 euros

Gallinas de madera

SEXTO PISO

 

En Gallinas de madera, Mario Bellatin nos presenta una historia narrada por una multiplicidad. Relatos y seres desdoblados en número indeterminado forman parte del río murmurante de la ciudad, los árboles, las aves de rapiña y los escritores-paloma. Como los perros, la reflexión sobre la escritura está en varios sitios a la vez y es amada con intensidad, pero sólo por un tiempo acotado. Cuando la literatura nos lleva más lejos que el ácido lisérgico, cuando creemos a pies juntillas que un esclavo envía fotos para postularse, cuando además es el único espacio de empatía que nos deja el texto, no con el personaje sino con su posición donde adivinamos rituales tan necesarios como la lectura, podemos decir que estamos leyendo un libro de Mario Bellatin. Ésta en particular es una historia nunca contada en la que entramos como en un salón de baile al que asistieron todos, donde pasamos de un rostro al siguiente y nos enredamos en la historia de nuestros siglos para buscar después de un tiempo las puertas que lleven a los pasillos de Las mil y una noches, o a Los Cien Mil Libros de Bellatin. Aunque es posible que sólo se trate del rescate del manuscrito inédito que el escritor Bohumil Hrabal dejó en el asilo donde se encontraba internado, antes de saltar por la ventana.

 

 

Comienzo del libro

 

 

EN LAS PLAYAS DE MONTAUK LAS MOSCAS
SUELEN CRECER MÁS DE LA CUENTA

 

Cuando era joven la ciudad que elegía para hacer uso del ácido lisérgico no podía ser otra que Berlín.

Pese a que el muro ya había desaparecido, por muchos años Berlín siguió manteniendo su carácter de península, de lugar alejado del mundo, como una suerte de espacio protegido por las ruinas de los bombardeos que, todavía en esa época, se podían ver de manera regular y algunos habitantes habían convertido en una especie de símbolo.

Una ciudad donde algunos vestían adrede con harapos y donde las paredes derrumbadas de ciertos bares eran iluminadas con discretos rayos láser.

Protegida por el Muro, Berlín presumía su carácter único, de urbe sometida a un régimen particular.

La primera vez que probé el ácido pensé que me habían timado. 

Salí casi de inmediato de la casa de la persona que me hizo mostrarle la lengua en la que depositó un pequeño trozo de papel.

Caminé algo molesto por las calles. Me pareció que aquel sujeto había sido incapaz de comprender lo que significaba para mí experimentar semejante aventura.

Mi indignación alcanzó su límite al llegar a la Alexan- derplatz. 

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