Ficha técnica

Título:  Fuera de lugar | Autor: Martin Kohan  |   Editorial: Anagrama | Colección: Panorama de Narrativas |  Páginas: 224   |  ISBN: 978-84-339-7946-9 | Precio: 17,90 euros  |  Fecha:  marzo 2016 |

Fuera de lugar

ANAGRAMA

Fuera de lugar transcurre en geografías diversas: la precordillera, el litoral, el conurbano, los remotos países del Este, una frontera. Y también en Internet, el espacio de todos los espacios. Claro que los personajes que se mueven de un lugar a otro, los que parten y se aventuran, no van a quedar por eso más cerca de la verdad que aquellos que se quedan siempre fijos en un mismo punto. Y eso porque la lógica que se impone en Fuera de lugar no es otra que la del desvío. El desvío: ya sea en las perversiones de las fotos con niños que se narran en el comienzo, ya sea en el viaje en extravío que se narra en el final.

¿Qué es lo fuera de lugar en Fuera de lugar? En parte lo es la aberración: eso que no debería suceder y, sin embargo, sucede. En parte lo es la descolocación: el modo fatal en que se desorientan y se pierden aquellos que más seguros se sienten de estar siguiendo las pistas correctas. Y en parte lo es la forma en que Martín Kohan dispone la trama policial de esta novela: hay actos y hay huellas, hay hechos y hay consecuencias; pero las huellas y las consecuencias aparecen siempre en un sitio diferente del sitio donde se supondría, donde se esperaría, donde se las va a buscar.

«Don para hilar diálogos absolutamente naturales. Kohan escribe con una elegante ligereza, con gran atención al ritmo. Lo suyo es la palabra medida, certera. Impecable escritura» (Ernesto Calabuig, El Mundo).

«Prosa hipnótica. Un escritor dueño de un universo literario y de un estilo propio; un escritor de incuestionable firmeza» (Ricardo Baixeras, El Periódico).

«Un escritor llegado al puerto seguro del talento» (Ricardo Menéndez Salmón).

«Rendido a sus pies, señor Kohan» (Carlos Zanón, Avui).

 

PRECORDILLERA

I

     En las primeras fotos, las del invierno, aparecían solamente los nenitos. Tres o cuatro, a veces cinco; los que Magallán pudiese conseguir. Fotos con un solo nene decidieron no hacer más. Ya sabían: no funcionaban. Si había un nene, y nadie más, la imagen adquiría automáticamente un aire de retrato familiar, viraba hacia la ternura y no surtía ningún efecto. Lo intentaron y salió mal, hasta los compradores más asiduos desistieron en esos casos. Que el nene no fuera ya tan nene, que exhibiera un despunte de vello, no había ayudado en nada. Tampoco que, aun siendo muy nene, la tuviera decididamente grande. No servía, era un hecho. La visión de un único nene, por más que estuviese desnudo, por más que, dócil a las indicaciones, se la agarrara, se la estirara, se la mirara, se la sacudiera, les deparaba un fracaso tras otro, reducida inexorablemente a la neutralidad apocada del turismo o la antropología.

     Se lo dijeron a Magallán: si obtenía a un nene solo, era mejor que la sesión directamente se suspendiera. La cosa cambiaba mucho si tenían por lo menos a dos. Un nene solo se aburría, miraba a cámara, se fijaba en Lalo o en Murano o, tanto más, en Marisa. Habiendo en cambio dos, al menos dos, la diferencia era absoluta. Los chicos jugaban entre ellos, abstraídos, olvidados del entorno, ajenos a la situación y al propósito que pudiese tener lo que pasaba. Estaban como quien dice en su mundo. Y así se lograban las mejores fotos: las más solicitadas y las mejor pagas. Sin tener que apelar a trucos fáciles (cortinas entreabiertas, supuestas cerraduras, acercamientos telescópicos, cosas así), la imagen asumía por sí misma el tono misterioso del fisgoneo. Cualquier distraído es un espiado en potencia. Y un nene, si hay otro nene, se distrae de inmediato. Ese mismo nene que, aislado, quedaba pendiente de la foto hasta el punto de estropearla, pasaba a estar en otra cosa, pasaba a estar enteramente en lo suyo, si había otro nene con él.

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