Ficha técnica

Título: Fuego y cenizas |  Autor: Michael Ignatieff | Traducción: Francisco Beltrán  | Editorial: Taurus | Colección: Taurus Pensamiento | Páginas: 256 | Formato: 15 x 24 | ISBN: 9788430609550 | Precio: 19 euros | Ebook: 9,99 euros

Fuego y cenizas

TAURUS

Fuego y cenizas es una inmersión en la salvaje vida política moderna, y una contribución esencial al debate sobre la participación en ella. ¿Está justificada la pérdida de la fe en la política democrática? ¿Hacen bien en conservarla los idealistas? En un momento en que la ciudadanía reclama con fuerza transparencia y ética, Ignatieff refleja la política como una materia cruel, impredecible e implacable, pero ofrece argumentos para que sigamos creyendo.

«Un distinguido intelectual, escritor, periodista y académico deja su biblioteca y su cátedra de Harvard para emprender una carrera política en el más alto nivel, y durante seis años experimenta la pasión y la excitación, el entusiasmo y la intriga, el fracaso y el éxito de los partidos políticos en el amplio escenario canadiense. Seis años después de su inmersión en la vida política, regresa a su biblioteca, se dedica a la reflexión y nos ofrece un relato increíblemente revelador y honesto de esa aventura. Este libro es una brújula que ayudará al lector a encontrar su camino en el vertiginoso laberinto en que la política se ha convertido en las grandes democracias modernas.» Mario Vargas Llosa

La crítica ha dicho:

«Un relato convincente y emocionante. Si lo que se busca es un texto clarividente, fruto de una aguda observación, mordaz pero a fin de cuentas esperanzador sobre la política contemporánea, este relato es muy difícil de superar.» David Runciman, The Guardian

«Las librerías están repletas de memorias escritas por políticos exitosos, cuyo relato de sus carreras brilla con el resplandor de las batallas ganadas. La versión de Michael Ignatieff consta de ingredientes muy distintos: humildad, descubrimiento de sí mismo y humanidad.» Anne-Marie Slaughter, Universidad de Princeton

«Extraordinario. Fuego y cenizas es un brillante testimonio sobre el estado de la política y una advertencia sobre los peligros y los placeres de la vida política. De lectura obligada para cualquiera que esté contemplando una carrera política.» Robert Collison, Toronto Star

«Un libro maravilloso, sincero y divertido.» Paul Wells, Maclean’s

«Cautivadoramente sincero. Ignatieff ha escrito un libro elegante, minucioso y franco.» Peter Clarke, Financial Times

«Un relato honesto, repleto de una sabiduría alcanzada tras mucho esfuerzo.» John Ivison, National Post

1. Arrogancia

Una noche de octubre de 2004, tres hombres a los que no conocía -y a quienes más tarde nos íbamos a referir como «Los Hombres de Negro»- nos visitaron en Cambridge, Massachusetts, y nos llevaron a cenar a mi mujer, Zsuzsanna Zsohar, y a mí. Nos encontramos en el Charles Hotel, a un paso de la Kennedy School of Government, donde yo daba clases de Derechos Humanos y Política Internacional. Alfred Apps, un abogado de Toronto, daba la impresión de ser el líder. Era el que más hablaba, mientras la ceniza de su cigarrillo volaba en todas direcciones, apuraba sus copas de vino y dominaba la conversación. Dan Brock era el más refinado. Sofisticado, originario de Montreal, anglófono y empleado en un gran despacho de abogados de Toronto. El tercero era Ian Davey, un escritor y director de cine de ojos profundos coronados por unas cejas pobladas. Ian era hijo del «recaudador de fondos », el senador Keith Davey, que fue director de victoriosas y legendarias campañas electorales para el Partido Liberal.

Después de una o dos copas, Apps fue al grano: ¿Estaría dispuesto a considerar mi vuelta a Canadá para presentarme como candidato por el Partido Liberal? El Partido Liberal ocupaba el poder en Ottawa en ese momento, así que les pregunté si era el primer ministro, Paul Martin, quien los enviaba. Se miraron unos a otros. No exactamente. Daba la impresión de que Los Hombres de Negro actuaban por iniciativa propia. Su propuesta era ajena al partido, y su intención, me confesaron sin ambages, era convertirme en primer ministro llegado el momento. Dan Brock afirmó que el partido «caminaba hacia el precipicio», y sin un nuevo líder perdería las siguientes elecciones. Ellos reunirían un equipo, los jóvenes se apuntarían en masa a nuestra causa y me ayudarían a obtener un escaño y a ganar las siguientes elecciones, que debían celebrarse en los próximos dos años. ¿Estaría dispuesto a considerarlo, al menos?

Era una propuesta increíble. Nunca había dejado de considerarme canadiense, pero no vivía en el país desde hacía más de treinta años. Había sido investigador en el King’s College de Cambridge, había ejercido el periodismo en Gran Bretaña y ahora daba clases en Harvard. Es cierto que colaboré en la campaña del primer ministro Pierre Trudeau en 1968 y que había estudiado a los políticos toda mi vida, pero ¿por qué podía suponer alguien que mis escritos políticos me otorgaban la suficiente preparación como para convertirme en uno de ellos? Yo era un intelectual, alguien que vive para las ideas, para los placeres inocentes y no tan inocentes de la charla y la argumentación. Siempre había admirado a los intelectuales que dieron el salto a la política -Mario Vargas Llosa en Perú, Václav Havel en la República Checa, Carlos Fuentes en México-, pero también sabía que muchos de ellos habían fracasado y que, en cualquier caso, yo no estaba exactamente a su nivel.

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