Ficha técnica

Título: Franziska Linkerhand | Autora: Brigitte Reimann | Traducción y prólogo: Ibon Zubiaur | Editorial: Errata Naturae | Colección: Pasaje de los panoramas | Fecha:  nov/2016 | Formato: 14 x 21,5 | Páginas: 680 | ISBN: 978-84-16544-19-6 | Precio: 27,50 euros

Franziska Linkerhand

ERRATA NATURAE

Además de una apuesta vital arrebatada y una singular his­toria de amour fou, Franziska Linkerhand despliega un mundo desaparecido: el de la República Democrática Alemana. En un país aún en construcción, Franziska, joven arquitecta que proviene de una prestigiosa familia de editores, afronta su pri­mer trabajo lejos de la gran ciudad y también de los suyos. En esa especie de desierto que es Neustadt (literalmente «nueva ciudad»), no sólo se enfrentará a sus deseos de sintetizar «el hoy y el mañana, la desangelada construcción en bloques y la calle jubilosa y viva, lo necesario con lo bello», sino también a los ecos de su pasado: su niñez, el dramático final de la gue­rra, las historias de su abuela sobre otra época más hermo­sa, su primer amor, su matrimonio fracasado… ¿Quién es, en realidad, esa mujer que fascina y seduce a todos, hombres y mujeres, al llegar? O mejor dicho: ¿cómo es esa mujer?

A la vez que se dibuja también, de manera inigualable, un país y una época, pocos retratos femeninos hay tan profun­dos y sugerentes como éste: desde una primera y efervescente etapa juvenil, con un aire de novela de formación, hasta el presente de monólogos interiores y audaces cambios de pers­pectiva, todo el relato vibra con la existencia de numerosos personajes secundarios extraordinarios, pero sobre todo gra­cias a Franziska, una mujer fuerte y tenaz, contradictoria y con una insaciable sed de vida.

Brigitte Reimann le insufló la que ella misma perdió a úl­tima hora: la línea que cierra el texto la escribió en el hospital donde moriría prematuramente entre dolores terribles… Franziska Linkerhand es, en definitiva, un monumento de la literatura alemana del siglo xx en su intensidad y en su libertad, la obra maestra de una escritora dotada como muy pocas.

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Ay, Ben, Ben, ¿dónde estabas hace un año, o hace tres? ¿Qué calles recorriste, en qué ríos te bañaste, con qué mujeres te acostaste? ¿Repites sólo un gesto rutinario al besarme la oreja o la parte interior del codo? Me muero de celos… El presente me da miedo… pero tus recuerdos, de los que no puedo defenderme, las imágenes en tu cabeza, que no puedo ver, un dolor que yo no he compartido… Querría triplicar mi vida, para recuperar todo ese largo tiempo en el que aún no existías.

Mi sobresalto cuando me dijiste que hace doce años comiste una vez en nuestra ciudad, en la estación… y yo a cien metros de allí, en el colegio -¿y no podría haber estado en el andén, no podría haberte encontrado ya entonces, doce valiosos años antes?-. Ay, pero no te habrías fijado, yo estaba en noveno curso y era inconcebiblemente fea, sólo pelo y huesos, era inocente y estaba por primera vez enamorada… no de ti. Y siete u ocho años después, otra vez de paso, te diste una vuelta por la plaza del mercado, con tu mujer -en julio, ¿verdad?, estábamos de vacaciones-, y sólo eras una más de entre las variopintas figuritas que yo veía pulular bajo el andamio, cinco pisos más abajo…

¿Dónde estabas cuando me llamaron para el examen y casi me muero de miedo? ¿Por qué no me tomaste de la mano, entonces, en el pasillo de la uni? ¿Por qué no te sentaste junto a mi cama cuando estuve enferma? ¿Por qué no bailaste conmigo, aquella tarde, en el comedor universitario -un barracón de techo bajo, recalentado, lleno de humo, rock ‘n’ roll de casete y la voz de Elvis la Pelvis- ni compartiste conmigo la botella de cerveza? Algún otro, ya no recuerdo su cara… Es injusto, Ben, mi amor, es injusto, tanto tiempo sin ti, sin tu boca, sin la mano pequeña y dura que al andar me pones en la nuca… Sola esas cien noches, asomada a la ventana que daba al parque, que florecía sobre una fosa común, y los demás dispersos a los cuatro vientos: mis padres al otro lado de la frontera, la Anciana Dama muerta, Wilhelm en Dubna, más allá de Moscú, y aquel hombre en un bar, quizá con una chica, qué sé yo… ¿Y dónde estabas entonces, en mayo -cerezos, la carretera al sol-, el último día de la guerra, cuando llegaron los rusos?…

Por la mañana oyeron disparos en el jardín vecino. Wilhelm halló los cadáveres tendidos en la hierba, dos niños, la linda esposa y el ingeniero jefe. Pettinger había sido un hombre simpático y grueso que aborrecía los uniformes, pero llevaba a modo de uniforme bombachos, camisa a rayas claras y pajarita, y pedaleaba cada mañana con las piernas rígidas hasta el taller de laminación -quedaba fuera de la ciudad, entre pinos y redes de camuflaje, filial de un consorcio renano del acero-, y Wilhelm habría jurado que aquel vecino agradable, tierno padre de su trinante familia pajaril, ni siquiera sabía coger una pistola.

Por la frente de la niña pululaban hormigas negras, los cerezos florecían como locos, y el aire estaba colmado del zumbido hondo y nervioso de las abejas. (La semana pasada una mina aérea había aplastado el búnker de la estación; trabajaron con guantes de goma y ciegos de alcohol, y tras el primer boquete se les cayó encima una catarata de muertos, y Wilhelm sintió náuseas, por el aguardiente, dijo él). Dio la vuelta a la mujer, que yacía sobre el bebé con los brazos extendidos

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