Ficha técnica

Título: Francisco de Miranda. La aventura de la política | Autor: Manuel Lucena Giraldo |  Editorial: Edaf  | Colección: No Ficción. Crónicas de la Historia | Género: Ensayo | ISBN: 978-84-414-2669-6 | Páginas: 256 | Formato:  17 x 24 cm. | Encuadernación: Rústica con solapas | Incluye dos pliegos de color | PVP: 22,00 € | Publicación: marzo de 2011

Francisco de Miranda. La aventura de la política

EDAF

Aventurero interesado, idealista heroico, Casanova criollo, general revolucionario, exiliado, diplomático, preso, grafómano y lector compulsivo. Todas estas definiciones comprenden la personalidad poliédrica y misteriosa de Francisco de Miranda (1750-1816), primer latinoamericano universal y «precursor» de las independencias.

En este libro no se cuentan otras historias con la excusa de contar su biografía, sino que se aborda su asombrosa peripecia vital con nuevos materiales y perspectivas. De la Caracas de los laboriosos canarios al Madrid de Carlos III, la corte rusa de Catalina la Grande, París en tiempos del terror revolucionario, un Londres que forjaba un imperio y el sombrío Cádiz de las mazmorras fernandinas, la vida de Miranda constituye el resumen de la ambición humana y también de sus limitaciones: con él nació la universalidad del Nuevo Mundo.

 

PRÓLOGO

                                           Pienso todo el tiempo
                                           en aquellos que de verdad fueron grandes.
                                           Los nombres de quienes en sus vidas
                                           lucharon por la vida,
                                           los que acarrearon en sus corazones
                                           el centro del fuego.
                                           Nacidos del sol, viajaron a su encuentro un corto trecho.
                                           Dejaron el aire transparente sembrado con honor.
                                                        

                                                                                               STEPHEN SPENDER 

 

En un siglo como el XVIII que produjo muchas figuras extraordinarias, Francisco de Miranda personificó sus contradictorias características de manera ejemplar. Racional e ilustrado en el sentido clásico del término, fue también un sensualista y un epicúreo, dispuesto a gozar de todo cuanto se le ponía al alcance: conversación educada, lecturas prohibidas, lujo palaciego, relaciones de amistad con hombres y de seducción no exenta de cierta camaradería con mujeres. Todo ello no le impidió predicar con convencimiento la «sobriedad republicana» a la que se debía un hijo de la revolución, hasta tal punto que en 1795 achacó al pillaje francés en Italia la decadencia de la política virtuosa: «El espíritu de conquista en una república es enteramente subversivo del espíritu de libertad», afirmó entonces. Caraqueño, venezolano y el primer nacido en el Nuevo Mundo verdaderamente universal, fue fiel de manera simultánea en diferentes etapas de su vida a identidades políticas monárquicas y republicanas: española, francesa y hasta rusa. Religioso lo fue a su manera, dentro de un espíritu deísta ilustrado, compatible con la preocupación católica que mostró cuando pidió a un amigo que su hijo fuera bautizado sin aspavientos ni celebraciones. La filiación británica y sobre todo londinense constituye capítulo aparte, porque en Londres vivió muchos años. Allí estableció el único verdadero hogar que tuvo (solo entre 1798 y 1805 residió en cinco casas diferentes), el que compartió con la inglesa Sarah Andrews, a quien había conocido en uno de sus viajes por el norte del país.

   Ella cuidaría con devoción de sus hijos Leandro (nacido en 1803) y Francisco, conocido como Pancho, que vino al mundo en 1806. Lamentablemente para ellos, compartieron la casa familiar en el 27 de Grafton Street (ahora el 58 de Grafton Way) con su padre por poco tiempo, y más bien la experiencia familiar de Sarah y la de ambos hijos estuvo marcada por esa forma extrema de presencia que representa la nostalgia. En octubre de 1806 la empobrecida, leal e indispensable Sarah dirigió a su esposo errante por el Caribe (podía haber estado en cualquier otro lugar) una expresiva carta en estos términos: «Yo desearía que estuvieses aquí, querido mío, porque sin ti nos sentimos casi perdidos. Mi querido Leandro me promete todos los días que volverás a casa y si toma una gota de agua, tiene que beber primero a tu salud».

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