Ficha técnica

Título: Flechas de plata | Autor: Walter Kappacher | Traducción: Claudia Baricco | Editorial: Adriana Hidalgo | Colección: Narrativas | Páginas: 221 |  Encuadernación: Rústica 13 x 20 | ISBN: 978-987 -1923-80-9 | Precio: 17,00 euros 

Flechas de plata

ADRIANA HIDALGO

Un joven periodista deportivo descubre por azar que aún sigue vivo Paul Windisch, un ingeniero austríaco que durante los años treinta trabajó en la preparación y fabricación de los célebres automóviles de carrera Flechas de plata, sobre lo cual quiere escribir un libro. La investigación lo lleva a una residencia geriátrica en Salzburgo, donde vive el anciano ingeniero. El gran deseo de este es volver a su casa y allí lo lleva el periodista deportivo. En la familiaridad de su hogar, el ex jefe de ingenieros recuerda la época en la que trabajó para Auto Unión, las pruebas para batir el récord mundial de velocidad y el espectacular accidente que terminó con la vida de uno de los pilotos más famosos de Europa. El relato describe de primera mano, no sólo el interés propagandístico del nazismo porque los autos alemanes pudieran batir los récords de velocidad, sino también el interés del propio Hitler por la industria automotriz. A medida que Windisch avanza en su relato surgen poco a poco las revelaciones: narrará cómo pasó de trabajar en la industria automotriz a la misilística, y la historia se centra entonces en los alrededores de la Cervecería Zipf, donde había un campo de concentración junto al cual funcionaba la fábrica Schlier, considerada por el poder alemán como un centro fabril de vital importancia para la definición de la Segunda Guerra Mundial. Aquel viaje al pasado, relatado en un tono impasible, pone en evidencia las crueldades del campo de concentración y la utilización de mano de obra esclava para la fábrica. Paralelamente, otro viaje tendrá sus consecuencias para el periodista.  

 

PÁGINAS DEL LIBRO

      Lunes 9 de junio

     Temí precisamente encontrarme con usted, o con alguna de sus colegas o quizás hasta con la jefa de enfermeras cuando llevé de regreso al ingeniero, hace una semana. Mi intención era llamarla al día siguiente para explicarle todo. Yo esperaba poder sentarlo en una silla de ruedas afuera del edi!cio, pasar la doble puerta automática de cristal; mi idea era simplemente dejarlo allí. Seguramente en el hall alguna de la enfermeras o algún enfermero lo vería enseguida y se encargaría de él. Pero entonces fue cuando la vi a usted, la reconocí enseguida cuando miraba buscando una silla de ruedas. Estaba sentada entre dos frágiles ancianas en el banco que hay enfrente del ascensor. Cuando lo estaba entrando a Windisch, usted ya se encontraba de pie entre las hojas abiertas de la puerta de cristal; sacudiendo la cabeza alzó los brazos y apretó los puños contra su boca como sorprendida, pero al mismo tiempo aliviada y yo pensé: Ahora ya no tiene remedio, y dije con voz temblorosa: «Windisch se sentía demasiado débil como para traerlo de vuelta; ayer hicimos una excursión, no había teléfono en la casa…», y como para con!rmar lo que yo había dicho, apenas entrar al hall, repentinamente el viejo sufrió un colapso; yo reculé con la silla de ruedas y volví a cruzar el umbral a trompicones lo que hizo que él se sacudiera entero. Como no estaba sujetado a la silla, temí que se fuera a caer. Usted le preguntó a una colega que llevaba del brazo a una anciana si estaba el médico, controló el pulso de Windisch.

     Yo dije que tenía que correr el auto que había dejado en la entrada y llevarlo al estacionamiento, y mientras daba la vuelta delante de la residencia geriátrica pensé: ¡Me largo! Seguro que nadie se ha !jado en el número de la placa, me tomo las de Villadiego, Windisch no dirá nada. Pero regresé al hall. Ustedes habían recostado a Windisch en los asientos, eran dos que se ocupaban de él. Yo sentí que estaba de más. Volví a pensar en largarme disimuladamente, pero en ese instante llegó un vehículo de la Cruz Roja, la puerta corrediza de este se abrió hasta el tope con estruendo, dos hombres de chaquetas rojas aparecieron con una camilla en el hall.

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