Ficha técnica

Título: Fantastes | Autor: George MacDonald | Editorial: Atalanta | Colección: Imaginatio vera | Género: Novela | ISBN: 978-84-942276-4-6 | Formato: 14  x 24 Cartoné  | Páginas: 271 |  PVP: 24,00 euros 

Fantastes

ATALANTA

Fantastes comienza una mañana en la que su protagonista, Anodos, despierta y se encuentra con que su habitación se ha transformado. Una puerta se ha abierto en la pared y conduce a un mundo feérico en el que entabla relación con todo tipo de seres -estatuas que cobran vida, árboles que hablan, gigantes, quimeras monstruosas, caballeros andantes-, de los cuales su mayor enemigo es su propia y omnipresente sombra. Estamos ante una historia de desarrollo y transformación personal cuyo protagonista ha de atravesar un paisaje misterioso que simboliza el paso de su propia alma por el reino de la muerte.

Escrita en 1858, Fantastes es una de las novelas de fantasía más importantes de todos los tiempos.

«Nunca he ocultado el hecho de haber tenido a George MacDonald como mi maestro; en efecto, no me imagino escribir un libro en el cual no haya una alusión a su obra.»C. S. Lewis

«George MacDonald es sobre todo un escritor mito-poético […] y por su fuerza para proyectar su vida interior en imágenes, en seres y paisajes válidos para todos, es uno de los escritores más relevantes del siglo  XIX.»W. H. Auden

PRÓLOGO

     Gracias a Freud, entre otros autores, ahora somos más conscientes de las distorsiones de la personalidad y las confusiones mentales que resultan de los tempranos conflictos de los hombres con sus padres. Sin embargo, la vida de George MacDonald ejemplifica el proceso contrario. Su sabiduría está arraigada en una relación casi perfecta con su padre, de quien, según afirmaba él mismo, había aprendido que la paternidad se encuentra en el centro del universo. Así, estaba extraordinariamente capacitado para enseñar una religión en la que la relación entre el Padre y el Hijo es la más importante de todas.

     Su padre era un individuo notable, un hombre duro, aunque cariñoso y divertido al mismo tiem po, a la antigua usanza del cristianismo escocés. Le amputaron una pierna antes de que se empleara cloroformo en estas intervenciones, después de rehusar la acostumbrada ración de whisky, y «sólo durante un instante, cuando el cuchillo hendió la carne, apartó el rostro y exhaló un tenue y sibilante resoplido». Haciendo gala de un envidiable sentido del hu mor, sofocó una desagradable rebelión en la que habían quemado su efigie. Prohibió a su hijo que tocara siquiera una silla de montar hasta que hubiera aprendido a cabalgar sin ella. Asimismo, le aconsejó «abandonar el infructuoso entretenimiento de la poesía» después de arrancarle la promesa de renunciar al tabaco cuando cumpliera veintitrés años. Además, era contrario a las cacerías de urogallos, que consideraba crueles, y manifestaba una ternura hacia los animales no demasiado usual entre los granjeros de hace más de un siglo. Su hijo aseguraba que en ningún momento dejó de concederle cuanto necesitaba. Sin duda, esto nos habla tanto del hijo como del padre. «El que pide al Padre más de lo que puede darle probablemente recibirá aquello que solicita, pues no ruega en vano.» Esta máxima teológica se encuentra arraigada en las experiencias infantiles del autor. Es lo que se diría «un predicamento antifreudiano» operativo.

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