Ficha técnica

Título: Falconer | Autor: John Cheever |  Traducción: Patricia Antón de Vez | Editorial: RBA | Colección: Narrativa | Género: Novela | ISBN: 9788490064412 | Páginas: 240 | Formato:  14 x 21,3 cm.| Encuadernación: Tapa dura | PVP: 21,00 € | Publicación: 8 de noviembre de 2012

Falconer

RBA

Para un hombre, el ingreso en la sórdida y decadente prisión de Falconer significa no solo perder la libertad, sino también la identidad, la dignidad, la capacidad de decisión y prácticamente cualquier otro rasgo de humanidad que hubiera poseído como miembro de una sociedad que ha dejado atrás. Esa es la transformación a la que se ve sometido Ezekiel Farragut, un profesor drogadicto que ha sido condenado por matar a su hermano. La lucha del preso por emerger de sus cenizas y reconstruir su esencia humana, sentimental y moral es lo que nos cuenta John Cheever en la cruda y a la vez simbólica Falconer, contundente novela que se encuentra entre los trabajos más brillantes y valientes del autor estadounidense.

 

PÁGINAS DEL LIBRO

La entrada principal de Falconer, la misma para presos, visitantes y el personal de la prisión, estaba coronada por un escudo en el que aparecían representadas la Libertad, la Justicia y, entre ambas, el poder soberano del Gobierno. La Libertad lucía un gorro frigio y empuñaba una pica. El Gobierno, representado por el águila, llevaba una rama de olivo y flechas de caza. La Justicia era convencional: ciega, ligeramente erótica debido a la túnica que se le pegaba al cuerpo y con una espada de verdugo por arma. El bajorrelieve era de bronce, pero se había vuelto casi negro, tan negro como la antracita o el ónix sin pulir. Cuántos centenares de hombres habrían pasado bajo ese escudo, el último emblema del empeño humano por interpretar el misterio del encarcelamiento valiéndose de símbolos que la mayoría de ellos vería. Sumarían centenares o millares, probablemente millones. Sobre el escudo había una declinación de los nombres de aquel lugar: Cárcel de Falconer 1871, Reformatorio de Falconer, Penitenciaría Federal de Falconer, Prisión Estatal de Falconer, Centro Correccional de Falconer, y, por último, uno que nunca había cuajado: Casa del Alba. Ahora los presos eran reclusos; los gilipollas eran funcionarios, y el alcaide, el superintendente. Sabe Dios que la fama es fortuita, pero Falconer, con su limitada capacidad para dos mil facinerosos, era tan famosa como Newgate. Habían desaparecido las torturas con agua, los uniformes de rayas, las marchas en formación cerrada, las bolas y las cadenas, y había un campo de sóftbol donde antaño se emplazaba el patíbulo, pero, en la época sobre la que escribo, en Auburn aún se utilizaban grilletes. Se reconocía a los de Auburn por el ruido que hacían.

    Habían conducido a Farragut (fratricida, condenado a diez años, preso n.º 734-508-32) hasta la vieja prisión un día de finales de verano. No llevaba grilletes pero iba esposado a otros nueve hombres, cuatro de ellos negros y todos más jóvenes que él. Las ventanillas del furgón estaban tan altas y sucias que no era capaz de ver el color del cielo o las luces y formas del mundo que dejaba atrás. Le habían dado cuarenta miligramos de metadona tres horas antes y, presa del sopor, quería ver la luz del día. Advirtió que el conductor se detenía en los semáforos, hacía sonar la bocina y frenaba en las cuestas pronunciadas, pero eso era, por lo visto, cuanto compartían con el resto de la humanidad. La incalculable timidez de los hombres parecía tenerlos a casi todos paralizados, salvo al que tenía esposado a su derecha. Era un hombre flaco, con el pelo brillante y un rostro terriblemente desfigurado por culpa de los forúnculos y el acné.

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