Ficha técnica

Título: Éxtasis | Autor: Louis Couperus | Traductor: Julio Grande  |  Ilustración: Del Hambre |  Editorial: Ardicia  |  Páginas: 144  |  ISBN: 978-84-944476-2-4 | Precio: 16,00 euros  |  Fecha:  septiembre 2016 |

Éxtasis

ARDICIA

Éxtasis (1892), que lleva como subtítulo «Un estudio sobre la felicidad», es una historia de inflamados deseos y agónicas contenciones. En La Haya de fin de siglo, Cecile Van Even, una joven y bella viuda de la alta sociedad, se enamora inesperadamente de Taco Quaerts, personaje torturado y excesivo que, mediante la sublimación de su figura, ve en ella la posibilidad de redimirse.

En esta novela, una de las más poderosas y convincentes creaciones de Louis Couperus, las atmósferas, los personajes y sus motivaciones aparecen caracterizados a la perfección por el que fuera el gran observador de la sociedad holandesa de su tiempo. El autor, con su habitual gusto por la ambigüedad, combina hábilmente el descreimiento y la redención espiritual, dotando a su prosa de una peculiar perspectiva que consigue guiarnos con finura entre las luces y las sombras de la emoción y el pensamiento.

«Solo aceptando la vida como lo hace Couperus, el novelista es libre de cuestionarla en profundidad a través de sus personajes.» Katherine Mansfield 

 

PRIMERA PARTE

I

Dolf van Attema, durante su paseo de después de cenar, había decidido rendir visita a la hermana de su mujer, Cecile van Even, cuya casa se encontraba situada en el paseo Scheveningschen, y ahora aguardaba en la pequeña antesala yendo y viniendo, entre los muebles de madera de rosal y los viejos confidentes de muaré rosa brandy, con las tres o cuatro zancadas con que parecía medir una y otra vez la estrechez de la habitación. Tras la chaise-longue, sobre una columna de ónice, ardía suavemente una lámpara, como una gran flor luminosa hexagonal bajo su pantalla de encaje.

     La criada le había informado de que la señora estaba todavía con los chicos, que acababan de irse a la cama, y Van Attema lamentó no poder ver esa noche a su ahijado, el pequeño Dolf; le habría gustado subir un rato a jugar con él, pero también había recordado al instante el ruego de Cecile de que no volviera a subir, ya que el muchacho se quedaba horas enteras despierto tras esos jugueteos con el tío. Por tanto, ahora se quedaba abajo esperando a su cuñada, con la leve sonrisa que le provocaba esa obediencia, midiendo una y otra vez el pequeño salón con sus pasos de hombre robusto y de baja estatura, rechoncho y ancho de espaldas, que dejaba ya atrás la juventud, con visos de calvicie bajo su corto pelo castaño, los ojos pequeños y amables de un bonito gris azulado, la boca decididamente vigorosa –por mucho que sonriera–, enmarcada en el bermejo ensortijado de su corta barba alemana.

     Un leño ardía con un par de lenguas sinuosas en la estufa de níquel con adornos dorados, como un fuego de apacible intimidad, una llama de discreción, en esa atmósfera crepuscular; por la estrecha pieza se esparcía un tenue aroma de violetas, una fragancia que se escondía en la suavidad de los tintes de los muebles y la tapicería, que pendía sobre el rincón del escritorio, con su recado de escribir de plata, sus retratos encuadrados en lisos marcos de mora de cristal y un espejo veneciano blanco y pequeño situado sobre él.

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