Ficha técnica

Título: Euforia | Autora: Lily King | Traducción: Jorge Rizzo | Editorial: Malpaso Páginas 272 | Formato: 14 x 21 cm  |  Encuadernación: Tapa dura  Precio: 19,50 euros |  Año de publicación: febrero 2016 |

Euforia

MALPASO

Euforia comienza con la historia del antropólogo Andrew Bankson, quien lleva aislado siete años investigando a la tribu Kiona en Nueva Guinea. Su voluntaria soledad y la ausencia de descubrimientos que le ayuden a avanzar en sus investigaciones, provocan que sobre su mente planee la idea del suicidio. Pero todo cambiará para él con la súbita aparición de dos colegas antropólogos que huyen de la violenta tribu Mumbanyo.

Nell y Fen -controvertida y brillante ella; atractivo y celoso él- se instalan con los Tam, una tribu cercana a la de Bankson. La convivencia de los tres investigadores acabará en triángulo amoroso. Una relación tensa, basada en la competencia de egos y deseos -deseo de conocimiento, de fama; deseo por el otro- que se desarrollará en el paisaje amenazante de la jungla. Lily King reconstruye uno delos episodios más oscuros de la biografía de Margaret Mead, una antropóloga polémica, célebre por sus estudios sobre la sexualidad en los adolescentes polinesios, por su bisexualidad declarada y por su rigor científico.  

«Un relato tenso, ingenioso, ferozmente inteligente sobre el conflicto de los egos y los deseos en un paisaje exótico amenazador: un triángulo amoroso in extremis… King es brillante.» New York Times Book Review

«King nos sumerge tan a fondo en las vidas de los personajes que siguen acompañándonos más allá de las páginas de este libro. Su investigación se dirige tan bien que es capaz de atraparnos con su prosa sin llegar a ser didáctica.» Camilla Gibb, The Guardian

«Emocionante, intensa, seductora, tan sexual como intelectual… Nos ofrece tantas cosas para disfrutar… Cuando acabé de leer Euforia lancé un suspiro de satisfacción mientras deseaba que el libro no se acabara nunca. ¡Bravo Lily King!» Joan Frank, San Francisco Chronicle 

 

1

Cuando dejaban a los mumbanyo les arrojaron algo que cabeceó sobre el agua a pocos metros de la popa. Algo de color pardo.

     -Otro bebé muerto -dijo Fen.

     Ya le había roto las gafas, así que ella no pudo saber si estaba bromeando.

     Ante ellos se extendía un claro luminoso en la curva de tierra verde por donde pasaría la canoa. Nell se concentró en aquello y no volvió a mirar atrás. Los pocos mumbanyo que había en la playa estaban cantando y tocando el gong de la muerte en su honor, pero no se giró a mirarlos por última vez. De vez en cuando, los cuatro remeros (todos de pie, dando voces a su gente o a los que iban en las otras canoas) bogaban simultáneamente y Nell sentía una tenue ráfaga de aire contra la piel húmeda. Las llagas le escocían y se le tensaban, como si tuvieran prisa por sanar con el aire seco. La brisa llegaba y paraba, llegaba y paraba. Notó el desfase entre el momento en que percibía el contacto con el aire y el instante en que lo reconocía, y supo que la fiebre estaba volviendo a hacer acto de presencia. Los remeros pararon un momento para acuchillar una tortuga cuello de serpiente y subirla al bote aún retorciéndose. A sus espaldas, Fen murmuró un canto fúnebre por la pobre tortuga, tan bajito que sólo ella podía oírlo.

     En la confluencia del Yuat y el Sepik los esperaba una lancha. A bordo había dos parejas blancas y el piloto, un hombre llamado Minton que Fen había conocido en Cairns. Ellas llevaban vestidos almidonados y medias de seda; ellos, esmoquin. No se quejaban del calor, lo que significaba que vivían allí, los hombres gestionando plantaciones o minas o encargándose de hacer cumplir las leyes que los protegían. Al menos no eran misioneros; en aquel momento no habría podido soportar a un misionero. Una de las mujeres tenía el cabello de un color dorado brillante; la otra tenía unas pestañas como helechos negros. Ambas llevaban bolsos de cuentas. La suave piel de sus brazos era tan blanca que parecía falsa. Habría querido tocar a la que tenía más cerca, subirle la manga y comprobar hasta dónde llegaba el blanco, igual que hacían con ella todas las tribus que visitaba la primera vez que la veían. Las mujeres los miraron con compasión al verlos subir a bordo, con sus fardos de lona y sus ojos enfermos de malaria.

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