Ficha técnica

Título: Especies en extinción. Memorias de un periodista que fue editor | Autor: Cruz, Juan | Editorial: Tusquets |Publicación: 2013 | Colección: Tiempo de Memoria TM 96 | ISBN: 978-84-8383-469-5 | Páginas: 464 | Precio: 21,15 euros (IVA no incluido)

Especies en extinción

TUSQUETS

 

Juan Cruz evoca en estas páginas su pasión por dos oficios, el de periodista y el de editor, que conoce a fondo y que hoy atraviesa tiempos convulsos. De los años en que dirigió la prestigiosa editorial Alfaguara, rememora un modo de entender la relación con los autores, de acompañarlos en sus miedos y sus vanidades, pero también en su amor incondicional por la palabra escrita, capaz de crear mundos más reales que el mundo real. Tras su paso por el mundo de la edición, su retorno al periodismo en 2005 le permite ahondar en las enseñanzas de grandes editores, como Michael Korda y Peter Mayer, y grandes periodistas, como Jean Daniel o Eugenio Scalfari, acerca de su oficio, de cómo lo han practicado ellos y qué futuro le auguran, ahora que tantos agoreros predicen la pronta desaparición de los libros y periódicos en papel.  

 

 

La mirada de los otros
Un reconocimiento 

 

Siempre que avanzo en un libro se lo envío a dos personas, Amaya Elezcano, que fue mi compañera en Alfaguara, y Manuel Longares, el autor de Romanticismo. Amaya me dijo, ante los primeros avances que le envié, que había en este libro una historia familiar, cercana, de mi propia autobiografía, y eso le interesaba. Y añadió que todo lo que se escribe aquí acerca del mundo literario, sus paranoias y sus celos, sus egos revueltos y sus platos chinos, eso le alcanzaba de lejos. Ella había dejado ya su puesto de editora, y seguramente eso afectaba a la explicación de su juicio; ella quería vida, no quería que le recordara aquella vida.

Manuel Longares, por su parte, me explicó que esa historia familiar que cuento (los primeros años de mi hija Eva, el primer llanto feroz que le recuerdo, la noticia del nacimiento de su hijo Oliver, los primeros llantos de éste cuando ya tuvo capacidad para la rabia, sus primeros juguetes, etcétera), y que a Amaya le resultó por lo menos atrayente, se salía un poco de lo que el libro quería contar, de modo que, o la explicaba bien, o la atenuaba o embridaba, o la retiraba del texto y la usaba para otra cosa. Así que ambas sugerencias me pusieron en un dilema, pues cuando un autor pide consejo, lo que busca, en realidad, es que corroboren lo que está haciendo. Los despachos de los editores están llenos de historias parecidas: viene un autor a buscar del editor un juicio sobre el manuscrito que ha entregado hace unas semanas o unos días, a veces el día anterior incluso, y quiere, dice, una opinión sincera, es decir, una opinión que se parezca en lo máximo a la suya propia.

Así que si la opinión que le da el editor es el producto de una reflexión profesional sobre el manuscrito, y la tal reflexión cae sobre algún aspecto que el editor ha considerado defectuoso, el autor rápidamente sostiene, silencioso hasta entonces pero muy nervioso en su silla, que aquel a quien le acaba de pedir una opinión sincera es en realidad un tipo que no ha sabido entender su obra. 

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