Ficha técnica

Título: España, Europa y el mundo de ultramar (1500-1800) | Autor: John H. Elliott | Editorial: TaurusColección: Taurus Historia | ISBN: 978-84-306-0780-8 | EAN: 9788430607808 | Dimensiones: 15 x 24 cm | Páginas: 384 | PVP.: 22 € | Publicación: Febrero de 2010

España, Europa y el mundo de ultramar (1500-1800)

EDITORIAL TAURUS

Autor de algunos de los trabajos más influyentes sobre el mundo hispánico, Elliott siempre ha sabido analizar la historia de España y el mundo hispánico con una mirada original y profunda, y es autor de algunos de los trabajos más influyentes en este campo. Este volumen recoge escritos que reflejan sus investigaciones más recientes y su pensamiento sobre la política, el arte, la cultura y las ideas en Europa y el mundo colonial entre 1500 y 1800.

El libro contiene catorce ensayos, charlas y artículos de impresionante calado y frescura, escritos con el característico brío de Elliott. Organizado en torno a tres ejes -los comienzos de la Europa moderna, la expansión europea en ultramar y la obra y contexto histórico de El Greco, Velázquez, Rubens y Van Dyck-, este volumen ofrece una excelente visión de conjunto de los temas que han centrado el interés de Elliott a lo largo de una carrera distinguida por su brillantez y espíritu innovador.

«Elliott es infatigable en su investigación, global en su visión, magistral en la organización del material e infalible identificando las evidencias más reveladoras o representativas. En resumen, su labor académica es lo más cercano a la perfección que se puede encontrar.» Felipe Fernández-Armesto

 

CAPÍTULO I

UNA EUROPA DE MONARQUÍAS COMPUESTAS

El concepto de Europa implica unidad. La realidad de Europa, especialmente tal como se ha desarrollado en los últimos quinientos años más o menos, revela un grado acusado de desunión, derivado del establecimiento de lo que ha llegado a considerarse el rasgo característico de la organización política europea en contraste con la de otras civilizaciones: un sistema competitivo de estados-nación territoriales y soberanos. «Hacia 1300 -escribió Joseph Strayer en un libro pequeño pero muy perspicaz- resultaba evidente que la forma política dominante en la Europa occidental iba a ser el estado soberano: el Imperio universal nunca había sido más que un sueño; la Iglesia universal se veía forzada a admitir que la defensa del estado individual tenía prioridad sobre las libertades eclesiásticas y las reivindicaciones de la cristiandad. La lealtad al estado era más fuerte que cualquier otra y estaba adoptando para algunas personas (en su mayoría funcionarios gubernamentales) ciertas connotaciones de patriotismo».

   Aquí tenemos en fase embrionaria los temas que componen el programa de la mayor parte de la escritura de la historia en los siglos XIX y XX sobre el devenir político de la Europa moderna y contemporánea: el derrumbamiento de cualquier perspectiva de unidad europea basada en el dominio de un «Imperio universal» o una «Iglesia universal», seguido por el fracaso predeterminado de todos los intentos ulteriores de alcanzar tal unidad por medio de uno u otro de estos dos elementos, y el largo, lento y a menudo tortuoso proceso por el cual algunos estados soberanos independientes lograron definir sus fronteras territoriales frente a sus vecinos e imponer una autoridad centralizada sobre sus poblaciones súbditas, mientras que al mismo tiempo proporcionaban un foco de lealtad a través del establecimiento de un consenso nacional que trascendía las lealtades locales.

   Como resultado de este proceso, una Europa que en 1500 estaba compuesta de «unas quinientas unidades políticas más o menos independientes» se había transformado hacia 1900 en una Europa de «aproximadamente veinticinco»2, entre las cuales se consideraban las más fuertes aquellas que habían conseguido el mayor grado de integración como estados-naciones con todas las de la ley. Todavía sobrevivían anomalías (sobre todo la monarquía austro-húngara), pero su condición de quedó ampliamente confirmada por los acontecimientos del cataclismo que fue la Primera Guerra Mundial. El subsiguiente triunfo del «principio de nacionalidad» en el Tratado de Versalles de 19193 pareció ratificar el estado-nación como la culminación lógica, y de hecho necesaria, de mil años de historia europea.

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