Ficha técnica

Título: Escrito en negro. Una tarde con la canalla |Autor: Martín Olmos Medina | Editorial: Pepitas de Calabaza | Tamaño: 14.5×21 cms | Encuadernación: rústica con solapas | Páginas: 224 | ISBN 978-84-15862-22-2 |Precio: 15 euros |Precio web: 14,25 euros

Escrito en negro

PEPITAS DE CALABAZA

Colgaron a un elefante en Tennessee por matar a un pelirrojo. Le marcaron la jeta a Capone. Jack destripó a una ramera. Paco el Muelas le vendió a un primo un tranvía. Asaetaron a san Sebastián. Mataron al Jaro, que solo tenía un cojón. Al general Galtieri le salió corta la meada. Le hicieron un cuplé a un legionario. William Burroughs le voló la cabeza a su mujer. Norman Mailer acuchilló a la suya. Le dieron lo suyo a Rodney King; le zurraron los pasmas durante ochenta segundos y se volvió loca la jungla. El Lobo Feroz servía de garrafón. El Bizco del Borge miraba torcido y disparaba derecho. Lincharon a dos desgraciados en San José y se forraron los tasqueros. Se cargaron al Ringo en un burdel de Nevada; andaba guapeando a una coja. Perpetuaron el revés de Billy el Niño. En la calle de la Princesa vivía una vieja marquesa. La Dulce Neus enseñó las peras en el Interviú. El general Millán Astray era desmontable. Estamparon camisetas con la cara del caníbal y les pusimos nombres a los monstruos.

Siguiendo los pasos de aquellos ciegos que contaban crímenes en las plazas de pueblos y ciudades, pero con los ojos más abiertos y con mucha más documentación, Martín olmos nos narra con detalle crímenes y criminales, conformando con esta galería todo un compendio del mal en estado puro.

El hombre al que le seguían los gansos

Desde que Caín le abrió la cabeza a Abel, los hombres no han dejado de matarse con desahogo excusándose en razones no siempre bien argumentadas, y al vecindario le han interesado los detalles para comentarlos en la piedra de lavar y en la tasca con el cafelito. El oficio de contar crímenes empezó en el siglo xvii con los ciegos que cantaban en las plazas acuchillamientos en rima al precio de la voluntad y ha ido manteniendo su carácter de industria de gentes que no son capaces de ganarse la vida en otra labor de más provecho. Un suceso con sangre y celos interesa lo mismo al bachiller que al patán, pero le suele dar vergüenza reconocerlo para aparentar elevación de espíritu e interés por la cultura clásica. Los periódicos descubrieron que la narración de atrocidades rentaba en 1888: en Londres con los asesinatos del Destripador y por acá con el crimen de la calle Fuencarral, que dobló la tirada del diario El Liberal. Eugenio Suárez, antiguo voluntario de la División Azul, recogió la intuición y fundó El Caso en los tiempos del periodismo con cinturón y consiguió el permiso de la administración diciendo que iba a difundir la cultura, el idioma castellano y los valores de la patria. El Caso lo leyeron Cela, Juan Goytisolo y Robert Graves, y parece que también le entretenía a Franco, y el español se acostumbró a leer con los goles de Zarra en el Marca y con el crimen de Jarabo. Los crímenes al final son reiterativos, pero el fútbol también lo es y se comenta lo mismo, y a veces con más adorno. Al crimen le han ido poniendo adeenes y explicaciones con cromosomas, pero nunca dejará de ser la pedrada de Caín y la materialización de la agresividad instintiva del ser humano, que le salió torcido a Dios. Escribió el etólogo Konrad Lorenz que el hombre no ha conseguido desarrollar ningún mecanismo para inhibir dicha agresividad para garantizar la supervivencia de la especie, con lo que el ser humano es una especie extremadamente peligrosa. Konrad Lorenz acabó dirigiendo una fila de gansos que caminaban detrás de él en formación, con lo que tampoco es necesario concederle el crédito de la zarza ardiente.

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