Ficha técnica

Título: Errante en la sombra | Autor: Marcos-Ricardo Barnatán | Ilustraciones: Fernando G. Valdeón  | Editorial: El desvelo  | Páginas: 64 | Medidas: Rústica 21 X 13,5 cm | ISBN:  978-84-942688-8-5978-84-942688-8-5 | Precio: 16,00 euros

Errante en la sombra

EL DESVELO

Errante en la sombra, nueve relatos de Marcos-Ricardo Barnatán, obra que presentará en Centro de Arte Moderno, de Madrid, el 17 de junio a las 20.00 horas. Marcos-Ricardo Barnatán apenas requiere presentación. Más allá de sus datos biográficos, baste decir que en Errante en la sombra están sus últimos relatos. De una extraña intensidad estas ficciones pueden partir de un momento histórico, de un hecho literario o de la memoria personal, para, gracias a su lenguaje abierto y rico, siempre sorprendente, y a su cuidada estructura, conseguir turbarnos, conmovernos o hacernos reír. Pero nunca dejarnos indiferentes. El libro se divide en dos partes, una más apegada a los histórico -Arsénico en Longwood House, Esperando a Nostradamus, Los últimos días de E. K.- y una segunda pegada a lo personal y más concretamente a las peripecias familiares -Prisionero del mar, Como la vida misma, Parte de vuelo-. Los nueve relatos presagian un algo oculto detrás de una aparente normalidad. 

«Esta noche tórrida hay mucha, demasiada gente, en el oscuro corazón del burdel. Hasta la silenciosa y tímida india, a la que apodan  «la mudita» por su enigmática locuacidad, tiene hoy abundante trabajo. Se beben licores fuertes, que sirven en vasitos de vidrio unas muchachas pálidas de polvo de arroz, y los hombres murmuran, mientras esperan su paciente turno, frases largas que pueden parecer letanías de oración.

ESPERANDO A NOSTRADAMUS 

En esta noche tórrida hay mucha, demasiada gente, en el oscuro corazón del burdel. Hasta la silenciosa y tímida india, a la que apodan La mudita por su enigmática locuacidad, tiene hoy abundante trabajo. Se beben licores fuertes, que sirven en vasitos de vidrio unas muchachas pálidas de polvo de arroz, y los hombres murmuran, mientras esperan su paciente turno, frases largas que pueden parecer letanías de oración.

     Ha llegado el viejo profesor Cándido Remy, célebre por haber contado una a una las cuatrocientas mil palabras del Ulises de James Joyce, y por haber dado a las prensas un único opúsculo, en décimas encadenadas, que escribió en honor de Fantomas, Dante y Julio Verne. Cosas de loco, decía su incrédulo compadre, el maestro Osvaldo Loplop, que también acercaba su vaso para que lo rellenara alguna efervescente geisha. A Remy lo conocí en el 55, el día que cayó Perón, gritaba como un poseso subido a la garita del vigilante que había en la Avenida Santa Fe y Pueyrredón. Lo festejaba un grupo de ruidosos adolescentes que suponían que su inconexo discurso era una inflamada profusión de alegría ante la recuperada libertad, pero yo, que estaba ahí con mi padre, no entendía una sola de aquellas gloriosas palabras. Cuando se bajó de la garita comprobamos no sólo su elegante ebriedad, sino que el jubiloso Cándido Remy era mi profesor de física en el Colegio Nacional Bartolomé Mitre, allá en el amargo Abasto.

     ¿Que quién es el maestro Osvaldo Loplop?, exclamó irritado Mastrongo. Comenzó su brillante carrera como violinista del Teatro Colón, anduvo de giras por Europa, ¿antes o después de la guerra? Loplop Loplop qué grande sos. Creo que ganó el gordo de la nacional y matrimonió con pompa, una mina robusta que le duró hasta que se evaporó toda la plata. Ahora toca, con abultado bisoñé, en la confitería Ideal para los nostálgicos del tango-canción.

     Se abre la puerta de uno de los cuartos grandes. Si ustedes tienen buena vista podrán ver un sólido sofá Récamier, en forma de ataúd, sacado de una pesadilla de Magritte contada en la vigilia por Max Ernst. Sale de él un tipo descomunalmente obeso y sudoroso, al que conocen como el Vizconde de Lascano Tegui. Su padre fue el inventor del título, dentista en París, gastrónomo en Buenos Aires, dejó a la posteridad un libro titulado De la elegancia mientras se duerme. Su supuesto heredero tiene su mismo corpachón pampero, su sonrisa de boulevardier y sus ojos escépticos de globe-trotter. Nadie sabe si Emilito emuló los fervores literarios de su progenitor, pero en el burdel es famoso por sus suculentas propinas y por sus ofrendadas frases: «¡Tendré que abandonar el Kama Sutra, porque ya no me da el flexible!».

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