Ficha técnica

Título: Érase una vez una mujer que sedujo al marido de su hermana y él se ahorcó | Autora: Liudmila Petrushévskaia | Traducción:  Ana Guelbenzu | Editorial: Marbot | Formato: 13,5 x 21 cm. | Presentación: Rústica  | Páginas: 184 | ISBN:  978-84-92728-48-0 | Precio: 18,00 euros

Érase una vez una mujer que sedujo al marido de su hermana y él se ahorcó

MARBOT

Una de las obras fundamentales de la autora más original del panorama literario ruso actual. Una colección de relatos de amor real, y a la vez extraño, amargo y burlesco.

La obra de Petrushévskaia es una insólita combinación de asfixiante realismo y cuento de hadas oscuro, de la tradición oral femenina rusa y de los cortocircuitos posmodernos en su versión más heterodoxa. Tras alcanzar un gran éxito en Rusia, su obra dio el salto internacional sobre todo gracias a dos selecciones de relatos, una de las cuales fue publicada por Atalanta en 2011, y que ahora lanzan simultáneamente Marbot y Periscopi, en castellano y catalán. 

«Historias de amor profundamente ajenas al romanticismo, relatadas de forma franca… Hechizante.» The New York Times Book Review

«Sus relatos convierten lo mundano en algo extraño.» Kirkus Reviews

DESTINO ACIAGO

     Así era ella: una mujer soltera de treinta y pico años que convenció a su madre, más bien le suplicó que se fuera una noche donde quisiera; la madre, por extraño que parezca, se resignó y desapareció en algún lugar, y ella, como suele decirse, llevó a un hombre a casa. Ya era viejo, calvo, gordo, tenía una relación confusa con su esposa y su madre, unas veces vivía con una y otras con la otra, aquí y allá, refunfuñaba y no estaba satisfecho con su situación laboral, aunque de vez en cuando afirmaba con aplomo que llegaría a ser jefe de laboratorio, qué te parece. ¿Tú qué crees, llegaré a ser jefe de laboratorio? Así lo soltaba él, un niño ingenuo de cuarenta y dos años, un tipo acabado, apartado de la familia, de la hija en edad de crecimiento que se estaba convirtiendo como quien no quiere la cosa en una mujer de catorce años, satisfecha de sí misma, en el mismo momento en que unas chicas se reunían en el patio dispuestas a pegarla por un chico, etc. El hombre acudió a la aventura con mucho ímpetu, por el camino pararon a comprar un pastel; en el trabajo era conocido por su afición a los pasteles, el vino, la comida, los buenos cigarrillos, en todos los banquetes zampaba y zampaba, la culpa de todo la tenía la diabetes y esa eterna ansia de comida y líquido, y todo ello era un obstáculo en su carrera. Tenía un aspecto desagradable y punto. Iba con la cazadora desabrochada, el cuello abierto, tenía el pecho pálido y sin pelo. La caspa sobre los hombros, la calvicie. Las gafas de cristales gruesos. Esa es la joya que se llevó esta mujer a su piso de un solo espacio, decidida a acabar de una vez por todas con la soledad y todo eso, pero no con energía, sino con una oscura desesperación en el alma que por fuera se manifestaba igual que el gran amor humano, es decir, con exigencias, reproches y súplicas para que él le dijera que la amaba, a las que él contestaba: «Sí, sí, estoy de acuerdo.» En general, no había nada bueno en la manera en que caminaron y llegaron al piso, en cómo ella temblaba al dar vueltas a la llave en la cerradura – temblaba por su madre-, pero todo pasó. Pusieron la tetera a hervir, descorcharon el vino, cortaron el pastel, se comieron una parte y bebieron vino. Él se desplomó en el sillón y se quedó mirando el pastel, pensando si debía terminárselo, pero el estómago no se lo permitió. No paraba de mirarlo, y al final cogió con los dedos una rosa verde del medio, se la llevó a la boca tan feliz, se la comió, y se relamió los restos con la lengua, como un perro. 

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