Ficha técnica

Título: Entresuelo | Autor: Daniel Gascón | Editorial: Mondadori | Colección: Literatura Random House | Temáticas: Ficción moderna y contemporánea | Páginas: 112 | Formato: Tapa blanda con solapa |Medidas: 135 X 230 mm | ISBN: 9788439727408  Precio: 15,90 euros | Ebook: 9,90 euros

 

 

 

Entresuelo

MONDADORI

Daniel Gascón vuelve a explorar en Entresuelo el género autobiográfico, pero no a través de sus vivencias si no a partir de su relación con dos personas muy especiales: sus abuelos.

Una novela escrita con gran inteligencia y sencillez, llena de ritmo, donde explora espacios comunes que inciden en el tiempo y la memoria

La obra:

A finales de 2006, Daniel Gascón se fue a vivir al piso de sus abuelos, un entresuelo en un ensanche zaragozano. Este libro cuenta la historia de su familia a través de esa casa: la llegada a la ciudad de una pareja de recién casados desde un pueblo de Teruel, una serie de trabajos que incluyen una buena dosis de picaresca, la vida en un piso que acoge a otros matrimonios y a parientes de paso por la ciudad, el cambio paulatino de una mentalidad cerrada, rural y religiosa a una visión abierta, urbana y laica. Cuenta los primeros m eses en Zaragoza de un objetor de conciencia aficionado a la poesía: su padre. Narra sus propias estancias en el piso en los años ochenta y noventa, entre un puñado de personajes inolvidables y aficionados a contar historias.

Entresuelo es una autobiografía indirecta en al que Daniel Gascón describe lo que ha vivido y lo que conoce a través de conversaciones y documentos familiares. En sus páginas hay una aproximación lateral a las últimas décadas de la historia de España, y una reflexión íntima y emocionante sobre la memoria y el tiempo. Gascón ha escrito un libro sobre las palabras y las leyendas de familia que no renuncia al humor ni a la levedad, porque, como escribió Albert Camus, «después de todo, la mejor manera de hablar de lo que se ama es hablar a la ligera».  

 

LA CASA DE LOS ABUELOS

Cuando empecé a escribir este libro, llevaba cuatro años viviendo en el piso de mis abuelos. Es un entresuelo de un ensanche zaragozano, cerca de la estación de El Portillo y de la universidad, en el chaf lán de la avenida Goya y la calle del Carmen. El edificio tiene cinco plantas y parece pequeño entre las construcciones que lo rodean. Frente a la ventana de la habitación en la que empecé a escribir hay una tienda de electrónica y una autoescuela. A la derecha, un local vacío que albergaba una sucursal de Vodafone, un lugar donde hacen tatuajes, una agencia inmobiliaria y una copistería. Los locales son los mismos que recuerdo desde mi infancia, aunque algunos han cambiado de dueño. El quiosco cerró hace unos meses y ahora se venden periódicos en la copistería. Los dependientes se visitan a menudo y charlan. Muchos de los bares también son los mismos, pero los llevan chinos: una familia china regenta la cafetería donde trabajaba el primer novio de mi madre y otra dirige, en la esquina opuesta, el Liberty, que antes atendía una chica pelirroja que siempre estaba leyendo, y que cuando yo era niño se llamaba Bécquer. El bar de la otra esquina de Goya y Carmen está cerrado. En los últimos años ha habido tiendas de informática, concesionarios de coches y comercios de pintura en ese local. Mi abuelo decía que era una mala esquina.

El piso, de unos ochenta y cinco metros cuadrados, tiene un pasillo largo. A la derecha hay una cocina muy pequeña, un cuarto de baño con un plato de ducha y suelo antideslizante, una habitación que era un dormitorio y nosotros convertimos en estudio -tenía allí mi ordenador, los libros en in glés y francés y la mesa en la que trabajaba mi novia- y nuestro dormitorio. A la izquierda hay dos habitaciones: la despensa y el dormitorio de mis abuelos. La despensa conserva el suelo y el papel de pared que tenía cuando era niño. El techo es alto, y hay baldas en las paredes. Además de ropa sucia, una escalera, la plancha, medicinas o comida, en esas baldas había cosas de cuando mis tíos eran pequeños, ropa de bebé y trastos viejos.

Toda la casa tenía esa disposición geológica: estaban nuestras cosas, pero también las de quienes habían vivido allí antes. Utilizábamos poco el dormitorio de mis abuelos, donde teníamos un tendedero y un sillón: a veces iba a leer. Los invitados dormían en ese cuarto. Pero normalmente la cama estaba ocupada por ropa, mejor o peor doblada. Salvo en el pasillo y el baño, los techos son altos. En el salón hay cuatro ventanas que arrancan desde poco más de un metro de altura y llegan hasta el techo, y entra mucha luz. También hay una mesa redonda y una mesa plegable, un sofá-cama bastante incómodo y feo pero útil, y tres sillas, aunque cuando vivíamos allí una de ellas solía estar llena de periódicos y revistas. En el salón había también dos estanterías, donde guardaba libros en español. Había un televisor, que en su momento fue la compra más cara que yo había hecho nunca, y un aparato de música, que costó 139 euros y en su momento también fue la compra más cara que había hecho nunca. Era, y es, una habitación desplegable, como todas las de la casa. La mesa redonda está pensada para que coman menos de cinco personas; la mesa rectangular extensible está concebida para una comida familiar. Mi novia y yo solo la desplegamos un par de veces. Durante mucho tiempo fue mi mesa de trabajo. Allí traduje una biografía de Chéjov, un libro sobre la guerra de la Independencia, un tratado sobre religión y política de Mark Lilla, una novela de Gul Y. Davis y un libro de relatos de Sherman Alexie. Abrí un blog y escribí buena parte de un libro de cuentos en esa mesa. Cuando empecé este libro, solo trabajaba en el salón si mi novia hacía joyas en el estudio. Pensé que era más adecuado dejar el comedor como habitación común, para no pasarme el día en el mismo lugar. También quería tener una puerta en mi lugar de trabajo, aunque la verdad es que casi nunca la cerraba. Pero me gustaba trabajar en el salón. Mi abuelo contaba que, cuando hicieron la casa, los constructores aprovecharon para rebañar un trozo de calle. Los inspectores no se dieron cuenta hasta mucho más tarde. No quisieron, o no pudieron, tirar el edificio, donde ya vivía gente. Si el edificio se derriba algún día, habrá que levantar el nuevo en el terreno legal y la casa perderá unos metros. Cuando escribía en el salón me gustaba pensar que estaba en la calle.

 

[ADELANTO DEL LIBRO EN PDF]