Ficha técnica

Título: Enciclopedia del español en los Estados Unidos | Coordinador de la edición: Humberto López Morales | Autor del artículo ‘El idioma de la imaginación’: Eduardo Lago |  Editorial: Santillana e Instituto Cervantes  | Impresión: color   | Páginas: 1200 | Formato: 20 x 27  |  Encuadernación: Cartoné plastificado en brillo y mate | Papel: estucado mate de 90 gr/m2.

 

Santillana ELE

Instituto Cervantes

Enciclopedia del español enlos Estados Unidos

Humberto López Morales, coordinador

SANTILLANA e INSTITUTO CERVANTES

La comunidad hispanohablante en los Estados Unidos supone ya el 15% de la población del país y se sitúa en la frontera de los 45 millones. Los datos actuales hablan de un protagonismo hispano en la vida pública estadounidense que se hace cada vez más patente. Pero los especialistas pronostican un futuro aún más prometedor: para el año 2050, se prevé que la cifra supere los 130 millones y que los Estados Unidos se conviertan en el primer país hispanohablante del planeta.

La Enciclopedia del español en los Estados Unidos analiza, en más de 80 artículos especializados, el pasado, el presente y el futuro del español y de la cultura hispana en el territorio estadounidense. En ellos, se aborda con especial interés la realidad demolingüística de las distintas comunidades hispanohablantes residentes en el país y la enorme riqueza cultural de una comunidad hispana cuyas creaciones artísticas ocupan ya un papel protagonista en la escena cultural norteamericana. Un completo panorama, nunca antes perfilado, sobre el papel del español, de la cultura en español y de los hispanos en los Estados Unidos que desvelará las claves para entender el presente e impulsar el futuro de nuestra lengua y nuestra cultura en este país.

El idioma de la imaginación

Eduardo Lago

Hasta donde alcanza mi memoria de lector, siempre he vivido a caballo entre dos lenguas. Cuando tenía apenas 10 años, mi madre se empeñó en que aprendiera inglés y antes de dominar a fondo las estructuras del idioma, me zambullí en su literatura. Desde entonces, el canon literario anglosajón ha ejercido sobre mí una poderosa fascinación. Empecé al revés, por lo más difícil, la poesía. Mis primeras lecturas fueron dos antologías, una de Robert Graves y otra de W. H. Auden. Después, absurdamente, Shakespeare. Cuando tenía 16 años adquirí un volumen de sus obras completas en una librería de viejo de Stratford-upon-Avon, por una libra esterlina. Con la ayuda de un pequeño diccionario, emprendí la labor de traducir Romeo y Julieta. Al cabo de dos escenas desistí. A los 19 años una editorial me encargó mi primera traducción profesional, una novela de Christopher Isherwood. Después vendría una larga nómina de títulos, algunos firmados por autores de gran envergadura, como Henry James, Sylvia Plath,William Dean Howells, Hamlin Garland o Charles Brockden Brown. Hubo otros nombres, como John Christopher, David Galloway o Maurice Sendak, a quienes los guardianes del canon exigen colocar en otro plano. A mí me resulta difícil separarlos.

Traducir es una experiencia estética que te permite llegar a lo más íntimo de una imaginación ajena. No existe forma más profunda de leer. Recuerdo con perfecta claridad todos y cada uno de los universos narrativos y poéticos que me tocó trasladar al español (jamás los elegía yo), y aunque se trata de textos cualitativamente muy distintos entre sí, el largo tiempo que conviví con ellos me hace hermanarlos. Se da otra circunstancia. Parafraseando a William Gass, traducir me franqueó el acceso al ‘corazón del corazón’ de la escritura creativa. Tengo para mí que no hay mejor manera de iniciarse en los misterios de la creación literaria que el ejercicio de la traducción.

En 1987 me trasladé a Nueva York con carácter definitivo y mis referentes culturales experimentaron un cambio brusco. Tras hacer entrega de la versión española de El plantador  de tabaco, de John Barth (1.500 folios mecanografiados y 5 años de trabajo), tomé la decisión de no volver a traducir jamás. A ello se añadió la circunstancia de que, por un giro inesperado del destino, emprendí un doctorado en literatura española. Por espacio de ocho años, me sometí a un rigurosísimo plan de estudios que me obligó a repasar a conciencia el canon literario hispánico. Mi tesis doctoral, en la que empleé cinco años, es un análisis exhaustivo de uno de los textos más difíciles, hermosos y enigmáticos de nuestra historia literaria: Agudeza y arte de ingenio, de Baltasar Gracián. En mi opinión, el tratado penetra en el alma del idioma como no lo ha hecho jamás ninguna obra escrita en español. Me falta hacer mención a una de las mayores sorpresas que me aguardaban al otro lado del Atlántico: el descubrimiento de una literatura entonces emergente, la de los escritores hispanos que se expresan en inglés. Se trata de un fenómeno complejo, con ramificaciones fascinantes.

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