Ficha técnica

Título: En un metro de bosque. Un año observando la naturaleza | Autor: David George Haskell | Editorial: Turner | Colección: Noema | Formato: 14 x 22 cm | Encuadernación: Rústica con solapas | ISBN:  978-84-15832-23-2 | Páginas: 372 | Precio: 21,90 euros

En un metro de bosque

TURNER

Un hombre se sienta cada día durante un año en la misma piedra del mismo bosque, a veces bien abrigado contra el frío y la lluvia, otras a pleno sol, a veces sin que pase nada, otras asistiendo a acontecimientos increíbles, y lo narra en un libro. Un año oyendo cantar a los pájaros, viendo caer y nacer las hojas, siguiendo el trayecto de las hormigas y las libélulas, oyendo al fondo el ruido de la carretera o de una motosierra. En un metro cuadrado de bosque está el mundo entero, y en él empieza y termina este libro que, créalo o no, apasiona al lector como la mejor de las novelas y le descubre una realidad insospechada como el mejor de los ensayos.  

«Casi no hay manera de encontrarle un sitio adecuado al libro de Haskell. Es un diario íntimo y es un libro de divulgación científica. Tiene algo de guía espiritual, sin rastro de vaguedades místicas y de guía práctica para salir al campo, para fijarse en todas y cada una de las cosas que habitualmente uno no ve, ni escucha, ni imagina».  ANTONIO MUÑOZ MOLINA, Babelia – El País

«Haskell piensa como un biólogo, escribe como un poeta y trata la naturaleza con la apertura de mente que uno esperaría de un monje zen más que de un científico».  JAMES GORMAN, The New York Times

13 de marzo

 CARACOLES

El mandala es un Serengueti de moluscos. Manadas de herbívoros enroscados cruzan la sabana sin fin de líquenes y musgos. Los caracoles más grandes viajan solos, recorren la superficie angulosa de la hojarasca y dejan las laderas musgosas para los jóvenes y ágiles. Me tumbo boca abajo y me acerco sigilosamente a un caracol de buen tamaño que bordea el mandala. Me pongo la lupa delante del ojo y me acerco un poco más a rastras.

     A través de la lupa, la cabeza del caracol cubre todo mi campo visual como una escultura magnífica de cristal negro. La piel reluciente está decorada con manchas plateadas, y unas estrías pequeñas señalan longitudinal y transversalmente la espalda del animal. Mis movimientos lo ponen en guardia; el caracol retira los tentáculos y se embute en el caparazón. Aguanto la respiración y se relaja. Del mentón le salen unos pequeños bigotes, que se agitan en el aire antes de inclinarse y tocar la piedra. Estas antenas elásticas se mueven como los dedos al leer el alfabeto braille, palpan ligeramente y consiguen arrancar el significado de la escritura de la arenisca. Al cabo de algunos minutos surge otro par de tentáculos de la coronilla de la cabeza del caracol. Suben, cada uno con un ojo blanquecino en la punta, y saludan al dosel arbóreo. A mí también se me salen los ojos de las órbitas a través de la lupa, pero este globo monstruoso no parece preocuparle excesivamente al caracol, que extiende todavía más sus pedúnculos oculares. Estos mástiles carnosos superan la longitud del caparazón y se agitan de un lado al otro.

     A diferencia de sus parientes, el pulpo y el calamar, este caracol terrestre no dispone de una lente sofisticada con que formar imágenes nítidas. Sin embargo, hasta qué punto ve el mundo borroso un caracol es un misterio.

[ADELANTO DEL LIBRO EN PDF]