Ficha técnica

Título: En la niebla | Autor: Richard Harding Davis | Traducción: Julián Gea  |  Ilustración:  Natalia Zaratiegui | Editorial: Ardicia | Formato: 13 x 21 cm. | Páginas: 100 | ISBN: 978-84-942916-8-5   | Precio: 14,50 euros

En la niebla

ARDICIA

La noche posterior a la gran niebla de 1897, en el club para caballeros más exquisito del mundo, el londinense The Grill, cinco de sus socios tratan de reconstruir con sus respectivos testimonios las piezas de un doble asesinato. Una casa perdida en la bruma, un explorador del continente africano que regresa de entre los muertos, una princesa rusa con un escandaloso pasado y un resolutivo detective de Scotland Yard serán los principales protagonistas del misterioso suceso.

En la niebla (1901) es una original novela de detectives en la que el autor, en un ingenioso ejercicio literario adictivo como un rompecabezas, urde con inteligencia una entretenidísima historia que, siguiendo paso a paso cada uno de los meandros de la investigación hasta desembocar en el sorprendente giro final, mantendrá en vilo al lector en todo momento. 

I

The Grill es el club de más difícil acceso del mundo. Ingresar en él distingue al nuevo socio tanto como si este hubiera pasado a ocupar una vacante en la Orden de la Jarretera, o hubiese sido caricaturizado en Vanity Fair. Los hombres que pertenecen a él nunca lo mencionan. Si alguien les pregunta qué clubes frecuentan, nombrarán todos menos este. Temen que si confiesan que son socios su afirmación resulte jactanciosa.

     La existencia de The Grill se remonta a la época en la que el Shakespeare Theatre se alzaba donde ahora se encuentran las oficinas de The Times. Tiene una parrilla de oro, obsequio de Carlos II, y el manuscrito original de Life in London, que fue legado al club por el propio Pierce Egan. Los socios aún utilizan arena como secante para las cartas que escriben desde allí.

     The Grill puede vanagloriarse de haber vetado la admisión -sin que en ello influyera prejuicio político alguno- de un primer ministro de cada uno de los dos partidos que se alternan en el poder. Y por si esto fuera poco, el puesto al que aspiraban le fue concedido, a pesar de su acento irlandés y sus desplantes, a Quiller, quien por aquel entonces no era más que un abogado sin un penique.

     Cuando el artista francés Paul Preval, que llegó a Londres para pintar un retrato del príncipe de Gales por encargo de la Casa Real, fue nombrado miembro honorario -distinción a la que solo los extranjeros podían optar-, declaró, mientras firmaba su primera cuenta: «Prefiero ver mi nombre aquí que en un cuadro del Louvre». A lo que Quiller replicó: «¡Ese es un dudoso cumplido! Los únicos que podrían leer sus nombres en el Louvre hoy murieron hace más de cincuenta años…».

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