Ficha técnica

Título: En la carretera | Autor: Jack Kerouac | Editorial: Anagrama | Colección: Panorama de narrativas   | Traducción: Jesús Zulaika | ISBN: 978-84-7507-2 | Precio: 19.5 € | Páginas: 448 | Formato: Tapa blanda | Edición: 1ª abril 2009

En la carretera

ANAGRAMA 

 

El Sal Paradise de todas las ediciones conocidas de esta novela mítica es aquí, al fin, Jack Kerouac. Y Dean Moriarty es Neal Cassady, y Carlo Marx es Allen Ginsberg, y Bull Lee es William Burroughs… Con la publicación del rollo original, la gesta viajera y existencial de En la carretera se vuelve autobiográfica de pleno derecho y a plena luz del día. Y el relato adquiere toda su potencia narrativa.

En él -todo un clásico de la literatura norteamericana, un texto «de culto»-, la obra original se libera de la poda editorial a que ha sido sometida hasta hoy y recupera toda su colosal envergadura. Seguimos a Kerouac y a Neal Cassady -el gran buscón, el «santo», el pecador contumaz y pletórico de carisma que roba protagonismo al autor en este viaje iniciático- y a toda la cáfila que desfila por estas páginas en toda su desnudez y penuria.

El lector siente los anhelos, la desolación, el éxtasis, el alcohol, la hierba, el sexo, el jazz, la época prosaica y adormilada contra la cual gritan; tiene en sus manos una suerte de manifiesto de la beat generation, que tanta épica ha aportado a la literatura, el cine y la música del mundo occidental contemporáneo. Precursores del movimiento hippy y la contracultura de finales de los años sesenta, los personajes de esta novela, seres de carne y hueso aupados al Olimpo de los Arquetipos por obra de la palabra escrita, pululan sin rumbo por el asfalto y las vías férreas de Norteamérica. La sed vital insatisfecha, la búsqueda de horizontes de sentido, de dicha y de conocimiento y los atisbos místicos se estrellan inexorablemente contra una realidad inhóspita y desesperanzada. El lector encontrará en En la carretera un vívido compendio de los grandes temas, y al tiempo una apasionante aventura humana y una metáfora de la existencia.

 

EN LA CARRETERA

El rollo mecanografiado original

 

Conocí conocí a Neal no mucho después de la muerte de mi padre… Acababa de recuperarme de una enfermedad de la que ahora no me molestaré en decir nada salvo que tenía que ver con el hecho de que mi padre hubiera muerto y de mi espantosa sensación de que todo había muerto. Con la aparición de Neal empezó de veras para mí esa parte de mi vida que podría llamarse mi vida en la carretera. Antes de eso yo siempre había soñado con irme al Oeste, con ver el país, aunque nunca había pasado de planearlo de forma vaga y no había llegado nunca a partir realmente. Neal era el tipo perfecto para la carretera, porque incluso había nacido en ella, cuando sus padres pasaban por Salt Lake City en 1926, en un cacharro con ruedas, camino de Los Ángeles. Las primeras noticias de Neal me llegaron a través de Hal Chase, que me enseñó unas cartas que Neal le había escrito desde un reformatorio de Colorado. Me interesaron enormemente estas cartas, porque en ellas le pedía de forma ingenua y encantadora a Hal que le enseñara todo lo referente a Nietzsche y demás cosas intelectuales y maravillosas por las que Hal era tan merecidamente famoso. En cierta ocasión Allen Ginsberg y yo hablamos de esas cartas y nos preguntamos si algún día llegaríamos a conocer a aquel extraño Neal Cassady. Fue hace muchísimo tiempo, cuando Neal no era en absoluto como es hoy, cuando no era sino un jovencito a punto de salir del reformatorio y envuelto por completo en el misterio.

Luego llegaron noticias de que a Neal lo habían puesto ya en libertad e iba a venir a Nueva York por primera vez en su vida; y también se decía que acababa de casarse con una chica de dieciséis años llamada Louanne. Un día andaba yo por el campus de Columbia y Hal y Ed White me dijeron que Neal acababa de llegar a Nueva York y estaba en una casa de mala muerte del este de Harlem, el Harlem Hispano. Había llegado la noche anterior, y era la primera vez que estaba en Nueva York. Venía con Louanne, su chica, que era menuda y guapa y lista. Se habían bajado del autobús Greyhound en la calle Cincuenta, y a la vuelta de la esquina, en busca de un sitio para comer, habían entrado en Hector’s, y desde entonces el restaurante Hector’s siempre había sido para Neal un gran símbolo de Nueva York. Se gastaron dinero en bonitos pasteles, grandes y glaseados, y en bollos de nata. Y durante todo el rato Neal le estuvo diciendo a Louanne cosas como ésta: «Bien, querida, ya estamos en Nueva York, y aunque nunca llegué a decirte todo lo que estaba pensando cuando cruzábamos Missouri, y sobre todo cuando pasamos por el reformatorio de Booneville y recordé mi problema con la justicia, es absolutamente necesario que ahora pospongamos todos esos flecos que tienen que ver con nuestros asuntos amorosos y de inmediato nos pongamos a pensar en planes concretos de trabajo…» Y así sucesivamente, tal como solía en los primeros tiempos. Fui a su cuchitril (un pequeño apartamento sin agua caliente) con los amigos y Neal salió a la puerta en calzoncillos. Louanne brincó de la cama como un resorte; al parecer estaban follando.

Neal siempre estaba follando. El dueño del apartamento, Bob Malkin, estaba en la cocina, adonde al parecer lo había mandado Neal a hacer café mientras él se dedicaba a sus manejos amorosos… Para él el sexo era la única cosa sagrada e importante en la vida, aunque tuviera que sudar y maldecir para ganarse la vida y demás. Mi primera impresión de Neal fue que se trataba de un joven Gene Autry: esbelto, de caderas estrechas y ojos azules, con acento genuino de Oklahoma. De hecho acababa de trabajar en un rancho, el de Ed Uhl, en Sterling, Colorado, antes de casarse con Louanne y venirse al Este. Louanne era una chiquilla pequeña y bonita, un encanto, pero tremendamente mema y capaz de hacer cosas horribles, como demostraría un poco más tarde. Menciono este primer encuentro con Neal sólo por cómo se comportó en él.

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