Ficha técnica

Título: En la cabeza de Bruno Schulz | Autora: Maxim Biller | Traducción: Paula Kuffer   | Colección: Micra | Editorial: Minúscula | Páginas: 72 | ISBN: 978-84-943539-01 | Precio: 10,00 euros

En la cabeza de Bruno Schulz

MINÚSCULA

El gran escritor Bruno Schulz, autor de Las tiendas de color canela y Sanatorio bajo la clepsidra, es el protagonista de este magnífico relato de Maxim Biller y un sismógrafo de futuros desastres.

Corre el año 1938 y en la pequeña ciudad de Drogóbich aparece un misterioso doble de Thomas Mann que genera a su paso extrañas situaciones. Mientras tanto, en un sótano de esa localidad, el escritor Bruno Schulz redacta una carta dirigida al auténtico Thomas Mann. Schulz, que se gana la vida como maestro de dibujo pero anhela que sus libros se conozcan en otros países, espera que el aclamado autor alemán le ayude a encontrar editor. Quiere dejar su tierra porque las señales de lo que está por venir son insoslayables y alimentan a su ya inseparable compañero, el miedo.

En la cabeza de Bruno Schulz se suceden las visiones -ora oníricas, ora apocalípticas- que prefiguran lo que poco después ocurriría en Polonia. Maxim Biller ha escrito un relato magistral, no exento de tintes burlescos, que se inserta en la brillante tradición narrativa de Europa oriental.  

«Una profunda e hipnótica nouvelle que recuerda la impresionante prosa de Bruno Schulz, nada menos, y sus cuadros alucinados.»David Grossman

«La escritura de Biller es una melodía que suena como si Albert Camus aún viviera, como si Gottfried Benn de repente se pusiera a escribir cuentos, como si el existencialismo nos visitara desde la tumba […]. Biller es un gran narrador.» Welt am Sonntag

«La nouvelle de Maxim Biller es un gran kádish.» Die Zeit

«Con esta leve, descarada nouvelle mozartiana, Biller se atreve a penetrar en un terreno sombrío. […] Es un relato brillante.»Süddeutsche Zeitung

PÁGINAS DEL LIBRO

       «Estimadísimo, muy honrado y querido señor Thomas Mann», escribió un hombre pequeño, delgado y serio en su cuaderno de notas, despacio y con delicadeza, en un día de otoño sorprendentemente cálido de noviembre de 1938, y al instante tachó la frase. Se levantó de la silla giratoria, que era demasiado baja y rechinaba un poco, en la que estaba sentado desde primera hora de la tarde frente al escritorio también demasiado bajo de la antigua oficina de su padre, alzó los brazos un par de veces, luego los estiró a los lados, como en un ejercicio de gimnasia matinal, y se quedó mirando dos o tres minutos hacia el tragaluz angosto y sucio por el que no dejaban de aparecer una y otra vez los zapatos y las piernas, los paraguas y los dobladillos de las faldas de los transeúntes que pasaban por la calle Floriańska. Entonces se sentó de nuevo y volvió a empezar.«¡Muy apreciado señor!», escribió. «Sé que recibe muchas cartas a diario y que seguramente emplea más tiempo en responderlas que en sus maravillosas y célebres novelas. ¡Me imagino lo que eso significa! Yo mismo doy treinta y seis horas de clase de dibujo a mis queridos pero nada dotados alumnos, y cuando salgo exhausto del Instituto Jagiełło donde enseño… » Se detuvo, se levantó otra vez y se golpeó la rodilla izquierda contra la mesa. Pero en vez de restregarse la rodilla magullada o maldecir en voz baja mientras daba saltos por la habitación como habría hecho cualquiera, se agarró la cabeza con las dos manos -una cabeza muy grande y bonita, prácticamente triangular, que de lejos recordaba los cometas de papel que sus alumnos hacían volar desde la cantera de Koszmarsko cuando llegaban los primeros días ventosos de septiembre- y poco después se la soltó en un gesto brusco, como si quisiera ayudar a que salieran las ideas. Funcionó, como casi siempre, así que volvió a sentarse a la mesa y escribió apresuradamente en otra página en blanco: «¡Querido doctor Thomas Mann! A pesar de que no nos conocemos en persona, debo informarle de que hace tres semanas llegó a nuestra ciudad un alemán que dice ser usted. Puesto que yo, como todo el mundo en Drogóbich, solo lo conozco por las fotografías de los diarios, no puedo decir con total seguridad que no se trate de usted, pero por las historias que cuenta -dejando de lado las ropas raídas y el fuerte olor corporal que desprende- resulta sospechoso.»

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