Ficha técnica

Título: En el principio era el cuerpo | Autor: Femen (Anna Hutsol, Inna Shevchenko, Oksana Shachko y Alexandra Shevchenko) | Traducción: Paula Cifuentes | Editorial: Malpaso | Formato: Tapa dura | Tamaño: 14×21 cm |Páginas: 192 | ISBN: 978-84-15996-31-6 | Precio: 18 euros

En el principio era el cuerpo

MALPASO

Una epidemia que, desde Ucrania, se ha propagado por toda la geografía europea. Una voz desnuda: contra los hechos, pechos. 

«Ucrania no es un burdel» fue el grito de ira y de guerra escupido por las Femen cuando los mandarines del fútbol viajaban al este para celebrar un campeonato y las destrezas copulativas de las jóvenes locales. Ése fue el exabrupto que atravesó fronteras a pecho descubierto para dilatarse hacia otras esquinas de la miseria humana. Una epidemia que ha profanado incluso la residencia de la soberanía española, donde unas irreverentes reclamaron la propiedad privada de los cuerpos que exhibían.
Desde sus perplejas conjeturas iniciales, Inna, Sasha, Oksana y Anna han ido construyendo un feminismo tajante, rabioso y espectacular que rebasa los límites de la moral masculina para arrojar también sus maldiciones sobre la pobreza, la explotación, el despotismo o las iglesias (todas). Ese activismo les ha valido palos, encierros, prohibiciones y censuras consternadas, pero las chicas de Femen siempre han contado con el escudo de una formidable cobertura mediática. Aunque no les falta ingenuidad, han descubierto con lucidez que la bomba más atómica es el espectáculo, y en particular el de sus glándulas mamarias. En este libro explican cómo y por qué han llegado a una conclusión tan desnuda.
 

Prefacio

Un movimiento de mujeres libres

Con catorce o quince años se aburrían. Sus amigos se pasaban el tiempo bebiendo cervezas en la calle o hablando, incluso drogándose, pero ninguna de estas cuatro jóvenes ucranianas disfrutaba con aquellas actividades. En sus ciudades pobres y remotas, Anna Hutsol, Inna Shevchenko, Oksana Chatchko y Sasha Shevchenko buscaban cómo dar sentido a sus vidas. Con la ayuda de algunos libros soviéticos fantaseaban sobre la época en que los pioneros o los komsomoles habían construido su país. Ellas no habían conocido esa época. Sólo Anna, un poco mayor que las otras tres, se acuerda de su infancia soviética y feliz, con sabor a chocolate y a mandarina.

Habían oído hablar de los crímenes de Stalin, pero para ellas no eran más que un pasado lejano. Durante los últimos años de la URSS, sus padres llevaban una vida apacible y se sentían útiles y respetables, aunque la realidad, menos rosa y mucho más compleja, ocultaba profundas desigualdades. Pero para las chicas nada puede compararse con la atmósfera dulce que se respiraba en los años noventa y los dos mil. Comenzaron a odiar el capitalismo, el sistema que permitía a unos pocos afortunados enriquecerse rápida y escandalosamente, el sistema que destruía la vida de la gente humilde, la vida de sus propios padres.

Con el trasfondo del odio al capitalismo en su versión postsoviética, Sasha, Oksana y Anna descubrieron el círculo marxista de su ciudad natal, Jmelnitsky, en Ucrania Occidental. El grupo estaba formado por varios jóvenes que se reunían regularmente para estudiar los manuales de filosofía soviéticos que habían encontrado en los graneros así como las obras de Marx y Engels o las del socialista alemán del siglo xix August Bebel.

Esos jóvenes se oponían a la moral y al consenso político dominante.

Durante la Perestroika y los primeros años postsoviéticos, tanto en Rusia como en Ucrania era normal denigrar el periodo soviético. A este discurso se superpusieron las reivindicaciones nacionalistas ucranianas: el régimen soviético fue acusado de imperialismo político o cultural y de crímenes contra la nación ucraniana. El presidente Yúshenko exigió a la ONU que reconociera como genocidio la hambruna provocada por las políticas de la Unión Soviética, que durante los años 1932 y 1933 causó la muerte a seis millones de personas en Ucrania.

Si nos ceñimos a la economía, tanto en Rusia como en Ucrania la propaganda oficial preconizaba el liberalismo en su versión de Harvard; es decir, no como un robo sistemático de las riquezas de las naciones por un puñado de oligarcas cercanos al poder, sino como la única alternativa viable contra un oscuro pasado comunista. En realidad consistía en dotar de una falsa legitimidad a unos regímenes profundamente desiguales. El poderío de la máquina propagandística fue tal que los partidos comunistas empezaron a ser percibidos como bestias retrógradas del pasado. Y las voces que reclamaban el regreso a la justicia social se volvieron raras.

En esa atmósfera de tiranía liberal, denominarse marxista (a la sombra de otros grupúsculos radicales como el actual Frente de Izquierdas de Serguéi Udaltsov en Rusia) requería cierta audacia intelectual. El círculo marxista perseveró en su empeño y algunos de sus miembros, entre ellos las tres futuras componentes de Femen, trataron de poner en práctica los conocimientos que habían adquirido fundando una asociación de ayuda a los estudiantes.

Paralelamente y durante un año entero, las chicas se dedicaron a estudiar La mujer y el socialismo de Bebel. Convertido en libro de cabecera, su lectura supuso un verdadero revulsivo que las impulsó a consagrarse a la lucha por la libertad de las mujeres. En Bebel encontraron la base teórica de su rechazo al machismo, el capitalismo y la religión, que oprime a la mujer siempre y en todas partes. Ayudadas por esta lectura, Anna, Sasha y Oksana se separaron de sus amigos varones de la asociación y crearon otro movimiento: Nueva Ética. Pronto se trasladarían a Kiev.

[ADELANTO DEL LIBRO EN PDF]