Ficha técnica

Título: En el café de los existencialistas | Autora: Sarah Bakewell | Traducción: Ana Herrera Ferrer | Editorial:Ariel |  Formato: 14,5 x 23 cm. | Presentación: Rústica con solapas | Fecha: sept/2016 | Páginas: 528 | ISBN: 978-84-344-2399-2 | Precio: 22,90 euros | Ebook: 13,99 euros 

En el café de los existencialistas

ARIEL

La autora de Cómo vivir. Una vida con Montaigne vuelve con un apasionante retrato de una época y un lugar en los que la filosofía, la sensualidad y la rebeldía iban siempre de la mano.

París, 1933: tres amigos están reunidos tomando cócteles de albaricoque en el bar Bec-de-Gaz, en la calle Montparnasse. Son tres jóvenes, Jean-Paul-Sartre, Simone de Beauvoir y Raymond Aron, compañero filósofo que les tienta con un nuevo marco conceptual aparecido en Berlín, la «fenomenología». «¿Sabéis? -les dice- ¡si eres fenomenólogo, puedes hablar de este cóctel y hacer filosofía con él!»

Esa sencilla frase puso en marcha un nuevo movimiento que inspiró a Sartre a integrar la fenomenología con su propia sensibilidad francesa humanística, y crear un enfoque filosófico completamente nuevo inspirado en los temas de la libertad radical, el ser auténtico y el activismo político. Ese movimiento arrasaría en los clubes de jazz y cafés de la Rive Gauche, y luego llegaría a todo el mundo, conociéndose como «existencialismo».

Si en Cómo vivir. Una vida con Montaigne Sarah Bakewell nos deleitó con un libro eminentemente filosófico, este es un libro de corte histórico. Entretejiendo biografía y filosofía, es un relato épico de encuentros apasionados y una investigación vital sobre lo que tienen que ofrecernos los existencialistas hoy en día. Porque la historia del existencialismo es la historia misma de un siglo XX, y nuestro mundo de libertades e igualdad y las instituciones que se erigieron tras el fin de la segunda guerra mundial, son fruto del debate de ideas que los protagonistas del libro mantuvieron desde los años veinte hasta los sesenta, el periodo que comprende este libro.

 

Se ha dicho:

«Tremendamente emocionante, un proyecto intelectual de tan amplio alcance que hace repensar a sus lectores el siglo xx en su totalidad.» Washington Review of Books

«Una mirada fresca y estimulante sobre estas mentes complejas y un tiempo y un lugar únicos.» Kirkus Reviews

«Impresionante… riguroso y brillante… Altamente recomendado para cualquiera que piense.» Library Journal

«Bakewell escribe con una personalidad alegre y un tacto delicado… Maneja los difíciles conceptos filosóficos con seguridad y los combina con un estilo divertido. No se me ocurre una mejor introducción para la historia moderna intelectual.» Newsday

«Bakewell convierte complejas ideas filosóficas en estimulantes, y por ello merece ser elogiada y leída.» The San Francisco Chronicle

«Una combinación extraordinaria de biografía, filosofía, historia, análisis cultural y reflexión personal.» The Independent 

 

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¡Señor, el existencialismo, qué horror!

En el que tres personas beben cócteles de albaricoque, más personas se quedan hasta tarde hablando de la libertad, y otras más cambian su vida. También nosotros nos preguntamos qué es el existencialismo. A veces se dice que el existencialismo es más un estado de ánimo que una filosofía, y que se pueden encontrar sus huellas en los angustiados novelistas del siglo xix, y más atrás aún, en Blaise Pascal, que se sentía aterrorizado por el silencio de los espacios infinitos, y antes en san Agustín, que indagaba sobre el alma, y antes incluso en el tedioso Eclesiastés del Viejo Testamento y en Job, el hombre que se atrevió a cuestionarse el juego que Dios estaba jugando con él y se vio intimidado y sometido. En cualquiera, en suma, que alguna vez se sintió insatisfecho, rebelde o alejado de algo. 

Pero podemos ir en el otro sentido e ir estrechando el campo para el nacimiento del existencialismo moderno hasta un momento, entre 1932 y 1933, en que tres jóvenes filósofos estaban sentados en el bar Bec-de-Gaz, en la calle de Montparnasse en París, escuchando los cotilleos y bebiendo la especialidad de la casa, cócteles de albaricoque. 

La que más tarde contó la historia con todo detalle fue Simone de Beauvoir, que entonces tenía unos veinticinco años y era dada a observar el mundo muy de cerca a través de sus elegantes ojos de párpados gruesos. Estaba allí con su novio, Jean-Paul Sartre, un joven de veintisiete años con los hombros caídos y los labios curvados hacia abajo como un mero, la cara marcada y las orejas salientes, y unos ojos que miraban en direcciones distintas porque el ojo que tenía casi ciego tendía a desviarse hacia fuera en una grave exotropía o desalineamiento de la mirada. Hablar con él desorientaba mucho a los que no estaban advertidos, pero si te esforzabas por centrarte en su ojo izquierdo, te encontrabas invariablemente con una inteligencia cálida: el ojo de un hombre interesado en todo lo que pudieras decirle.

Sartre y Beauvoir estaban muy interesados en aquel momento porque la tercera persona que ocupaba la mesa tenía noticias para ellos. Era el amable antiguo amigo del colegio de Sartre, Raymond Aron, compañero licenciado de la École Normale Supérieure. Como los otros dos, Aron estaba en París pasando las vacaciones escolares de invierno. Pero mientras Sartre y Beauvoir enseñaban en las provincias francesas (Sartre en Le Havre, Beauvoir en Ruan) Aron había estado estudiando en Berlín. Entonces hablaba a sus amigos de una filosofía que había descubierto allí con el sinuoso nombre de fenomenología… una palabra larga, pero elegantemente equilibrada que, en cualquier idioma, puede constituir un verso de un trímetro yámbico por sí sola. 

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