Ficha técnica

Título: En el bosque | Autor: Katie Kitamura | Tradución: Jesús Gómez Gutiérrez | Editorial: Sexto piso  | Colección: Narrativa | Formato: 15 x 23 cm | Género: Novela Páginas: 164 | ISBN: 978-84-15601-60-9 | Precio: 17,00 euros

En el bosque

SEXTO PISO

En una sociedad colonial que podría ser cualquiera y ninguna, Tom vive con su padre y sus decenas de sirvientes en la inmensa propiedad familiar que tomaran cuando llegaron los primeros colonos a esa tierra, más de cuarenta años antes. La granja es el único mundo que Tom conoce. Todo, incluidas las relaciones de dominación con sus criados, le resulta tan natural como inevitable. Por eso, cuando escucha en la radio un discurso incendiario arengando a los nativos en contra del opresor blanco «apenas entiende las palabras, le suenan a tonterías guturales».

El precario equilibrio que guarda un entorno que ha empezado a cambiar sin que tengan la capacidad de advertirlo se ve alterado con la llegada de Carine, una chica destinada a ser la esposa de Tom, con quien el padre pronto establece un feroz triángulo amoroso en un intento desesperado de aferrarse a un poder que ya no le pertenece.

Al entrelazar de manera magistral el derrumbe de dos mundos, el colonial y el familiar, Katie Kitamura ha plasmado en su novela aquella idea de que el colonialismo es ante todo un fenómeno mental. La explosión de un volcán cubre todo de cenizas que dificultan la respiración, y tanto Tom como su padre, la chica y los criados intentan mantenerse a flote, alentados por el miedo a lo desconocido y por la incertidumbre del mundo que encontrarán una vez que el viento haya soplado con la fuerza necesaria para llevarse las cenizas.

 

 

PRIMERA PARTE
LA MONTAÑA

 

1

Tom oye el ruido desde el otro lado del vestíbulo. Un torrente rápido de dialecto autóctono. Al principio, piensa que son los criados que hablan. Pero después oye el chasquido de las interferencias. La cadencia aguda de una corneta. La voz vuelve a sonar, más alta. Inquieta y en tono de declamación.

Es la radio; alguien ha dejado la radio encendida. Tom se levanta. El viejo no está en su despacho; está en el río. Pero el sonido no proviene del despacho del viejo, así que Tom lo sigue por el pasillo. Entra en la cocina, pensando que Celeste estará escuchando la novela de la tarde…

En la cocina no hay nadie. Los platos descansan, limpios y relucientes, en los estantes. Una gota cae del grifo. Tom se gira, perplejo. La voz llega desde algún lugar situado a su espalda. Tom sigue el sonido hasta la terraza y encuentra la radio en el borde de la mesa, con el volumen al máximo.

Hermanos, ha llegado nuestro momento. Estamos hartos de que la bota del opresor blanco nos aplaste. Estamos cansados de que esos parásitos nos ahoguen. Durante años, hemos soportado su tiranía sin ser conscientes de ella. ¡Estábamos dormidos!

Alguien ha dejado una silla junto a la mesa, como si hubiera estado allí, sentado, escuchando con atención. Tom no reconoce inmediatamente la radio; piensa que la habrán sacado de la biblioteca, pero no está seguro. En la granja no suelen oír la radio. Quién sabe por qué está en la terraza.

Es hora de que despertemos del sueño. ¡Alzaos, hermanos! ¡Nos liberaremos y liberaremos esta tierra! Tendremos que pagar un precio. Los parásitos no renunciarán a este país con tanta facilidad. Pero somos hombres valientes, somos honrados…

Tom frunce el ceño y apaga la radio, donde raramente se oyen voces de nativos. El dialecto es pastoso y está cargado de ira. Apenas entiende las palabras, le suenan a tonterías guturales. Todavía no alcanza a imaginar quién habrá llevado la radio a la terraza. Ningún criado se habría atrevido a hacer algo así.

Mira la silla. Cree ver una marca en el asiento. Como si un fantasma se hubiera introducido en la granja a plena luz del día. Es una suerte que lo haya descubierto él. Tom mira a su alrededor antes de colocar bien la silla y coger la radio. Mientras sostiene el aparato, contempla las tierras. Todo está tranquilo y se retira al interior.

 

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