Ficha técnica

Título: En cuerpo y alma: cancionero de Joy Division | Autor:  Ian Curtis | Traducción: Daniel Gascón |  Editorial: Malpaso | Colección: Música  | Formato: Tapa dura | Dimensiones: 20×28 | Páginas: 336 | ISBN: 978-84-15996-34-7 | Precio:  22,50 euros (incluye ebook)

En cuerpo y alma: cancionero de Joy Division

MALPASO

Muchas canciones contienen esporádicos chispazos de alto voltaje lírico, pero muy pocas consiguen sostener sus letras como creaciones autónomas: la palabra suele decaer (o pudrirse) sin el soporte de las notas. Hay, sin embargo, excepciones. Una de ellas es, por supuesto, Bob Dylan. Otra es Ian Curtis, fundador de Joy Division. Si los dioses le concedieron pocos días sobre la tierra, éstos fueron al menos generosos. Lo suficiente para dejarnos una obra espléndida y difícilmente clasificable.

El crítico Jon Savage ha reunido en este volumen las cuarenta composiciones que Curtis escribió a lo largo de una vida zanjada mediante suicido en 1980. Son textos vagamente misteriosos sobre los que planean las sombras tutelares de Kafka y las furtivas metáforas del modernismo. También asoma una realidad enconada: en ellos reconocemos el explosivo paisaje de Mánchester a finales de los setenta y la tragedia interior de un joven extraordinariamente sensible sometido al acoso de demasiadas fieras. Como complemento de esas magníficas letras se reproducen páginas de sus cuadernos y otros materiales que iluminan los aspectos menos patentes de ese trabajo poético. 

Prólogo

Un amigo a quien él llamaba «hermano» nos presentó en 1972. Aquel adolescente singular que no iba al club juvenil con los otros chicos estaba plantado en el balcón de la casa que sus padres tenían en Macclesfield. Llevaba los ojos pintados, vaqueros ceñidos y una chaqueta de piel sintética; más de uno se habría burlado de él, pero había cierta solemnidad en aquel primer encuentro. Él parecía esperarlo como si estuviese predestinado.

Era estudioso: había ganado el premio escolar de Historia en 1971 y el de Religión en 1971 y 1972; leía a Ted Hughes, a Thom Gunn e incluso a Chaucer; tenía un archivador negro dividido en las secciones «letras» y «novela». Me sentí una privilegiada por que confiara en mí lo bastante para dejarme ver la magnitud de sus ambiciones. 

Me cautivó: el hechizo del poeta y novelista era irresistible y resultaba fácil adaptarse a su estilo de vida. Me llevó a actuaciones, me presentó a las personas que lo rodeaban y cuando me di cuenta de que nuestro futuro era estar juntos nada más importó.

Dejando aparte su colección de vinilos y las montañas de periódicos musicales, su dormitorio era impersonal, sobre todo si tenemos en cuenta su compleja personalidad teatral. No había montones de ropa, no había cosméticos, disfraces o adornos; no había caos. Era ordenado y se preocupaba obsesivamente por el aspecto o el sonido de las cosas en una búsqueda constante de la perfección. Compaginaba sus relaciones con facilidad, se movía entre distintos grupos y coleccionaba las experiencias ajenas.

Abordaba temas difíciles de una forma tan oblicua que yo no podía determinar si en realidad lo afectaban personalmente. No entendía por qué quería hablar de un chico a quien se consideraba maniaco- depresivo; aquello se acercaba al cotilleo y no era propio de él. Explicaba cualquiera de sus rarezas, sus ausencias o sus crisis como flashbacks, y quedó claro que no eran materia de conversación.

Circulaban rumores de que había tenido serios problemas en la escuela, pero sus amigos se reían, la familia Curtis se trasladó a Mánchester y el asunto se relegó al olvido. La sala de la nueva casa  se convirtió en su habitación, y allí se mantuvo el orden y la eficiencia. Lo único que parecía necesitar en su vida eran los discos, la prensa musical y el tabaco.

Cuando pasaba el fin de semana con él, Ian ponía discos y nos sentábamos en el suelo. Todos los álbumes debían escucharse de principio a fin sin interrupciones, y le encantaba contarme la historia que había detrás de cada letra. Le gustaban Oscar Wilde o Edgar Allan Poe y se aseguraba de que el sábado por la noche estuviéramos en casa a tiempo para ver las películas de terror.

Nos casamos y durante un tiempo vivimos con sus abuelos. Ian empezó a comprar música reggae; esperaba hasta que estábamos solos antes de llevar su tocadiscos al salón, donde las cortinas y visillos ocultaban la luz del sol. Ya no tenía una habitación propia, pero eso no detuvo sus planes.

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